Demasiado
Demasiado
frío, demasiado calor. Demasiado cerca, demasiado lejos. Demasiado tuyo,
demasiado mío. Quizá, ¿quién sabe? Demasiado
nuestro.
La palabra
demasiado es otra de tantas que se ha vuelto fea por el uso, que no por su mera
existencia. Es un concepto que indica cantidad, pero tanta que termina por
resultar excesiva.
Si hace
calor, no hay problema. Sin embargo, si hace demasiado calor la vida se vuelve
insoportable. Si estás lejos, te echaré de menos. Aunque, si estás demasiado
lejos probablemente olvidaré que alguna vez puede que estuvieras demasiado cerca.
No estamos
preparados para un demasiado. Nos
hemos acostumbrado a una sobrecarga de trabajo, de estrés… A un exceso de
latidos por minuto, a respirar agitadamente y a vivir deprisa, muy deprisa. A
veces, ¿por qué no? Demasiado deprisa.
Pero no nos
gusta que nos lo recuerden. Sabemos que la palabra vive con nosotros, que forma
parte de nuestra rutina, que es una pieza más de las que nos crea y nos
destruye. Posiblemente, con demasiada
fuerza. Con inmensa intensidad.
Aun así, es
preciosa. Demasiado preciosa. No nos
hemos dado cuenta, pero es hasta vital. Porque solemos decir: te quiero demasiado, como si fuera un
delito. Como si fuera inequitativo, desigual, injusto, cruel.
Yo prefiero
quererte así, demasiado. Prefiero
latir el doble de veces por ti que no hacerlo ninguna, aunque te parezca que es
mucho, exagerado. ¿Demasiado? Sin ti, todo el tiempo y el espacio, todos los silencios del mundo se vuelven demasiados. Demasiado largos se hacen los segundos que pasan sin verte. Y,
sinceramente, espero que sigan siendo demasiados
si ello se traduce en estar a tu lado para siempre.
The June.
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