viernes, 1 de noviembre de 2013

Habla la experiencia...


Volvamos a la infancia, ¿vale? Pensad en tres cuentos infantiles en los que haya una princesa que acaba soltera. No se os ocurren, ¿verdad? A mí tampoco.

Desde bien niños el “vivieron felices y comieron perdices” va mucho más allá de una moraleja de cuento de hadas. Es lo que todos esperamos, encontrar a alguien con quien compartir nuestra vida, nuestros sentimientos, nuestro cariño. Alguien con quien poder ser nosotros mismos. Alguien con quien ser un todo y que será nuestro todo.

Pero nadie ha pensado que hay relaciones que no funcionan. Hay relaciones que se acaban, que mueren como lo hacen las personas. Que todo en esta vida tiene un principio y un final, y las relaciones (del tipo que sea) no son una excepción. Sin embargo, ¿sabéis si la Cenicienta se divorció del príncipe? Yo tampoco.

Una relación puede finalizar de tres maneras: muerte natural, muerte por intoxicación o muerte por invasión. Entendamos la primera como la típica “hasta que la muerte nos separe”. Esa muerte es realmente preciosa, pues dos personas se aman tantísimo como para demostrarse ese amor y refunfuñarse hasta el final de sus días, sabiendo que no habrá nadie que se refunfuñe ni se ame como ellos lo hacen. La muerte por intoxicación se produce cuando hay factores (externos o no a la relación) que comienzan a deteriorarla y no se encuentra la cura. Generalmente tiene que ver con incompatibilidad de caracteres o falta de comunicación. Por último, la muerte por invasión tiene que ver con la aparición de terceras personas en una relación inicial de dos.

De cualquier modo, e independientemente de la causa de defunción que pueda tener una relación, lo importante es comprender que sigue habiendo vida; existen otras personas con las que podemos ser felices. Con ellas podemos volver a compartir nuestras ilusiones, nuestros pensamientos, nuestras ganas de vivir. Y recibir las suyas para hacerlas cada día un poco más nuestras.

No obstante, los cuentos infantiles nos han creado miedo y obcecación. Realmente, el simple hecho de pensar que podamos “permanecer solos por toda la eternidad” nos preocupa. Hasta el punto de que cuando en un grupo de amigos alguien anuncia que ha terminado una relación, las primeras frases suelen ser: “ya vendrá otro/a”; “yo tengo un amigo/a que…”; “tranquilo/a, que yo te busco a alguien…”

Pocas personas se han planteado que una muerte es una herida e implica duelo. Que separarse de una persona, por el motivo que sea, significa aceptar que el mundo que habías construido con ella se ha ido con el viento y no volverá jamás. Asumir que lo que queda son recuerdos. Recuerdos que te acompañarán siempre, porque al final sólo quedará lo bueno.

Dejad que la gente cicatrice. Dejad que lloren, que os griten, que sufran, porque cada persona necesita sentir el dolor de una forma distinta. Pase lo que pase, volveréis a sonreír. Es todo cuestión de tiempo.

Y, oye, que digan lo que digan es mejor estar solo/a que mal acompañado/a. Habla la experiencia. 

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