domingo, 12 de enero de 2014

Psicología para todos.

Neuronas espejo


Nuestro cerebro - esa máquina compleja y extraordinaria de la que ya hemos hablado en entradas anteriores -, contiene miles de millones de células encargadas de almacenar y transmitir la información que, en definitiva, explica quiénes somos y por qué actuamos del modo en que lo hacemos.

A estas células las conocemos con el nombre de neuronas.  En nuestro cerebro, como si de una empresa se tratase, hay muy diversos tipos de neuronas en cuanto a morfología y función. Ello se debe a la inmensa cantidad de procesos psicológicos que tienen lugar en esta compleja sede central a diario.

En concreto, existen unas neuronas con unas características de respuesta particularmente interesantes. Éstas responden a estímulos visuales concretos y también a reproducciones de esos estímulos, de forma que “reflejan” la acción que está siendo observada en un momento dado. Estas neuronas, que por este motivo son llamadas especulares o espejo, están implicadas en nuestra capacidad para reconocer e imitar los gestos que realizan otras personas – sobre todo, si hablamos de personas que resultan emocionalmente cercanas a nosotros –.

Además, estas neuronas juegan un papel muy importante en los aspectos relacionados con la interacción social, como la empatía. De ahí que nuestras protagonistas puedan notar cómo la emoción que siente una puede pasar a formar parte del estado anímico de la otra, así como sucede también con sus movimientos y posturas corporales que, de forma más o menos consciente, se mimetizan y se adscriben como propios de la "persona espejo".

Ella reía y reía. Y, a veces, también lloraba. En cualquier caso verla o escucharla reír era un desencadenante de mi propia risa. Y no sólo porque tuviera una risa particularmente divertida, sino porque no podía evitar sentir el contagio de esta emoción cuando la embargaba.

Así sucedía también con el llanto. Esto era, a decir verdad, mucho menos frecuente. Pero cuando la veía llorar me imaginaba cómo podía sentirse un colibrí al que le sujetaran las alas durante unos segundos. Frustración, impotencia.

Nos decían que las emociones, como casi todo, nacían y se desarrollaban en el cerebro. Nunca fui capaz de explicar por qué el dolor y la tristeza los sentía en el corazón.

Una vez me preguntó que por qué lloraba yo al verla, si para mí estaba todo en orden. Yo le dije que sentía su tristeza como mía, sin saber cómo ni por qué. Cuando tú no estás bien, añadí, yo tampoco puedo estarlo.

De la misma manera, tendíamos a sentarnos la una frente a la otra, por la mala costumbre de intentar leer más allá de las palabras... En los claroscuros de nuestros parpadeos o en las transparencias de nuestras miradas. En cualquier caso, siempre comenzábamos a hablar desde posiciones físicas totalmente distintas y, horas más tarde, nos habíamos convertido en ejes simétricos discutiendo con frenesí.

Al final alguna se atrevía a preguntar a la otra – a modo de reproche cantarín – cuál era el motivo por el que estaba siendo imitada. La que recibía la acusación de imitadora solía encogerse de hombros y murmurar, casi como una disculpa un “No te estaba imitando…”. Pese a lo certero de esta afirmación, el susurro rara vez sonaba convincente. 

Y todo esto en combinación con una expresión reveladora de profunda contrariedad, no resultaba en absoluto un impedimento para que la que cumpliera con el papel de acusadora rompiera a reír de nuevo, contagiando a la que hacía las veces de acusada, de forma que creían cerrar un círculo.

En realidad, no hacían más que trazar el óvalo de una línea curva que dibujaba el infinito.






The June. 

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