ALZHEIMER
Yo la miraba. Y la veía
exactamente igual que cuando nos conocimos, hacía ya más de veinte años. Seguía
teniendo el mismo brillo dulzón en sus ojos de color caramelo. Y la misma
sonrisa pícara. En su picardía me perdía, y no me importaba no volverme a
encontrar.
Seguía observándome cada día con
la curiosidad y la emoción propias de alguien que se va enamorando con el
caminar de las agujas del reloj: lenta e intensamente. Esa sensación propia del
principio de toda relación, cuando sobre todo, dominan la ilusión y el anhelo.
Con ella, cada día recomenzaba la
aventura de amar a alguien. Hacía meses que ella amanecía y se acostaba
olvidándome y recordándome de nuevo.
Al principio fueron pequeños
detalles: se despistaba con mi nombre, se le olvidaba a qué hora volvía del
trabajo (y se angustiaba bastante con esto), o se paraba a hablar con gente
que, en realidad, no la conocía en absoluto.
Poco a poco se volvió algo más
hostil. Se dio cuenta de que se estaba olvidando hasta de sí misma y cayó en
una profunda agonía. La pagaba conmigo y yo lo entendía, pues no podía imaginar
cómo debía ser esa sensación horrible de saber que todos tus recuerdos
almacenados durante años se van… Y tú con ellos.
Se resignó, supongo. Y recuperó
algo de paz con el tiempo. Yo seguía amándola como nunca, aunque no siempre estaba
seguro de que ella recordara haberme amado. Un día se levantó y me preguntó: Y tú, ¿quién eres?
Fue ahí cuando fui plenamente
consciente de lo que estaba sucediendo. Y dolía, como duele el frío y como
quema el fuego. La perdía, día tras día. En realidad, hacía meses que la estaba
perdiendo. Su cabeza expulsaba todas sus memorias, y a mí con ellas. Aseguro
que no se puede imaginar una tristeza más grande que la que yo experimenté en
aquellos momentos.
Pero no pensaba dejarla. Cada
mañana le contaba nuestra historia como un cuento. Y su mirada se iluminaba
como la de un niño, sin saber muy bien qué parte de todo lo que le contaba era
real o pura fantasía. Y, sin embargo, brillaba.
Sabía que llegaría un día en el
que todo aquello dejaría de tener sentido para ella, pero poco me importaba ya.
Yo aún recordaba quién era ella, y ése era motivo más que suficiente para permanecer
a su lado. Y para amarla.
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