domingo, 8 de marzo de 2015

Historias de amor.

Inma

Dicen que escribir es una tarea más fácil cuando se está triste, que los momentos de felicidad no son para registrarlos sobre el papel, sino para vivirlos.

Considero que no les falta razón a todos los que alguna vez afirmaron esto, aunque haré el esfuerzo por volcar de la alegría que me llena todas las palabras que la colman sobre las líneas que veis.

Continuaba huyendo de mi peor error, que parecía no cansarse de perseguirme, aunque yo sí que me encontraba bastante agotada de tanto correr.

En ese momento se hizo la luz, y una especie de fuerza extraña me empujó a salir de la cueva donde ya no sé bien si voluntariamente o involuntariamente me había recluido. Sólo recuerdo los colores, plumas negras y cuadros azules, y un cruce de miradas que degradaba desde el marrón oscuro hasta el gris.

Y una sonrisa, un baile, otra mirada. Un mensaje de buenos días y de buenas noches. Un té con leche. Una discusión, un beso, un “me apetece verte”.

Yo, que me había recreado en hierro para que ningún extraño pudiera atravesar el muro, terminé por aprender a fundirme en sus abrazos. Yo, que me mantenía dura y firme, que no daba un paso en falso, habría corrido mil veces a buscarlos.

Él supo cómo romperme y recoger mis pedazos, para devolverlos a su sitio después sin hielo, sin hierro, sin escudos innecesarios. Me escuchaba y se reía conmigo, porque todo lo que yo le contaba era importante. Porque todo lo que le pidiera era prioritario.

Me ganó por quererme y demostrarlo. Me ganó por compartir conmigo, por no querer ser nunca un extraño. 

Me ganó por saber decir: “te quiero” en el momento exacto.



The June. 

viernes, 6 de marzo de 2015

Habla la experiencia.

Diplomacia
(De diploma), R.A.E.
1. f. Ciencia o conocimiento de los intereses y relaciones de unas naciones con otras.
2. f. Servicio de los Estados en sus relaciones internacionales.
3. f. coloq. Cortesía aparente e interesada.
4. f. coloq. Habilidad, sagacidad y disimulo.

La diplomacia es jugar a decir lo que uno piensa como si la cosa no fuera del todo contigo. El ser diplomático, por así decirlo, es por naturaleza un individuo que se moja hasta donde sabe que va a poder seguir nadando. Porque nadar por nadar, aunque no lo parezca, no tiene mucho sentido.

Los diplomáticos, en efecto, lo son porque son capaces de dibujar un día un objeto A y al día siguiente un objeto B y parecer que ambas cosas son lo mismo. O que no lo son, pero de un día para otro el cambio no parece tan descabellado, ¿o sí?

Como bien señala el punto cuatro, el diplomático es hábil, es sagaz y es disimulado.

Ahora bien, sería de nuestro agrado hacer en este preciso punto un inciso para generar un matiz importante, pues no todo lo que brilla es oro ni toda diplomacia va por el mismo camino. Hablemos, pues, del diplomático a pie de calle y del diplomático de escaño.

El diplomático de escaño es ése cuya sutil habilidad para disfrazar la verdad de carnaval de esquina sirve para obtener algún tipo de beneficio propio a raíz de ese interés por algún objeto, situación o decisión de Estado. Obtener beneficio o evitar perjuicio, que a veces bien es cierto que tanto monta…

Sin embargo, el diplomático a pie de calle suele ser una persona con más labia que maldad en vena, con pocas ganas de meterse en camisa de once varas, razón por la que acaba expresándose siempre en una especie de término medio. Es como si estuvieran en el limbo de las opiniones, sin posicionarse demasiado en el blanco o en el negro, quedándose siempre en el medio como el jueves o como un día gris.

Muchas veces se debe menos a una destacada inteligencia que a un miedo atroz a que alguien les diga: hasta aquí. Y no sorprende en absoluto que caigan en la trampa de la diplomacia en una sociedad en la que decir abiertamente lo que uno piensa no se suele aplaudir.

¿Qué gracia tiene ser diplomático, si sea quien sea el que haga uso de ella, la diplomacia huele a (des)interés?

La diplomacia, como la cortesía, según el momento y la persona son dos peces de agua fría. Puede que ya por defecto y por costumbre, imaginemos al diplomático y al cortés como alguien altivo, distante, alguien que en definitiva con nosotros tiene poco que ver.

Pero no olvidemos una cosa: la diplomacia no deja de ser una herramienta, un instrumento útil para según qué. La diplomacia nos ayuda a acercar los polos de un conflicto a ese punto intermedio en el que se sitúa esta especie de cálida indiferencia. Nos ayuda porque nos permite recoger en un cara a cara a un matrimonio en discordia, a un par de amigos, a un religioso y a un ateo, a alguien de la izquierda y de la derecha…

Y cuando los hemos recogido somos capaces de hacerles ver con esa extrema sutileza que nosotros estamos en el medio, recogiendo un poco de cada uno y dejando un poco de lo nuestro. Intentamos llenar ese espacio, ese vacío con las piezas de lo que cada uno piensa. Pero no existe puzle sin unir las piezas.

El éxito o fracaso en el uso de la diplomacia vendrá en la medida en que quedándonos en el jueves consigamos que martes y el sábado no estén tan alejados.

Y, alejándonos de la mediación, en la medida en que consigamos decirle a alguien con infinito tacto y un toque de fuerte aprecio, por ejemplo: “quizá te sentaría mejor un jersey de color negro, mejor que ese blanco”.




The June. 

domingo, 1 de marzo de 2015

Psicología para todos.

Ansiedad por separación

“No me mires así, anda.”

Cada mañana, la misma rutina. Me levantaba, preparaba el desayuno, mi ropa, la ropa de Nina y me equipaba para la gran batalla.

La frase de Goya de todos los días era: “cole no”, seguida de diversos pucheritos que iban variando en cuanto a intensidad y cantidad de lagrimeo. Y yo acababa queriéndome tirar de los pelos.

Nina tenía dos años, se negaba a dormir en una habitación que no fuera la mía sin coger un berrinche y era imposible enviarla a excursión alguna, pues no dejaba de gritar y de sollozar que no quería separarse de su papá ni de mí.

Además, aun cuando conseguía escabullirse de las actividades extraescolares o dormir cerca de nosotros, que pudiéramos conciliar el sueño durante una noche entera era casi tan probable como ganar el gordo de Navidad.

Soñaba, con mucha frecuencia, y nada parecía estar más alejado de un dulce sueño que lo que se construía cada noche en su cabeza. Se despertaba diciendo que no quería que nos fuéramos, por lo que terminamos deduciendo que soñaba con que la abandonábamos, o se perdía, o alguna cosa que implicara de forma directa o indirecta separarse de nosotros.

Nos dijeron que Nina tenía un trastorno de ansiedad bastante común en niños, el de ansiedad por separación. Al parecer, cualquier imagen mental o pensamiento relacionado con alejarse de nosotros le generaba un malestar tan fuerte que lo expresaba como podía: llorando o gritando.

Desde entonces empezamos a apreciar las lágrimas de Nina. Sabíamos que no lloraba para fastidiar, sino porque realmente necesitaba decirnos cómo se sentía.

Comenzamos a trabajar con ella las emociones que se derivaban de la separación que cada día vivía con respecto a nosotros. Acompañamos el trabajo de los sentimientos con técnicas de relajación, para aliviar ese nivel de activación que se generaba en ella cada vez que pensaba en la posible separación.

Y, sobre todo, empezamos a reforzar cada vez que era capaz de quedarse sola. Al principio eran sólo minutos en su habitación. Poco a poco fueron periodos más largos, y en espacios también más amplios.

Dejó de necesitar dormir con nosotros a las pocas semanas, y cada vez lloraba menos cuando la dejábamos en la escuela infantil.

Aún recuerdo el primer cumpleaños al que asistió y se giró sólo para dedicarnos un gesto de despedida con la mano. Fue entonces cuando pensé: ha entendido que siempre vamos a estar aquí. Ahora empieza la aventura de verdad.

The June.