Le dije que hiciéramos alguna
locura. Que nos marcháramos a perseguir el amanecer de orilla a orilla de la
playa. Él quería coger el coche y yo no quería caminar sola.
Nos subimos. Nos abrochamos los
cinturones y partimos hacia el infinito. Sonaba “Paradise”, de Coldplay.
Realmente parecíamos estar cerca del paraíso.
De vez en cuando me miraba a
través del espejo retrovisor, fugazmente. Yo le sonreía para que asumiera que
en ese lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaban, le veía el alma
y la traducía a mi idioma.
Mi corazón latía, y casi podía
escuchar el suyo bombear al mismo ritmo: un poco acelerado, un poco romántico.
El semáforo estaba en rojo, pero
no para nosotros. No lo vimos venir. Él no pudo frenar. Nos embistió de pleno y
no pude evitar sentir miedo, más que nunca. Y dolor. Dolía todo. Nuestros
cuerpos se daban contra el coche, y contra sí mismos. Sentí tirones, sentí
golpes, sentí cristales clavándose por todas partes. Y por mi cabeza pasaban
miles de recuerdos por segundo, a cual más feliz que el anterior…
De repente, acabó todo. Tan
extraño y rápido como empezó. Me miré, y le miré a él. Nuestros cuerpos sufrían
y sufrirían unas semanas más. Pero estábamos vivos, los dos. Nos desabrochamos
los cinturones que nos habían salvado y nos arropamos en el abrazo más largo
del mundo. Sabía a alivio, sabía a vida.
Quiero seguir viajando contigo, me dijo. Hoy sigue siendo el mejor
compañero de viaje.
*
Le dije que hiciéramos alguna
locura. Que nos marcháramos a perseguir el amanecer de orilla a orilla de la
playa. Él quería coger el coche y yo no quería caminar sola.
Nos subimos. Yo me abroché el
cinturón y discutimos porque, una vez más, él se negaba a ponérselo. Al final,
le dejé hacer y partimos hacia el infinito. Sonaba “Paradise”, de Coldplay.
Realmente parecíamos estar cerca del paraíso.
De vez en cuando me miraba a
través del espejo retrovisor, fugazmente. Yo le sonreía para que asumiera que
en ese lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaban, le veía el alma
y la traducía a mi idioma.
Mi corazón latía, y casi podía
escuchar el suyo bombear al mismo ritmo: un poco acelerado, un poco romántico.
El semáforo estaba en rojo, pero
no para nosotros. No lo vimos venir. Él no pudo frenar. Nos embistió de pleno y
no pude evitar sentir miedo, más que nunca. Y dolor. Dolía todo. Nuestros
cuerpos se daban contra el coche, y contra sí mismos. Sentí tirones, sentí
golpes, sentí cristales clavándose por todas partes. Y por mi cabeza pasaban
miles de recuerdos por segundo, a cual más feliz que el anterior…
De repente, acabó todo. Tan
extraño y rápido como empezó. Me miré, y le miré a él.
Sangraba, sangraba muchísimo. Su
cabeza estaba apoyada en el volante, y su mirada inerte se posaba mirando hacia
mí.
Me desabroché el cinturón a toda
prisa, buscando el ritmo que hacía escasos segundos acompañaba al de mi
corazón. Pero no estaba. Se había ido. Le abracé y le grité que volviera,
aunque una parte de mí sabía que nunca más iba a escuchar mi voz. Ni yo la
suya. Se había ido para siempre y acababa de llevarse una parte de mí consigo.
Quiero seguir viajando contigo, le grité. Aún hoy se lo susurro
cuando en el silencio parece ser mi única compañía.
Por el tráfico y la seguridad vial.
The June.
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