miércoles, 8 de enero de 2014

Habla la experiencia.

Crónicas de desamor

Del amor se aprende día a día. Del desamor, si cabe, se aprende aún más.

Amores sordos. Qué difícil es entender cuando no se escucha. Qué difícil es poner remedio a una situación adversa cuando cada uno mira a un lado o, como mucho, hacia sí mismo. Qué difícil es hablar a las espaldas de esa persona que lo significa todo, y que parece que no te oye o no quiere oír la realidad. Qué difícil es hablar cuando parece que lo hacemos en idiomas distintos. Qué difícil es entonces abrir el corazón.

Amores ciegos. Y no podría deciros si estos pueden resultar más o menos dañinos que los anteriores. Significa no ver, desde luego. No ver el daño que la otra persona nos causa a diario, consciente o inconscientemente. No ver que esa persona nos envenena con la ponzoña que libera su amor… Un amor que viene y va a la merced de un ritmo en que nosotros no ponemos ni un suspiro. No ver que cada vez nos queremos menos y que a esa persona la queremos más, porque nos ha hecho creer que no encontraremos a nadie mejor. O que no somos lo suficientemente buenos como para encontrar a otro alguien que nos enseñe la verdadera felicidad. No ver que vivimos un amor asustado, escondido en una habitación contigua a la de la soledad a la que tanto tememos.

Amores niños. Todos tenemos un niño dentro de nosotros, inevitablemente. El problema llega con el complejo de Peter Pan. Ese no querer crecer ni madurar nunca. Las personas cambian y cambiamos a diferentes ritmos, eso es lo normal y esperable – puesto que cada persona es un mundo único y maravilloso –. Pero crecemos, y crecer significa asumir responsabilidades. Significa elegir, aun cuando nos gustaría poder tenerlo todo. Y quizá nos equivoquemos, pero en el día a día nos vamos a encontrar con los desafíos de cada momento y con decenas de elecciones pendientes. Crecer también significa pensar menos en uno mismo y más en la otra persona. Crecer significa intentar cumplir con lo que alguna vez prometiste. Porque no hay peor derrota que la que se produce por agotamiento, la que llega cuando nos cansamos de pelear por alguien a quien no parecemos importarle demasiado. No tanto, al menos, como las cosas que a ellos les hacen sentir bien.

Amores bucles. Sabes que amas. Crees que te ama. Pero se combina un poco el amor ciego y el amor sordo. Las señales no se perciben bien – bidireccionalmente – y llega un punto en que la relación no avanza más, se atasca. No tiene por qué haber pasado nada, pero conforme pasa el tiempo te das cuenta de que no sucederá nunca. Y habláis. Y cuando os veis el mundo se detiene, como debe ser. Pero ahí acaba todo, tan efímero como comienza. Es una espiral que puede durar todo lo que ambas partes decidan estirarlo, pues no tiene fin ni principio. Tampoco beneficio, a decir verdad. No sabes hasta qué punto eres correspondido, pero llega un momento de cansancio emocional en el que tampoco deseas saberlo. Se queda en “lo que pudo haber sido”.

Amores inexpresivos. Esos amores que existen, están ahí. Y, sin embargo, sólo somos conscientes de su existencia cuando alguien nos lo comunica. Son amores que aman en silencio, sin esperar ser amados ni atendidos. No son conscientes del daño que a largo plazo puede causar su silencio. Quizá esa persona y tú estabais hechos para estar unidos, quizá nadie se iba a mirar y comunicar tanto a través de una mirada como vosotros. Pero, una vez más, la timidez, la vergüenza, el miedo… Ese cajón de emociones negativas, ésas que construyen murallas… Esas emociones serán también motivo de arrepentimiento en la posteridad.

Amores platónicos. Todos hemos amado a alguien a quien no podíamos tener. El amor platónico va mucho más allá del amor meramente literario. Habla de personas con las que hemos cruzado una mirada fugaz en el metro, una sonrisa en la facultad… Personas con las que una noche intercambiamos un baile en una discoteca o nos preguntaron el nombre sin vacilar.

O quizá son personas que hacen nuestra vida maravillosa, en todos los sentidos. Personas que saben cómo hacernos sonreír cada día. Pero son amores imposibles, por cientos de motivos. Son personas a las que amamos de una forma especial, que tienen el poder de aparecerse en nuestros sueños y, sin que seamos conscientes, hacernos reír mientras dormimos.

Amores prohibidos. El mayor esfuerzo a la hora de escribir este texto radica en disimular mi odio más profundo hacia este tipo de amor – por llamarlo de alguna manera-. Este es el amor de los triángulos, el que habla del tercero en discordia, el que habla de una intrusión. No importa qué parte cometa el delito, el caso es que se convierte en un atentado brutal contra la confianza en la pareja. Y es posible que una infidelidad se pueda comprender (que no justificar) en base a carencias, pero las carencias – me remito a los amores sordos, por ejemplo – pueden tratar de solucionarse de diversas maneras. Una de ellas, sin duda, el diálogo. La solución fácil es caer en la tentación que nos provoca otra persona que parece tener aquello que en nuestra pareja no encontramos o hemos perdido. Y, sin embargo, no nos sentimos bien cuando engañamos con otra persona, porque sabemos que en realidad es un espejismo de felicidad. Sólo es un arma de doble filo que hiere a la persona a la que queremos y nos hiere a nosotros mismos por la falta de respeto cometida hacia el otro miembro de la relación.

Amores dominantes. Amores que ordenan, que exigen, que mandan. Esos que siempre quieren tener la última palabra. Esos que jamás preguntan tu opinión. Siempre se ha de hacer lo que su voluntad dictamine, aun sabiendo que a la otra parte le gustaría poder tener elección. Disfrazan su deseo de imposición de falsa cortesía y cordialidad. Que no os engañen: el amor de verdad pregunta siempre antes de actuar.

Acabo de describir ocho tipos de amor (desamor, más bien) que podrían considerarse los más comunes en nuestra sociedad. De ellos puedo extraer varias lecciones que me gustaría compartir en los siguientes párrafos.

Para empezar, por absurdo y evidente que parezca, escuchad. Escuchad lo que os dicen y lo que decís, porque a veces ni tan sólo en una discusión vuestros puntos de discordia serán tan dispares como para no poder llegar a un acuerdo. Y hablad. Hablad sin levantar la voz, prestando atención a la melodía que acompaña a cada palabra. Pensad que hablar las cosas no es un preludio para una discusión, sino todo lo contrario. Es un intento por cambiar algo que no está funcionando de forma que la relación pueda seguir su curso. Sin enfados, sin rencores.

Abrid los ojos y, una vez más, escuchad. Cuando muchas de las personas que os quieren os hablan de aspectos poco destacables de vuestra pareja, planteaos que la regla de sólo yo tengo razón puede estar fallando. A veces amamos tanto y con tal intensidad que nos cuesta ver las cosas que nos pueden estar destruyendo muy poco a poco. Escuchad. Puede que vuestra familia y amigos, a largo plazo, os estén haciendo un favor.

No deis nada por sentado, ni siquiera el hecho de que os amen. El amor es algo que se trabaja día a día. Cada día hay que luchar por reconquistar el corazón de esa persona. Hay que provocar sonrisas y hay que abrazarla mostrándole que soltarla es sólo un mero contratiempo y algo totalmente temporal. No ordenéis, preguntad. El amor de verdad siempre tiene en consideración las preferencias de la otra persona, por encima de las suyas propias.

Y amad. Amad incondicionalmente. Amad como si no hubiera mañana. Amad sintiéndoos libres, sintiéndoos plenos. Sintiendo que con esa persona aprendéis cada día lo que significa de verdad sonreír. Lo que significa ser feliz. Sintiendo que, ante las adversidades, sois lo suficientemente fuertes y valientes como para poner vuestro mundo patas arriba hasta solucionarlo todo. Amad sintiéndoos vivos. Amad siendo siempre vosotros mismos.



The June.  

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