... De comienzos inesperados
Hay cosas que no están hechas para ser contadas, sino para ser vividas.
Querida Justina,
Probablemente el comienzo de nuestra historia es uno de los más
peculiares sobre los que se podría escribir. Todo empezó con una lista, dos
nombres y un destino. Yo, celebrando que me iba de Erasmus a Holanda y voceando
por la facultad que una tal Justina se venía conmigo.
Debo confesar que sentí algo de miedo, pues no conseguía situarte
mentalmente en ningún rango de edad concreto (no puedes negarme que tu nombre
es digno de ser escuchado). Y, sin embargo, cuando te conocí parecías una
persona normal. Digo parecías, porque la normalidad nunca te ha hecho justicia.
La espontaneidad, la alegría, la picardía… Incluso un toque de locura mágica.
Esto se acerca un poco más a lo que desde entonces he aprendido de ti.
Por aquel entonces dijimos: “¿y por qué no vivimos juntas?” Qué locura.
Podría haber salido fatal. Podría no haberte soportado y desear marcharme
lejos. Pero no fue así. Empezamos a convivir siendo dos perfectas desconocidas
y al cabo de un mes ya podíamos mirarnos y cazar cualquier pensamiento que se
nos cruzara.
Pronto descubrí que contigo reí, de noche y de día, y también podía
llorar cuando me sentía sola. De repente eras como el sol que no brillaba en
Holanda, y los abrazos eternos me devolvían la paz cuando entraba en guerra
conmigo misma.
Que, aunque me queje, siempre me has consentido todo. Aún estoy
esperando que haya algo a lo que me digas: “no”. Contigo empecé a comprender
mis manías y a suavizarlas. Creo que me volví más flexible de lo que había sido
nunca. Quizás me he vuelto un poco más tú.
Da igual qué ocurrencia imposible se me venga a la mente. De repente
apareces tú con tu sonrisa que me invita a seguir adelante; tu voz que me dice
que puedo hacerlo. Y así parece que todo es mucho más fácil.
Y no pensaba que al volver podríamos llegar a unirnos más, pero lo
cierto es que así sucede. Cada mañana empieza la aventura de conocerte de nuevo
y de seguir sorprendiéndome por tu forma única de ser. ¿Cuántas veces pensamos
al unísono o hablamos al unísono? ¿Cuántas veces le hemos dicho a la otra: “sal
de mi mente”? ¿Y cuántas veces nos hemos hecho caso? Hay cosas en la vida que
están hechas para ser vividas, no contadas. También hay cosas hechas para ser
empezadas, pero nunca para ser acabadas.
Nos encontramos porque teníamos que encontrarnos. Porque en mi colección
de personas especiales faltabas tú.
Nos parecemos en miles de cosas y, pese a todo, creo que las que más me
gustan de ti son aquellas en las que somos polos totalmente opuestos. Aquellas
que nos hacen parecer de mundos distintos. Pero siempre existe ese punto de
conexión que nos permite entendernos. Porque en nuestras diferencias residen
los abrazos y las palabras que transmiten mucho más de lo que yo puedo escribir
aquí. Esas que lo curan todo y que rompen las más altas e infranqueables barreras.
Porque sí, porque nosotras también hemos tenido nuestras guerras.
Nuestras dificultades. Nuestros desacuerdos. Pero el tiempo ha demostrado que,
por encima de todo, estamos nosotras. Que podrían levantar el muro de Berlín de
nuevo, y con una mirada cómplice caería otra vez en cuestión de segundos. Que
lo que hemos sido y somos marcará lo que seremos. Y eso es algo que
desconocemos, pero sabemos que la otra seguirá ahí para averiguarlo. Y para
seguir siendo la mejor compañía.
Un latido doble. Una sístole y una diástole. Una Justina y una Irene.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario