lunes, 16 de febrero de 2015

Número 2



Sentía un dolor agudo en el pecho, como nunca antes lo había tenido. Palpitaciones incesantes y una sensación de ahogo la hicieron levantarse de forma estrepitosa de la cama. “¿Qué podría haber ocurrido?” rumiaba su cabeza mientras se tomaba un vaso de agua. 


Veinte minutos después, volvió a caer en un profundo sueño. Llevaba toda la semana sin pegar ojo, sabía que algo malo estaba sucediendo, la conocía demasiado bien… Sin embargo, esta vez todo parecía diferente.


A la mañana siguiente se levantó todavía con molestias. Indira nunca había tenido problemas de sueño, podía dormir doce horas del tirón y aún así seguir en la cama calentita y arropada. Le encantaban los domingos, era el único día que dedicaba sólo y exclusivamente para ella, dormir y no pensar en nada más. 


“Cuando todo esto termine, me voy de vacaciones a Riviera Maya, lo tengo decidido”, pensó mientras conducía hacia el trabajo. Sus ojos azules estaban clavados en el cristal mientras escuchaba los Artick bajo una sonrisita de satisfacción. 


Apesadumbrada llegó y continuó con sus Informes. 
-Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing. (“Tengo que cambiar ese tono YA” –pensó Indira)

-Buenos días, ¿hablo con Indira Sáez?
-Sí soy yo, ¿quién es?
-  Le llamo desde el Hospital Saint Martin's. Necesitamos que venga inmediatamente, se trata de Eileen. Usted era el único contacto accesible que tenía en el móvil.


Miedo, rabia e impotencia. Un cruce inmenso de emociones se cruzaban sin cesar por su cabeza. No se lo podía creer. Le había advertido una y mil veces y sabía que algo así podía ocurrir. ¿Qué habrían descubierto? ¿Hasta dónde habían averiguado? No… estoy demasiado lejos para que nos hayan relacionado. Se repetía una y otra vez en su cabeza. Sabía que el cifrado que tenían los documentos era demasiado seguro como para que los hubieran visto, tantos años dedicados a la informática tenían que haberle servido de algo. No entendía qué había podido fallar esta vez. Tampoco estaba segura de si presentarse en el hospital, los nervios le estaban jugando una mala pasada, en otro momento habría sabido calcular con total frialdad qué tenía que hacer. 


Entró. Necesitaba saber si estaba bien. Abrieron el armario y de repente todo se nubló. Diez minutos después se despertó tumbada en la sala de urgencias. Las emociones le estaban jugando una mala pasada, no podía dejarse llevar en un momento así, y sin embargo no se sentía capaz de seguir adelante. No sin ella. Lloró como nunca lo había hecho hasta el momento, lo necesitaba tanto… 


No sabía qué hacer. Sabía que si lo dejaba ahora, no habría servido de nada todo el camino recorrido, pero un abismo aterrador se abría ante sus pies. Estaba sola.


Se levantó de la camilla, no le gustaban los hospitales y no estaba dispuesta a pasar ni un segundo más en aquel lugar espantoso lleno de apestosos olores. 


Salió con decisión, cuanto más tiempo pasara allí, más posibilidades tenía de no salir con vida. Sabía que tenían que estar vigilando el lugar y no quería levantar sospechas. Era de noche, pero había un hotel a dos manzanas que ya había visitado más de una vez. 


De repente, un coche paró abruptamente. Algo iba mal, lo sabía. Oyó un ruido seco y todo se borró.

domingo, 8 de febrero de 2015

Número 1

Nueva York, las once de la noche. Una chica de piel blanca y cabello rojo intenso caminaba marcando un ritmo firme entre las sombras de la ciudad. Tenía los ojos de color verde grisáceo, con una mancha de color castaño en el izquierdo, la nariz pequeña y una sonrisa que normalmente se mostraba altiva, pícara.

Cualquiera que la viera caminar, enfundada en un vestido ajustado de color verde oscuro, habría deseado, como poco, conocer su nombre. Sin embargo, su expresión crispada y el ceño fruncido la hacían parecer mucho menos atractiva que de costumbre.

Algo en el plan iba a fallar, lo notaba. Eileen tenía la típica sensación de angustia que en un principio había atribuido al nerviosismo propio de una situación de riesgo.

Ahora, sin embargo, por encima de cualquier cosa sentía miedo. Un miedo atroz, como no lo había experimentado nunca antes. No, por encima de cualquier cosa sentía el deseo de no encontrarse allí. Asía con fuerza el maletín que llevaba de la mano, sabiendo que su propia vida dependía de que la operación saliera según lo previsto.

La noche se había vuelto casi tan fría como sombría y la humedad parecía querer tocar más allá de las ánimas. Consigo, la oscuridad había desplegado una densa niebla que limitaba la visión a poco más de cuatro o cinco metros de uno mismo.

Eileen, además, era miope y había olvidado (a propósito) sus gafas de intelectual. Si tenía que hacer de señuelo, había pensado hacerlo cuidando con esmero cualquier mínimo detalle. Y, obviando lo evidente, más allá de toda posible ideación había tratado de exprimir al máximo sus armas de mujer.

Ni siquiera tenía claro estar yendo en la dirección adecuada, hasta que llegó a un callejón sin salida. La única luz que había provenía de una farola, cuyo titileo parecía advertirle que no tendría que estar allí. Sólo escuchaba su respiración agitada y su latido, que parecía haber salido de su pecho y haberse colocado frente a sí.

-         - Llegas tarde. – dijo una voz de hombre, rompiendo el silencio.

Era casi tan fría como la noche, distante. Una figura apareció en la sombra, pero no se acercó lo suficiente como para mostrar su rostro. Llevaba una gabardina oscura y, por las dos sombras corpulentas que se adivinaban tras él, Eileen supo que no había venido solo.

-      - No quería levantar sospechas. – respondió Eileen, fracasando en su intento de sonar segura. – Andar cuesta el doble.

-         -  No es mi problema. ¿Lo has traído?

Por toda respuesta, Eileen le acercó el maletín unos metros, a la frontera invisible que habían marcado en ese juego sin reglas de luz y oscuridad. Por un momento, Eileen pensó que podría verle la cara a aquel tipo, que se acercaría él mismo a recoger su preciado maletín.

Sin embargo, fue el hombre de la izquierda el que lo recogió. Llevaba sombrero y gafas, por lo que sólo se intuía una nariz aguileña y unos labios muy finos.

-          - Por fin. – murmuró el hombre, como para sí. – He esperado demasiado…

-          - Bien, ahora ya lo tienes. – replicó Eileen. - ¿Qué hay de lo mío?

-         -  ¿Lo tuyo? – preguntó sorprendido, dibujando una sonrisa macabra.

Se oyó un disparo y el cuerpo de Eileen cayó al suelo, ya sin vida, dando paso de nuevo al silencio.


A seis mil kilómetros de allí, una chica pelirroja de ojos verde grisáceos se despertó sobresaltada. 

sábado, 7 de febrero de 2015

Historias de amor.

Inés

A ti, que me has dado tanto pidiéndome tan poco. Tú que desde el primer momento hiciste música del silencio y supiste perfectamente cuando un estoy bien lo era de verdad y cuando no.

Tú, que escuchas con los labios, hablas con la mirada y tocas con el oído, porque allá donde vas pones los cinco sentidos para no perder detalle. Tú, que entre tus mil labores siempre haces un huequecito para escalar sonrisas y poner tu bandera en mi corazón.

Tú, que siempre has sabido cómo hablar y cómo no hacerlo, cómo ensalzar mis logros y sacarme de mis penas. Cómo decirme: “por ahí, no.”

A ti, que me empapas de todo lo que sabes y consigues al empaparme hacerme un poco mejor.

Dices haber aprendido de mí y yo te digo que eso es cierto, porque son tantos los momentos que hemos compartido que sería imposible no haber dejado un poco de mí en ti, ni un poco de ti en mí.

Al final, como te decía, somos esas dos piezas de un puzle infinito que tarde o temprano tenían que encajar. Y fue al encontrarte cuando todo empezó a tener sentido.

Y sí, habrá momentos en los que no te soporte, no me aguantes, lleguemos a querer perdernos de vista e incluso nos digamos: “eres lo peor”.

Pero, a decir verdad, en cuanto nos demos la vuelta sabremos que una parte del alma se nos habrá descosido y colgará durante todo el tiempo y tantos metros como recorramos para alejarnos un poco más.

Entonces llegaremos a ese tope, ese nudo pequeño donde acaba la madeja y donde un latido compungido nos dirá: “vuelve”. Y un abrazo será más que suficiente para que esa parte tuya se me cosa de nuevo y me haga reír. Nos ha pasado ya.

Y nos seguirá pasando porque nuestra riqueza está en esas pequeñas cosas que nos hacen diferentes.

Pero a ti, que por encima de todo eres esa llama que se enciendo cuando todo lo demás se apaga, esa mano que aparece cuando me da por tropezar. A ti, que me miras y sobran las palabras, que consigues que hasta lo más absurdo me haga gracia. A ti y  por ti.

Por dejarme ser un poco más tú y ser cada día un poco más yo.

Te quiero,



The June.