martes, 3 de diciembre de 2013

Quiero seguir viajando contigo.



Le dije que hiciéramos alguna locura. Que nos marcháramos a perseguir el amanecer de orilla a orilla de la playa. Él quería coger el coche y yo no quería caminar sola.

Nos subimos. Nos abrochamos los cinturones y partimos hacia el infinito. Sonaba “Paradise”, de Coldplay. Realmente parecíamos estar cerca del paraíso.

De vez en cuando me miraba a través del espejo retrovisor, fugazmente. Yo le sonreía para que asumiera que en ese lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaban, le veía el alma y la traducía a mi idioma.

Mi corazón latía, y casi podía escuchar el suyo bombear al mismo ritmo: un poco acelerado, un poco romántico.

El semáforo estaba en rojo, pero no para nosotros. No lo vimos venir. Él no pudo frenar. Nos embistió de pleno y no pude evitar sentir miedo, más que nunca. Y dolor. Dolía todo. Nuestros cuerpos se daban contra el coche, y contra sí mismos. Sentí tirones, sentí golpes, sentí cristales clavándose por todas partes. Y por mi cabeza pasaban miles de recuerdos por segundo, a cual más feliz que el anterior…

De repente, acabó todo. Tan extraño y rápido como empezó. Me miré, y le miré a él. Nuestros cuerpos sufrían y sufrirían unas semanas más. Pero estábamos vivos, los dos. Nos desabrochamos los cinturones que nos habían salvado y nos arropamos en el abrazo más largo del mundo. Sabía a alivio, sabía a vida.

Quiero seguir viajando contigo, me dijo. Hoy sigue siendo el mejor compañero de viaje.

*

Le dije que hiciéramos alguna locura. Que nos marcháramos a perseguir el amanecer de orilla a orilla de la playa. Él quería coger el coche y yo no quería caminar sola.

Nos subimos. Yo me abroché el cinturón y discutimos porque, una vez más, él se negaba a ponérselo. Al final, le dejé hacer y partimos hacia el infinito. Sonaba “Paradise”, de Coldplay. Realmente parecíamos estar cerca del paraíso.

De vez en cuando me miraba a través del espejo retrovisor, fugazmente. Yo le sonreía para que asumiera que en ese lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaban, le veía el alma y la traducía a mi idioma.

Mi corazón latía, y casi podía escuchar el suyo bombear al mismo ritmo: un poco acelerado, un poco romántico.

El semáforo estaba en rojo, pero no para nosotros. No lo vimos venir. Él no pudo frenar. Nos embistió de pleno y no pude evitar sentir miedo, más que nunca. Y dolor. Dolía todo. Nuestros cuerpos se daban contra el coche, y contra sí mismos. Sentí tirones, sentí golpes, sentí cristales clavándose por todas partes. Y por mi cabeza pasaban miles de recuerdos por segundo, a cual más feliz que el anterior…

De repente, acabó todo. Tan extraño y rápido como empezó. Me miré, y le miré a él.

Sangraba, sangraba muchísimo. Su cabeza estaba apoyada en el volante, y su mirada inerte se posaba mirando hacia mí.

Me desabroché el cinturón a toda prisa, buscando el ritmo que hacía escasos segundos acompañaba al de mi corazón. Pero no estaba. Se había ido. Le abracé y le grité que volviera, aunque una parte de mí sabía que nunca más iba a escuchar mi voz. Ni yo la suya. Se había ido para siempre y acababa de llevarse una parte de mí consigo.

Quiero seguir viajando contigo, le grité. Aún hoy se lo susurro cuando en el silencio parece ser mi única compañía.



Por el tráfico y la seguridad vial.





The June.


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