domingo, 15 de diciembre de 2013

Habla la experiencia.

Algún día volveré a ti


Parecía difícil, pero la luz de un nuevo día conseguía atravesar aquellas gruesas cortinas de tonos naranjas para concienciarme de que empezaba a ser hora de levantarse. Pero en aquella cama se dormía tan bien… El edredón blanco transmitía frío por su color blanco nube de primavera, y también calor por su textura algodonosa. ¿Qué os puedo decir? Mi cama y yo teníamos una relación muy sensual.

Cuando conseguía separarme de ella (sólo durante el día, matiz importante), disfrutaba descorriendo las cortinas y observando el horizonte. Ante mí se abría un prado inmenso y de un color verde que sólo se puede encontrar en paisajes del norte. Las ovejas que allí residían no parecían moverse en toda la jornada y, sin embargo, lo hacían. Allí estaban, bajo la luz del sol y bajo la lluvia (que solía ser el factor climático dominante) inamovibles. Perennes. Como si el tiempo no pasara por ellas.

Me encantaba apoyar la frente en el cristal y sentir el contraste del calor hogareño con la temperatura externa. Olía a frío, sabía a invierno permanente.

Al abrir la puerta de mi habitación, llegaba a la cocina/sala de estar. Allí preparaba desayuno para dos, pues solía ser la primera en levantarme… Y también en acostarme. Azúcar con un toque de té para mí; café con un toque de azúcar para ella.

La puerta de la habitación de al lado se abría, y dos ojos verdes aún adormecidos reparaban en mi presencia. Conseguía esbozar un breve: “bhjdfenos hjfrjías”, en el que mostraba sus claros avances en la lengua holandesa. Yo me reía.

Y aún con una sonrisa, me giraba para mirar hacia la ventana. Me preguntaba qué sería de mí aquel día. Y aquella semana. Me preguntaba por los días de lluvia y por los de sol. También por qué faltaba para llenar la nevera. Y por qué tés adquirir para la colección. Me preguntaba cómo era posible que existieran tantas diferencias entre mi cultura y la de aquel país. Me preguntaba si el clima les había enfriado también un poco el corazón…

Lo que me sacaba de mi ensimismamiento, para mi suerte, no era otra cosa que un abrazo. Un abrazo de ojos verdes que contrarrestaba con su calidez todo el frío de aquellas mañanas.

Fue la mejor experiencia de mi vida. Y juro que volveré a Utrecht. Quizá no hoy, puede que mañana…



The June. 


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