lunes, 23 de diciembre de 2013

Habla la experiencia...

 ... De comienzos inesperados

Hay cosas que no están hechas para ser contadas, sino para ser vividas.


Querida Justina,

Probablemente el comienzo de nuestra historia es uno de los más peculiares sobre los que se podría escribir. Todo empezó con una lista, dos nombres y un destino. Yo, celebrando que me iba de Erasmus a Holanda y voceando por la facultad que una tal Justina se venía conmigo.

Debo confesar que sentí algo de miedo, pues no conseguía situarte mentalmente en ningún rango de edad concreto (no puedes negarme que tu nombre es digno de ser escuchado). Y, sin embargo, cuando te conocí parecías una persona normal. Digo parecías, porque la normalidad nunca te ha hecho justicia. La espontaneidad, la alegría, la picardía… Incluso un toque de locura mágica. Esto se acerca un poco más a lo que desde entonces he aprendido de ti.

Por aquel entonces dijimos: “¿y por qué no vivimos juntas?” Qué locura. Podría haber salido fatal. Podría no haberte soportado y desear marcharme lejos. Pero no fue así. Empezamos a convivir siendo dos perfectas desconocidas y al cabo de un mes ya podíamos mirarnos y cazar cualquier pensamiento que se nos cruzara.

Pronto descubrí que contigo reí, de noche y de día, y también podía llorar cuando me sentía sola. De repente eras como el sol que no brillaba en Holanda, y los abrazos eternos me devolvían la paz cuando entraba en guerra conmigo misma.

Que, aunque me queje, siempre me has consentido todo. Aún estoy esperando que haya algo a lo que me digas: “no”. Contigo empecé a comprender mis manías y a suavizarlas. Creo que me volví más flexible de lo que había sido nunca. Quizás me he vuelto un poco más tú.

Da igual qué ocurrencia imposible se me venga a la mente. De repente apareces tú con tu sonrisa que me invita a seguir adelante; tu voz que me dice que puedo hacerlo. Y así parece que todo es mucho más fácil.

Y no pensaba que al volver podríamos llegar a unirnos más, pero lo cierto es que así sucede. Cada mañana empieza la aventura de conocerte de nuevo y de seguir sorprendiéndome por tu forma única de ser. ¿Cuántas veces pensamos al unísono o hablamos al unísono? ¿Cuántas veces le hemos dicho a la otra: “sal de mi mente”? ¿Y cuántas veces nos hemos hecho caso? Hay cosas en la vida que están hechas para ser vividas, no contadas. También hay cosas hechas para ser empezadas, pero nunca para ser acabadas.

Nos encontramos porque teníamos que encontrarnos. Porque en mi colección de personas especiales faltabas tú.

Nos parecemos en miles de cosas y, pese a todo, creo que las que más me gustan de ti son aquellas en las que somos polos totalmente opuestos. Aquellas que nos hacen parecer de mundos distintos. Pero siempre existe ese punto de conexión que nos permite entendernos. Porque en nuestras diferencias residen los abrazos y las palabras que transmiten mucho más de lo que yo puedo escribir aquí. Esas que lo curan todo y que rompen las más altas e infranqueables barreras.

Porque sí, porque nosotras también hemos tenido nuestras guerras. Nuestras dificultades. Nuestros desacuerdos. Pero el tiempo ha demostrado que, por encima de todo, estamos nosotras. Que podrían levantar el muro de Berlín de nuevo, y con una mirada cómplice caería otra vez en cuestión de segundos. Que lo que hemos sido y somos marcará lo que seremos. Y eso es algo que desconocemos, pero sabemos que la otra seguirá ahí para averiguarlo. Y para seguir siendo la mejor compañía.

Un latido doble. Una sístole y una diástole. Una Justina y una Irene.



The June.



No hay comentarios:

Publicar un comentario