Nueva York, las once de la noche. Una chica
de piel blanca y cabello rojo intenso caminaba marcando un ritmo firme entre
las sombras de la ciudad. Tenía los ojos de color verde grisáceo, con una
mancha de color castaño en el izquierdo, la nariz pequeña y una sonrisa que
normalmente se mostraba altiva, pícara.
Cualquiera que la viera caminar, enfundada en
un vestido ajustado de color verde oscuro, habría deseado, como poco, conocer su
nombre. Sin embargo, su expresión crispada y el ceño fruncido la hacían parecer
mucho menos atractiva que de costumbre.
Algo en el plan iba a fallar, lo notaba.
Eileen tenía la típica sensación de angustia que en un principio había
atribuido al nerviosismo propio de una situación de riesgo.
Ahora, sin embargo, por encima de cualquier
cosa sentía miedo. Un miedo atroz, como no lo había experimentado nunca antes.
No, por encima de cualquier cosa sentía el deseo de no encontrarse allí. Asía
con fuerza el maletín que llevaba de la mano, sabiendo que su propia vida
dependía de que la operación saliera según lo previsto.
La noche se había vuelto casi tan fría como
sombría y la humedad parecía querer tocar más allá de las ánimas. Consigo, la
oscuridad había desplegado una densa niebla que limitaba la visión a poco más
de cuatro o cinco metros de uno mismo.
Eileen, además, era miope y había olvidado (a
propósito) sus gafas de intelectual. Si tenía que hacer de señuelo, había
pensado hacerlo cuidando con esmero cualquier mínimo detalle. Y, obviando lo
evidente, más allá de toda posible ideación había tratado de exprimir al máximo
sus armas de mujer.
Ni siquiera tenía claro estar yendo en la
dirección adecuada, hasta que llegó a un callejón sin salida. La única luz que
había provenía de una farola, cuyo titileo parecía advertirle que no
tendría que estar allí. Sólo escuchaba su respiración agitada y su latido, que
parecía haber salido de su pecho y haberse colocado frente a sí.
- - Llegas tarde. – dijo una voz de hombre, rompiendo el silencio.
Era casi tan fría como la noche, distante.
Una figura apareció en la sombra, pero no se acercó lo suficiente como para
mostrar su rostro. Llevaba una gabardina oscura y, por las dos sombras
corpulentas que se adivinaban tras él, Eileen supo que no había venido solo.
- - No quería levantar sospechas. – respondió Eileen, fracasando en su
intento de sonar segura. – Andar cuesta el doble.
- - No es mi problema. ¿Lo has traído?
Por toda respuesta, Eileen le acercó el
maletín unos metros, a la frontera invisible que habían marcado en ese juego
sin reglas de luz y oscuridad. Por un momento, Eileen pensó que podría verle la
cara a aquel tipo, que se acercaría él mismo a recoger su preciado maletín.
Sin embargo, fue el hombre de la izquierda el
que lo recogió. Llevaba sombrero y gafas, por lo que sólo se intuía una
nariz aguileña y unos labios muy finos.
- - Por fin. – murmuró el hombre, como para sí. – He esperado
demasiado…
- - Bien, ahora ya lo tienes. – replicó Eileen. - ¿Qué hay de lo mío?
- - ¿Lo tuyo? – preguntó sorprendido, dibujando una sonrisa macabra.
Se oyó un disparo y el cuerpo de Eileen cayó
al suelo, ya sin vida, dando paso de nuevo al silencio.
A seis mil kilómetros de allí, una chica
pelirroja de ojos verde grisáceos se despertó sobresaltada.
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