martes, 12 de noviembre de 2013

Psicología para todos.

Trastorno bipolar

Una vez me contó que era un ciclo. Pasaba por momentos en los que la azotaba una ola de tristeza hacia todo lo que la rodeaba y por episodios en los que deseaba comerse el mundo. Al parecer, cada vez que navegaba con marea baja estaba tomando fuerzas para cuando la marea subía, y en esta cúspide empleaba toda la energía acumulada para, inevitablemente, volver a caer después.

Yo la observaba en el proceso, largo y continuo, en el que su estado de ánimo iba cambiando paulatinamente desde el más abrumador desánimo hasta una desorbitada euforia. Y no terminaba de comprender por qué podía pasar en poco tiempo de ser una persona adorable a mostrarse tan irritable conmigo. Parecía que todo lo que le decía la importunaba y, aun así, no dudaba que me quería.

A los pocos días hablaba por los codos y era incapaz de mantenerse quieta un instante. Entonces, era yo la que se ponía nerviosa. Pero me contagiaba su entusiasmo y su interés por hacer mil cosas a una. Apenas dormía, ni, para qué mentir, me dejaba dormir a mí tampoco. Necesitaba llenar su mente de actividades varias, y allá que nos  sumergíamos en aventuras artísticas, que bien podían tener que ver con la pintura, con la escritura o con bailes matutinos.

Para lo bueno y para lo malo, era una persona muy independiente. No quería pensar que necesitaba de la ayuda de nadie, pero jamás rechazaba un abrazo o una caricia cuando se la ofrecía. Yo sabía que podía vivir sola, pero no quería vivir sin ella.

Alguna vez me atreví a preguntarle qué le pasaba. ¿Por qué súbitamente irradiaba luz como el sol y de repente se apagaba a medias como la luna? Me habló de una especie de wi-fi encefálico que transmitía mensajes de felicidad. Serotonina, creo que lo llamaba. También me dijo, no sin buena dosis de sarcasmo, que tenía cierta carencia de litio: “lo de las pilas”. Ella reía, y yo me reía porque sabía que así podría escucharla reír más tiempo.

Pero caía. Volvía a caer. Lloraba y decía que no podía, que no quería. Y me gritaba, para luego sentirse terriblemente culpable por haberlo hecho. Y yo la abrazaba y le decía que me chillara si quería; no pensaba irme. Así era como, entre ríos de lágrimas, esbozaba una pequeña sonrisa.


The June. 

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