Trastorno bipolar
Una vez me contó que era un
ciclo. Pasaba por momentos en los que la azotaba una ola de tristeza hacia todo
lo que la rodeaba y por episodios en los que deseaba comerse el mundo. Al
parecer, cada vez que navegaba con marea baja estaba tomando fuerzas para
cuando la marea subía, y en esta cúspide empleaba toda la energía acumulada
para, inevitablemente, volver a caer después.
Yo la observaba en el proceso,
largo y continuo, en el que su estado de ánimo iba cambiando paulatinamente desde
el más abrumador desánimo hasta una desorbitada euforia. Y no terminaba de
comprender por qué podía pasar en poco tiempo de ser una persona adorable a mostrarse
tan irritable conmigo. Parecía que todo lo que le decía la importunaba y, aun
así, no dudaba que me quería.
A los pocos días hablaba por los
codos y era incapaz de mantenerse quieta un instante.
Entonces, era yo la que se ponía nerviosa. Pero me contagiaba su entusiasmo y
su interés por hacer mil cosas a una. Apenas dormía, ni, para qué mentir, me dejaba
dormir a mí tampoco. Necesitaba llenar su mente de actividades varias, y allá
que nos sumergíamos en aventuras
artísticas, que bien podían tener que ver con la pintura, con la escritura o con
bailes matutinos.
Para lo bueno y para lo malo, era
una persona muy independiente. No quería pensar que necesitaba de la ayuda de
nadie, pero jamás rechazaba un abrazo o una caricia cuando se la ofrecía. Yo
sabía que podía vivir sola, pero no quería vivir sin ella.
Alguna vez me atreví a
preguntarle qué le pasaba. ¿Por qué súbitamente irradiaba luz como el sol y de repente se
apagaba a medias como la luna? Me habló de una especie de wi-fi encefálico que
transmitía mensajes de felicidad. Serotonina, creo que lo llamaba. También me
dijo, no sin buena dosis de sarcasmo, que tenía cierta carencia de litio: “lo
de las pilas”. Ella reía, y yo me reía porque sabía que así podría escucharla
reír más tiempo.
Pero caía. Volvía a caer. Lloraba
y decía que no podía, que no quería. Y me gritaba, para luego sentirse
terriblemente culpable por haberlo hecho. Y yo la abrazaba y le decía que me
chillara si quería; no pensaba irme. Así era como, entre ríos de lágrimas,
esbozaba una pequeña sonrisa.
The June.
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