Navidad, Navidad
Llega
Navidad. Comer por castigo y las largas tardes cantando villancicos y viendo
fotos de cuando Cristo perdió el gorro se convierten en las constantes de estas
fechas.
Las
discusiones están prohibidas, toca poner buena cara y desear hasta al más
horrible de tus primos tus mejores deseos de paz y felicidad. Con eso de que
una vez al año no hace daño se come por ti y por todos tus amigos, que no se
diga que queda media miga de turrón en el plato.
Ves
a esa parte de la familia con la que solo coincides en las cenas de navidad o
en las bodas. Esas personas que apenas conocemos, pero que hay que querer por
el simple hecho de que forma parte de nuestra familia. Quizá incluso estemos
sentados al lado de un psicópata (teniendo en cuenta que el 1% de la población
padece esta patología es una posibilidad) y ni nos inmutamos. Hay que poner
buena cara, sonreír y hasta contar chistes, sacar lo mejor de ti, contar los
miles de idiomas que estás estudiando, los proyectos en los que te gustaría
embarcarte, los viajes que vas a hacer y lo genial y estupendos que somos
todos. Y todo gira alrededor de un mundo creado artificialmente en el que nos
escondemos durante unos días, en el que prima la apariencia y el consumismo
desbordado que no podría faltar junto a toda esta sandez de quimeras.
Y
luego está esa otra familia. Aquellos con los que te puedes mostrar tal cual
eres, pues te van a querer igual. Con
los que quedas todas las semanas, sin necesidad de que haya una fiesta
“especial” que te recuerde que hay que verlos porque es lo que toca. Esos a los
que realmente llamas cuando tienes un problema o cuando te ha pasado la cosa
más graciosa del mundo. A los que sientes que verdaderamente son tu familia,
que has elegido conscientemente que quieres que formen parte de tu vida, porque
les conoces, porque sabes que merecen la pena y porque tu vida sin ellos no
sería tan maravillosa.
The June
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