domingo, 8 de febrero de 2015

Número 1

Nueva York, las once de la noche. Una chica de piel blanca y cabello rojo intenso caminaba marcando un ritmo firme entre las sombras de la ciudad. Tenía los ojos de color verde grisáceo, con una mancha de color castaño en el izquierdo, la nariz pequeña y una sonrisa que normalmente se mostraba altiva, pícara.

Cualquiera que la viera caminar, enfundada en un vestido ajustado de color verde oscuro, habría deseado, como poco, conocer su nombre. Sin embargo, su expresión crispada y el ceño fruncido la hacían parecer mucho menos atractiva que de costumbre.

Algo en el plan iba a fallar, lo notaba. Eileen tenía la típica sensación de angustia que en un principio había atribuido al nerviosismo propio de una situación de riesgo.

Ahora, sin embargo, por encima de cualquier cosa sentía miedo. Un miedo atroz, como no lo había experimentado nunca antes. No, por encima de cualquier cosa sentía el deseo de no encontrarse allí. Asía con fuerza el maletín que llevaba de la mano, sabiendo que su propia vida dependía de que la operación saliera según lo previsto.

La noche se había vuelto casi tan fría como sombría y la humedad parecía querer tocar más allá de las ánimas. Consigo, la oscuridad había desplegado una densa niebla que limitaba la visión a poco más de cuatro o cinco metros de uno mismo.

Eileen, además, era miope y había olvidado (a propósito) sus gafas de intelectual. Si tenía que hacer de señuelo, había pensado hacerlo cuidando con esmero cualquier mínimo detalle. Y, obviando lo evidente, más allá de toda posible ideación había tratado de exprimir al máximo sus armas de mujer.

Ni siquiera tenía claro estar yendo en la dirección adecuada, hasta que llegó a un callejón sin salida. La única luz que había provenía de una farola, cuyo titileo parecía advertirle que no tendría que estar allí. Sólo escuchaba su respiración agitada y su latido, que parecía haber salido de su pecho y haberse colocado frente a sí.

-         - Llegas tarde. – dijo una voz de hombre, rompiendo el silencio.

Era casi tan fría como la noche, distante. Una figura apareció en la sombra, pero no se acercó lo suficiente como para mostrar su rostro. Llevaba una gabardina oscura y, por las dos sombras corpulentas que se adivinaban tras él, Eileen supo que no había venido solo.

-      - No quería levantar sospechas. – respondió Eileen, fracasando en su intento de sonar segura. – Andar cuesta el doble.

-         -  No es mi problema. ¿Lo has traído?

Por toda respuesta, Eileen le acercó el maletín unos metros, a la frontera invisible que habían marcado en ese juego sin reglas de luz y oscuridad. Por un momento, Eileen pensó que podría verle la cara a aquel tipo, que se acercaría él mismo a recoger su preciado maletín.

Sin embargo, fue el hombre de la izquierda el que lo recogió. Llevaba sombrero y gafas, por lo que sólo se intuía una nariz aguileña y unos labios muy finos.

-          - Por fin. – murmuró el hombre, como para sí. – He esperado demasiado…

-          - Bien, ahora ya lo tienes. – replicó Eileen. - ¿Qué hay de lo mío?

-         -  ¿Lo tuyo? – preguntó sorprendido, dibujando una sonrisa macabra.

Se oyó un disparo y el cuerpo de Eileen cayó al suelo, ya sin vida, dando paso de nuevo al silencio.


A seis mil kilómetros de allí, una chica pelirroja de ojos verde grisáceos se despertó sobresaltada. 

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