Algún día volveré a ti
Parecía difícil, pero la luz de
un nuevo día conseguía atravesar aquellas gruesas cortinas de tonos naranjas para concienciarme de que empezaba a ser hora de levantarse. Pero en aquella
cama se dormía tan bien… El edredón blanco transmitía frío por su color blanco
nube de primavera, y también calor por su textura algodonosa. ¿Qué os puedo
decir? Mi cama y yo teníamos una relación muy sensual.
Cuando conseguía separarme de
ella (sólo durante el día, matiz importante), disfrutaba descorriendo las
cortinas y observando el horizonte. Ante mí se abría un prado inmenso y de un
color verde que sólo se puede encontrar en paisajes del norte. Las ovejas que
allí residían no parecían moverse en toda la jornada y, sin embargo, lo hacían.
Allí estaban, bajo la luz del sol y bajo la lluvia (que solía ser el factor
climático dominante) inamovibles. Perennes. Como si el tiempo no pasara por
ellas.
Me encantaba apoyar la frente en
el cristal y sentir el contraste del calor hogareño con la temperatura externa.
Olía a frío, sabía a invierno permanente.
Al abrir la puerta de mi
habitación, llegaba a la cocina/sala de estar. Allí preparaba desayuno para
dos, pues solía ser la primera en levantarme… Y también en acostarme. Azúcar
con un toque de té para mí; café con un toque de azúcar para ella.
La puerta de la habitación de al
lado se abría, y dos ojos verdes aún adormecidos reparaban en mi presencia.
Conseguía esbozar un breve: “bhjdfenos hjfrjías”, en el que mostraba sus claros
avances en la lengua holandesa. Yo me reía.
Y aún con una sonrisa, me giraba
para mirar hacia la ventana. Me preguntaba qué sería de mí aquel día. Y aquella
semana. Me preguntaba por los días de lluvia y por los de sol. También por qué
faltaba para llenar la nevera. Y por qué tés adquirir para la colección. Me
preguntaba cómo era posible que existieran tantas diferencias entre mi cultura
y la de aquel país. Me preguntaba si el clima les había enfriado también un
poco el corazón…
Lo que me sacaba de mi
ensimismamiento, para mi suerte, no era otra cosa que un abrazo. Un abrazo de
ojos verdes que contrarrestaba con su calidez todo el frío de aquellas mañanas.
Fue la mejor experiencia de mi
vida. Y juro que volveré a Utrecht. Quizá no hoy, puede que mañana…
No hay comentarios:
Publicar un comentario