miércoles, 11 de diciembre de 2013

Psicología para todos.

ALZHEIMER

Yo la miraba. Y la veía exactamente igual que cuando nos conocimos, hacía ya más de veinte años. Seguía teniendo el mismo brillo dulzón en sus ojos de color caramelo. Y la misma sonrisa pícara. En su picardía me perdía, y no me importaba no volverme a encontrar.

Seguía observándome cada día con la curiosidad y la emoción propias de alguien que se va enamorando con el caminar de las agujas del reloj: lenta e intensamente. Esa sensación propia del principio de toda relación, cuando sobre todo, dominan la ilusión y el anhelo.

Con ella, cada día recomenzaba la aventura de amar a alguien. Hacía meses que ella amanecía y se acostaba olvidándome y recordándome de nuevo.

Al principio fueron pequeños detalles: se despistaba con mi nombre, se le olvidaba a qué hora volvía del trabajo (y se angustiaba bastante con esto), o se paraba a hablar con gente que, en realidad, no la conocía en absoluto.

Poco a poco se volvió algo más hostil. Se dio cuenta de que se estaba olvidando hasta de sí misma y cayó en una profunda agonía. La pagaba conmigo y yo lo entendía, pues no podía imaginar cómo debía ser esa sensación horrible de saber que todos tus recuerdos almacenados durante años se van… Y tú con ellos.

Se resignó, supongo. Y recuperó algo de paz con el tiempo. Yo seguía amándola como nunca, aunque no siempre estaba seguro de que ella recordara haberme amado. Un día se levantó y me preguntó: Y tú, ¿quién eres?

Fue ahí cuando fui plenamente consciente de lo que estaba sucediendo. Y dolía, como duele el frío y como quema el fuego. La perdía, día tras día. En realidad, hacía meses que la estaba perdiendo. Su cabeza expulsaba todas sus memorias, y a mí con ellas. Aseguro que no se puede imaginar una tristeza más grande que la que yo experimenté en aquellos momentos.

Pero no pensaba dejarla. Cada mañana le contaba nuestra historia como un cuento. Y su mirada se iluminaba como la de un niño, sin saber muy bien qué parte de todo lo que le contaba era real o pura fantasía. Y, sin embargo, brillaba.

Sabía que llegaría un día en el que todo aquello dejaría de tener sentido para ella, pero poco me importaba ya. Yo aún recordaba quién era ella, y ése era motivo más que suficiente para permanecer a su lado. Y para amarla.



The June. 



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