Neuronas espejo
Nuestro cerebro - esa máquina
compleja y extraordinaria de la que ya hemos hablado en entradas anteriores -,
contiene miles de millones de células encargadas de almacenar y transmitir la
información que, en definitiva, explica quiénes somos y por qué actuamos del modo en que lo hacemos.
A estas células las conocemos con
el nombre de neuronas. En nuestro cerebro, como si de una empresa se
tratase, hay muy diversos tipos de neuronas en cuanto a morfología y función. Ello se debe a la inmensa cantidad de procesos psicológicos que tienen lugar en esta
compleja sede central a diario.
En concreto, existen unas
neuronas con unas características de respuesta particularmente interesantes.
Éstas responden a estímulos visuales concretos y también a reproducciones de esos
estímulos, de forma que “reflejan” la acción que está siendo observada en un momento dado. Estas
neuronas, que por este motivo son llamadas especulares
o espejo, están implicadas en nuestra capacidad para reconocer e imitar los
gestos que realizan otras personas – sobre todo, si hablamos de personas que resultan emocionalmente cercanas a nosotros –.
Además, estas neuronas juegan un
papel muy importante en los aspectos relacionados con la interacción social,
como la empatía. De ahí que nuestras protagonistas puedan notar cómo la emoción
que siente una puede pasar a formar parte del estado anímico de la otra, así
como sucede también con sus movimientos y posturas corporales que, de forma más
o menos consciente, se mimetizan y se adscriben como propios de la "persona espejo".
Ella reía y reía. Y, a veces,
también lloraba. En cualquier caso verla o escucharla reír era un
desencadenante de mi propia risa. Y no sólo porque tuviera una risa
particularmente divertida, sino porque no podía evitar sentir el contagio de esta emoción cuando la embargaba.
Así sucedía también con el llanto.
Esto era, a decir verdad, mucho menos frecuente. Pero cuando la veía llorar me
imaginaba cómo podía sentirse un colibrí al que le sujetaran las alas durante
unos segundos. Frustración, impotencia.
Nos decían que las emociones,
como casi todo, nacían y se desarrollaban en el cerebro. Nunca fui capaz de
explicar por qué el dolor y la tristeza los sentía en el corazón.
Una vez me preguntó que por qué
lloraba yo al verla, si para mí estaba todo en orden. Yo le dije que sentía su
tristeza como mía, sin saber cómo ni por qué. Cuando tú no estás bien, añadí,
yo tampoco puedo estarlo.
De la misma manera, tendíamos a
sentarnos la una frente a la otra, por la mala costumbre de intentar leer más
allá de las palabras... En los claroscuros de nuestros parpadeos o en las transparencias
de nuestras miradas. En cualquier caso, siempre comenzábamos a hablar desde
posiciones físicas totalmente distintas y, horas más tarde, nos habíamos
convertido en ejes simétricos discutiendo con frenesí.
Al final alguna se atrevía a
preguntar a la otra – a modo de reproche cantarín – cuál era el motivo por
el que estaba siendo imitada. La que recibía la acusación de imitadora solía
encogerse de hombros y murmurar, casi como una disculpa un “No te estaba imitando…”. Pese a lo
certero de esta afirmación, el susurro rara vez sonaba convincente.
Y todo esto
en combinación con una expresión reveladora de profunda contrariedad, no
resultaba en absoluto un impedimento para que la que cumpliera con el papel de
acusadora rompiera a reír de nuevo, contagiando a la que hacía las veces de
acusada, de forma que creían cerrar un círculo.
En realidad, no hacían más que
trazar el óvalo de una línea curva que dibujaba el infinito.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario