lunes, 25 de noviembre de 2013

Psicología para todos.

Esquizofrenia

Siempre fue un chico muy tímido. De hecho, cuando no estaba conmigo parecía estar en otro mundo.

Al principio pensaba que, simplemente, tenía gran inventiva, pues solía contarme historias inverosímiles y algo aterradoras aprovechando la hora punta en la que sol se escapaba entre las montañas. 

Con el tiempo me di cuenta de que había algo más allá de que lo que yo consideraba simplemente imaginación. Con frecuencia llegaba a casa empapado en sudor frío, murmurando que alguien le llevaba persiguiendo durante todo el camino. Me asustaba bastante pensar que alguien pudiera estar siguiéndole de verdad por algún motivo, hasta que me di cuenta de que también le sucedía en casa, conmigo.

De pronto parecía atemorizado por las persecuciones y, con la misma rapidez, cambiaba de tema para preguntarme por cuestiones totalmente banales como: ¿qué vamos a cenar?

Discutíamos la mitad del tiempo y nos reconciliábamos la otra mitad. Era consciente de que para él saltar de problema en problema era algo normal, pero a mí me frustraba no poder solucionar uno antes de pasar al siguiente, o al que continuaba al segundo.

Cuando me veía enfadada se producía una especie de círculo en el que mi enfado llevaba a la aparición de su vena más hostil, lo que a mí menos me gustaba de su compañía. A veces tenía la sensación de que le daba lo mismo que estuviera allí o que me marchara. No obstante, igual que parecía irritarse por algo, de súbito centraba su atención en cualquier otro asunto que invadía por completo su cabeza. Y así volvía mi frustración y, de alguna manera, mi alegría.

Decía que me veía caminar por la casa de noche y que, en alguna ocasión, me tumbaba a su vera y le susurraba cosas al oído. Nunca me preguntó; siempre fue una afirmación. 

Jamás habíamos dormido juntos, ni me acerqué a hablarle al oído. Sin embargo, él perjuraba que era yo. Que yo le perseguía, que yo andaba descalza y que yo le hablaba mientras dormía.

Una vez me atreví a preguntarle sobre lo que supuestamente le decía cada vez que le hablaba a su alma dormida. No quiso decírmelo en un primer momento, y un rubor intenso cubrió rápidamente sus mejillas. Tuve que insistir mucho, y cuando ya iba a desistir me miró fijamente y me dijo: “Me quedo contigo”, eso es lo que me repites siempre.


Aquella noche, por primera vez, dormimos juntos. 



The June. 

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