viernes, 6 de marzo de 2015

Habla la experiencia.

Diplomacia
(De diploma), R.A.E.
1. f. Ciencia o conocimiento de los intereses y relaciones de unas naciones con otras.
2. f. Servicio de los Estados en sus relaciones internacionales.
3. f. coloq. Cortesía aparente e interesada.
4. f. coloq. Habilidad, sagacidad y disimulo.

La diplomacia es jugar a decir lo que uno piensa como si la cosa no fuera del todo contigo. El ser diplomático, por así decirlo, es por naturaleza un individuo que se moja hasta donde sabe que va a poder seguir nadando. Porque nadar por nadar, aunque no lo parezca, no tiene mucho sentido.

Los diplomáticos, en efecto, lo son porque son capaces de dibujar un día un objeto A y al día siguiente un objeto B y parecer que ambas cosas son lo mismo. O que no lo son, pero de un día para otro el cambio no parece tan descabellado, ¿o sí?

Como bien señala el punto cuatro, el diplomático es hábil, es sagaz y es disimulado.

Ahora bien, sería de nuestro agrado hacer en este preciso punto un inciso para generar un matiz importante, pues no todo lo que brilla es oro ni toda diplomacia va por el mismo camino. Hablemos, pues, del diplomático a pie de calle y del diplomático de escaño.

El diplomático de escaño es ése cuya sutil habilidad para disfrazar la verdad de carnaval de esquina sirve para obtener algún tipo de beneficio propio a raíz de ese interés por algún objeto, situación o decisión de Estado. Obtener beneficio o evitar perjuicio, que a veces bien es cierto que tanto monta…

Sin embargo, el diplomático a pie de calle suele ser una persona con más labia que maldad en vena, con pocas ganas de meterse en camisa de once varas, razón por la que acaba expresándose siempre en una especie de término medio. Es como si estuvieran en el limbo de las opiniones, sin posicionarse demasiado en el blanco o en el negro, quedándose siempre en el medio como el jueves o como un día gris.

Muchas veces se debe menos a una destacada inteligencia que a un miedo atroz a que alguien les diga: hasta aquí. Y no sorprende en absoluto que caigan en la trampa de la diplomacia en una sociedad en la que decir abiertamente lo que uno piensa no se suele aplaudir.

¿Qué gracia tiene ser diplomático, si sea quien sea el que haga uso de ella, la diplomacia huele a (des)interés?

La diplomacia, como la cortesía, según el momento y la persona son dos peces de agua fría. Puede que ya por defecto y por costumbre, imaginemos al diplomático y al cortés como alguien altivo, distante, alguien que en definitiva con nosotros tiene poco que ver.

Pero no olvidemos una cosa: la diplomacia no deja de ser una herramienta, un instrumento útil para según qué. La diplomacia nos ayuda a acercar los polos de un conflicto a ese punto intermedio en el que se sitúa esta especie de cálida indiferencia. Nos ayuda porque nos permite recoger en un cara a cara a un matrimonio en discordia, a un par de amigos, a un religioso y a un ateo, a alguien de la izquierda y de la derecha…

Y cuando los hemos recogido somos capaces de hacerles ver con esa extrema sutileza que nosotros estamos en el medio, recogiendo un poco de cada uno y dejando un poco de lo nuestro. Intentamos llenar ese espacio, ese vacío con las piezas de lo que cada uno piensa. Pero no existe puzle sin unir las piezas.

El éxito o fracaso en el uso de la diplomacia vendrá en la medida en que quedándonos en el jueves consigamos que martes y el sábado no estén tan alejados.

Y, alejándonos de la mediación, en la medida en que consigamos decirle a alguien con infinito tacto y un toque de fuerte aprecio, por ejemplo: “quizá te sentaría mejor un jersey de color negro, mejor que ese blanco”.




The June. 

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