TRASTORNO MÚLTIPLE DE LA PERSONALIDAD
A veces, me hablaba ella. A veces, parecía que me hablaba él.
George y Marion se conocieron en
el año 1986 en el Instituto de Psicología de la Université René Descartes, en París. Ella estudiaba figuras y él
buscaba en todo el fondo. Inseparables, aun siendo como el agua y el aceite, no
tardaron en contraer matrimonio. La gente no comprendía cómo dos personas tan
distintas podían llegar a soportarse. Es probable que ni ellos mismos lo
supieran. Y, sin embargo, se miraban y la vida cobraba sentido.
Marion lo perdió todo el día en
que George falleció, cinco años después, en un accidente de tren. Por aquel
entonces, ella tenía veintiocho años.
Pasó un año consumiéndose en el
silencio de su vacío. Apenas salía de casa, ni mucho menos se relacionaba con
familiares o amigos. Tras el aniversario de la muerte de George, Marion
recuperó el habla y su rutina diaria tal y como había sido hasta hacía un año
atrás. Sin embargo, algo había cambiado en ella… Ya no era exactamente la misma.
Descrita por sus numerosos
conocidos, Marion había sido siempre una persona muy conversadora y divertida,
y al mismo tiempo culta, elegante y llena de glamour. Así la conocí yo cuando me senté con ella por primera vez.
Me costaba seguirla en su francés apresurado y susurrante, pero comprendía
mucho más de lo que ella parecía querer darme a entender. Vous me faites rire, me decía. En realidad, reía casi con cualquier
cosa.
Marion hablaba de George como si
estuviera sentado a su vera compartiendo uno de sus ratos libres con ella y con
una humeante taza de té en las manos. No me daba la sensación de que hubiese
aceptado la muerte de su esposo.
Necesité algo más de tiempo para
percatarme de que la situación era sustancialmente diferente a cómo la había planteado
en un principio: Marion ya no era sólo
Marion.
Una tarde, cuando se había
cumplido una semana desde la primera vez que la visité, se comportó de forma
muy distinta conmigo. I don’t feel like talking today. It’s a rainy
day… You shouldn’t be here. Su voz sonaba más grave; su expresión,
más fría. Seguía manteniendo un porte elegante, aunque también más masculino de
lo que acostumbraba a ver en ella. No había ni rastro de la Marion que yo
conocía.
Durante meses, la mujer había
recabado cada recuerdo que le quedaba de su marido, llegando a establecer en sí
misma una personalidad paralela a la suya propia. Ésa, que se correspondía con
la de un marido al que no volvería a ver jamás.
Pasaron semanas en las que
observé atentamente cómo Marion iba alternando una personalidad con la otra.
Debo admitir que la gente tenía razón: no se parecían en prácticamente nada. Y
sin embargo, tenían ese toque de humor y ese brillo en la mirada que les hacía
seguir siendo uno.
Cuando una noche me preparaba
para volver a casa, Marion me dijo: Je
sais qu'il est ici. Il est ici avec moi. Toujours.
Me pregunté si aquella no era
también una forma más de amor. Me respondí que jamás había encontrado una tan
curiosa, pero tan perfectamente válida y pura como cualquier otra.
The June.
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