Crónicas de desamor
Del amor se aprende día a día. Del desamor, si cabe, se aprende aún
más.
Amores sordos. Qué difícil es entender cuando no se escucha. Qué
difícil es poner remedio a una situación adversa cuando cada uno mira a un lado
o, como mucho, hacia sí mismo. Qué difícil es hablar a las espaldas de esa
persona que lo significa todo, y que parece que no te oye o no quiere oír la
realidad. Qué difícil es hablar cuando parece que lo hacemos en idiomas
distintos. Qué difícil es entonces abrir el corazón.
Amores ciegos. Y no podría deciros si estos pueden resultar más o
menos dañinos que los anteriores. Significa no ver, desde luego. No ver el daño
que la otra persona nos causa a diario, consciente o inconscientemente. No ver
que esa persona nos envenena con la ponzoña que libera su amor… Un amor que
viene y va a la merced de un ritmo en que nosotros no ponemos ni un suspiro. No
ver que cada vez nos queremos menos y que a esa persona la queremos más, porque
nos ha hecho creer que no encontraremos a nadie mejor. O que no somos lo
suficientemente buenos como para encontrar a otro alguien que nos enseñe la
verdadera felicidad. No ver que vivimos un amor asustado, escondido en una
habitación contigua a la de la soledad a la que tanto tememos.
Amores niños. Todos tenemos un niño dentro de nosotros,
inevitablemente. El problema llega con el complejo de Peter Pan. Ese no querer
crecer ni madurar nunca. Las personas cambian y cambiamos a diferentes ritmos,
eso es lo normal y esperable – puesto que cada persona es un mundo único y
maravilloso –. Pero crecemos, y crecer significa asumir responsabilidades.
Significa elegir, aun cuando nos gustaría poder tenerlo todo. Y quizá nos
equivoquemos, pero en el día a día nos vamos a encontrar con los desafíos de
cada momento y con decenas de elecciones pendientes. Crecer también significa
pensar menos en uno mismo y más en la otra persona. Crecer significa intentar
cumplir con lo que alguna vez prometiste. Porque no hay peor derrota que la que
se produce por agotamiento, la que llega cuando nos cansamos de pelear por
alguien a quien no parecemos importarle demasiado. No tanto, al menos, como las
cosas que a ellos les hacen sentir bien.
Amores bucles. Sabes que amas. Crees que te ama. Pero se combina un
poco el amor ciego y el amor sordo. Las señales no se perciben bien –
bidireccionalmente – y llega un punto en que la relación no avanza más, se
atasca. No tiene por qué haber pasado nada, pero conforme pasa el tiempo te das
cuenta de que no sucederá nunca. Y habláis. Y cuando os veis el mundo se
detiene, como debe ser. Pero ahí acaba todo, tan efímero como comienza. Es una
espiral que puede durar todo lo que ambas partes decidan estirarlo, pues no
tiene fin ni principio. Tampoco beneficio, a decir verdad. No sabes hasta qué
punto eres correspondido, pero llega un momento de cansancio emocional en el
que tampoco deseas saberlo. Se queda en “lo que pudo haber sido”.
Amores inexpresivos. Esos amores que existen, están ahí. Y, sin
embargo, sólo somos conscientes de su existencia cuando alguien nos lo
comunica. Son amores que aman en silencio, sin esperar ser amados ni atendidos.
No son conscientes del daño que a largo plazo puede causar su silencio. Quizá
esa persona y tú estabais hechos para estar unidos, quizá nadie se iba a mirar
y comunicar tanto a través de una mirada como vosotros. Pero, una vez más, la
timidez, la vergüenza, el miedo… Ese cajón de emociones negativas, ésas que
construyen murallas… Esas emociones serán también motivo de arrepentimiento en
la posteridad.
Amores platónicos. Todos hemos amado a alguien a quien no podíamos
tener. El amor platónico va mucho más allá del amor meramente literario. Habla
de personas con las que hemos cruzado una mirada fugaz en el metro, una sonrisa
en la facultad… Personas con las que una noche intercambiamos un baile en una
discoteca o nos preguntaron el nombre sin vacilar.
O quizá son personas que hacen
nuestra vida maravillosa, en todos los sentidos. Personas que saben cómo
hacernos sonreír cada día. Pero son amores imposibles, por cientos de motivos.
Son personas a las que amamos de una forma especial, que tienen el poder de
aparecerse en nuestros sueños y, sin que seamos conscientes, hacernos reír
mientras dormimos.
Amores prohibidos. El mayor esfuerzo a la hora de escribir este
texto radica en disimular mi odio más profundo hacia este tipo de amor – por
llamarlo de alguna manera-. Este es el amor de los triángulos, el que habla del
tercero en discordia, el que habla de una intrusión. No importa qué parte
cometa el delito, el caso es que se convierte en un atentado brutal contra la
confianza en la pareja. Y es posible que una infidelidad se pueda comprender
(que no justificar) en base a carencias, pero las carencias – me remito a los
amores sordos, por ejemplo – pueden tratar de solucionarse de diversas maneras.
Una de ellas, sin duda, el diálogo. La solución fácil es caer en la tentación que
nos provoca otra persona que parece tener
aquello que en nuestra pareja no encontramos o hemos perdido. Y, sin embargo,
no nos sentimos bien cuando engañamos con otra persona, porque sabemos que en
realidad es un espejismo de felicidad. Sólo es un arma de doble filo que hiere
a la persona a la que queremos y nos hiere a nosotros mismos por la falta de
respeto cometida hacia el otro miembro de la relación.
Amores dominantes. Amores que ordenan, que exigen, que mandan. Esos
que siempre quieren tener la última palabra. Esos que jamás preguntan tu
opinión. Siempre se ha de hacer lo que su voluntad dictamine, aun sabiendo que
a la otra parte le gustaría poder tener elección. Disfrazan su deseo de
imposición de falsa cortesía y cordialidad. Que no os engañen: el amor de
verdad pregunta siempre antes de actuar.
Acabo de describir ocho tipos de
amor (desamor, más bien) que podrían considerarse los más comunes en nuestra
sociedad. De ellos puedo extraer varias lecciones que me gustaría compartir en
los siguientes párrafos.
Para empezar, por absurdo y
evidente que parezca, escuchad. Escuchad lo que os dicen y lo que decís, porque
a veces ni tan sólo en una discusión vuestros puntos de discordia serán tan
dispares como para no poder llegar a un acuerdo. Y hablad. Hablad sin levantar
la voz, prestando atención a la melodía que acompaña a cada palabra. Pensad que
hablar las cosas no es un preludio para una discusión, sino todo lo contrario.
Es un intento por cambiar algo que no está funcionando de forma que la relación
pueda seguir su curso. Sin enfados, sin rencores.
Abrid los ojos y, una vez más,
escuchad. Cuando muchas de las personas que os quieren os hablan de aspectos
poco destacables de vuestra pareja, planteaos que la regla de sólo yo tengo razón puede estar fallando.
A veces amamos tanto y con tal intensidad que nos cuesta ver las cosas que nos
pueden estar destruyendo muy poco a poco. Escuchad. Puede que vuestra familia y
amigos, a largo plazo, os estén haciendo un favor.
No deis nada por sentado, ni
siquiera el hecho de que os amen. El amor es algo que se trabaja día a día.
Cada día hay que luchar por reconquistar el corazón de esa persona. Hay que
provocar sonrisas y hay que abrazarla mostrándole que soltarla es sólo un mero
contratiempo y algo totalmente temporal. No ordenéis, preguntad. El amor de
verdad siempre tiene en consideración las preferencias de la otra persona, por
encima de las suyas propias.
Y amad. Amad incondicionalmente.
Amad como si no hubiera mañana. Amad sintiéndoos libres, sintiéndoos plenos.
Sintiendo que con esa persona aprendéis cada día lo que significa de verdad
sonreír. Lo que significa ser feliz. Sintiendo que, ante las adversidades, sois
lo suficientemente fuertes y valientes como para poner vuestro mundo patas
arriba hasta solucionarlo todo. Amad sintiéndoos vivos. Amad siendo siempre
vosotros mismos.
The June.
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