viernes, 24 de enero de 2014

Habla la experiencia.

Y poder decir, sin dudar un solo segundo, en ti confío


Confianza (RAE). 1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo. 2. f. Seguridad que alguien tiene en sí mismo. 3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo. 4. f. Ánimo, aliento, vigor para obrar. 5. f. Familiaridad (en el trato). 6. f. Familiaridad o libertad excesiva.

Confianza. Todos hablamos de ella, pues forma parte del repertorio habitual de nuestras vinculaciones afectivas. Y, aun siendo un abstracto, sabemos perfectamente que tenemos capacidad más que de sobra para concretarla en determinadas personas. No es algo para tomarse a la ligera, pues la confianza es una cuestión de grado que se desarrolla paulatinamente con el paso del tiempo.

Depende de múltiples factores. Entre otros, de las características de la persona que confía y de las de la persona en la que se deposita la confianza. Sin embargo, toda relación – del tipo que sea – parte de una base de confianza cero.

Esto se debe a que la confianza no se regala, ni viene dada bajo ningún concepto. Confiar en alguien significa creer en esa persona. Creer en ella, en sus virtudes y en sus defectos. Significa ser consciente de que esa persona estará ahí para ayudarte tanto cuando actúes bien como cuando lo hagas mal. Porque a mayor confianza, mayor efecto Pepito Grillo sobre nuestra conciencia. Y eso es también una cuestión de grado. 

La confianza es una especie de estructura arquitectónica que se va levantando poco a poco, y la mayor o menor confianza que depositamos en alguien también es una prueba de que podemos mostramos un poco más como nosotros mismos y menos conforme al molde social al que todos tratamos de adaptarnos en mayor o menor medida ante el escaparate llamado mundo.

Así pues, a mayor confianza en una persona dada, mayor revelación del yo mismo. Y es una espiral que se retroalimenta, puesto que poder mostrarse como uno es realmente aumenta la sensación de bienestar en compañía de esa/s persona/s y, por supuesto, la confianza.

Ya que partimos de una base cero, establezcamos una estructura del desarrollo de la confianza:

Grado -1: El/la que siempre te ha caído mal. Somos personas inevitablemente llenas de prejuicios y de sesgos cognitivos.* Estos son parcialmente evitables, pero siempre hay un par de personas (puede que más) a los que no puedes ni ver. No te agrada su forma de mirar, ni de vestir, casi ni de respirar. Del tonito ya, ni hablamos. Puede que por efecto de esa distorsión mental percibamos que, además, son personas que creen estar por encima de los demás o que su auto-confianza les permita ser así realmente. En cualquier caso, no les confiarías tu vida ni aunque te quedara un último suspiro. Mejor guardarlo por si aparece alguien de algún escalón superior.

Grado 0: ¿Me guardas el sitio? Estás en la cola para comprar y alguien se te acerca con mirada de súplica y te hace semejante petición. Valoras rápidamente la situación y aceptas el desafío, porque, ¿cómo le vas a hacer el desplante al señor o señora, mujer u hombre, niño o niña que te ha puesto ojitos? No te conoce de absolutamente nada, pero te ha elegido a ti. Es el comienzo de una gran amistad, no quepa duda.

Grado 1: Ya me lo darás. Típico. Bajas a comprar pipas, chicles, una revista de música o gusanitos. Lo que sea, el caso es que cuando vas a pagar te faltan céntimos - o un euro -. También típico, el kiosquero de toda la vida te dice: Anda, tira, que ya me lo darás. No sabes hasta qué punto tal invitación es literal o no, pero de momento las gónadas vuelven a su lugar de origen. Es posible que el tendero ni siquiera se acuerde en próximas visitas porque eres su cliente número uno y casi tienes la mitad de las acciones del kiosco en tu poder. Sin embargo, otra opción harto plausible es que tenga controlado más o menos tu lugar de residencia y vaya a buscarte si no cumples con la afirmación en futuro. Es cuestión de asumir riesgos. Y de confianza.

Grado 2: ¿Me guardas el sitio? No os equivoquéis, no es igual que la anterior. No es lo mismo guardar un sitio que… ¡pedir que te lo guarden! Llegas a la cola del supermercado y te das cuenta de que se te ha olvidado el champú alisador con queratina, proteína de perla, de seda, frescor cítrico y sin gluten, por si acaso. En ese momento de pánico miras a tu alrededor y evalúas la situación. Buscas a alguien a quien ponerle ojitos – es la estrategia social por antonomasia – hasta que consigues depositar tu confianza más total y absoluta durante unos breves instantes en ese señor/señora/mujer/hombre/niño o niña que te ha dedicado un guiño simpático en el que tú has visto hacerse la luz. Durante unos minutos, esa persona se convierte en heroína y salvadora in extremis para ti. 

Grado 3: Necesito hablar. Hay personas que tienen un don para transmitir paz. Quizá no compartimos con ellas nuestro día a día, pero sabemos que siempre, siempre nos harán sentir mejor cuando todo parezca haber perdido el rumbo. Son personas con las que simplemente puede apetecer sentarse a escucharlas hablar o personas con las que, por la mera acción de escucharte, ya ejercen sobre ti un poderoso efecto terapéutico. Te hacen sentir bien. Y eso, sin lugar a dudas, es un componente imprescindible para la confianza.

Grado 4: Oye, ¿me dejas…? Lo que sea. Si vamos sumando niveles, tu confianza en esta persona es muy, muy fuerte.  Te puede pedir un libro, unos apuntes, un vestido, unos zapatos, un abrigo, y hasta tu colección nueva de ropa interior. Y sabes que es probable que haya cosas que no regresen nunca más a tu propiedad, pero te da igual. Al menos duermes tranquilo/a porque están con esa persona que los estará cuidando, puede que incluso mejor que tú.

Por otro lado, con esa/s persona/s es con la/s que te sientes más libre para mostrarte tal y como eres. Porque desde el principio se han abrazado a tus debilidades y las han querido casi tanto o más que a tus fortalezas. Porque se ríen contigo y te han enseñado a ser el primero capaz de reírte de ti mismo. Con ellas te desnudas – no necesariamente de forma literal, ojo – e intentas dar bajo cualquier circunstancia lo mejor de ti. Y esto siempre es recibido con la mejor de las sonrisas.

Grado 5: Sin dudar. Hay cosas que no le cuentas a nadie. Cosas que nunca comentarías salvo con un número tan reducido de personas que se cuentan con los dedos de la mano. Porque son tan importantes para ti – pilares en tu propio edificio – que llevan una parte tuya consigo. La parte que, en cierto modo, tú has permitido que tengan. La parte que, por otro lado, a lo largo de meses o años has construido con ellas.

Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que renunciar a horas de sueño por solucionar un problema, no se duerme. Ni se come. Total, el sueño y el hambre son psicológicos. Y antes morir que dejar a esas personas en la estacada.

Sabes que no te defraudarían nunca. Que si estás mal no paran de acosarte hasta que ríes, ya por pesadez. Que, si estás bien, son indudablemente la mejor compañía. Confías en su criterio antes que en el tuyo propio, porque son figuras de referencia como son los santos para los devotos. Y lo que digan va a misa.

En las guerras, contra quien sea, ponen todos sus recursos sobre la mesa y trazan un plan estratégico digno de una película de acción del cine estadounidense. En las derrotas se convierten en los mejores abrazos y en los silencios más llenos de cariño del universo. En las victorias, no hay mejor sensación que la felicidad que es compartida.

Porque la confianza, para mí, es construirse a partir de unos cimientos propios y unos cimientos prestados que hay que cuidar como si fuesen también tuyos. Porque al final, lo son. Es construirse mirando a un espejo en el que se refleja otra persona. Es sonreír de forma genuina cuando se recibe de ella una muestra de cariño. Y poder decir, sin dudar un solo segundo, en ti confío. Hasta mi vida.



*Sesgo cognitivo: dícese de cuando se produce una desviación en el procesamiento de lo que percibimos, de manera que efectuamos una distorsión o interpretación ilógica, en general llamada irracionalidad.




The June.



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