Ansiedad por
separación
“No me mires así, anda.”
Cada mañana, la misma rutina. Me levantaba,
preparaba el desayuno, mi ropa, la ropa de Nina y me equipaba para la gran
batalla.
La frase de Goya de todos los días era: “cole
no”, seguida de diversos pucheritos que iban variando en cuanto a intensidad y
cantidad de lagrimeo. Y yo acababa queriéndome tirar de los pelos.
Nina tenía dos años, se negaba a dormir en
una habitación que no fuera la mía sin coger un berrinche y era imposible
enviarla a excursión alguna, pues no dejaba de gritar y de sollozar que no
quería separarse de su papá ni de mí.
Además, aun cuando conseguía escabullirse de
las actividades extraescolares o dormir cerca de nosotros, que pudiéramos
conciliar el sueño durante una noche entera era casi tan probable como ganar el
gordo de Navidad.
Soñaba, con mucha frecuencia, y nada parecía
estar más alejado de un dulce sueño que lo que se construía cada noche en su
cabeza. Se despertaba diciendo que no quería que nos fuéramos, por lo que terminamos
deduciendo que soñaba con que la abandonábamos, o se perdía, o alguna cosa que
implicara de forma directa o indirecta separarse de nosotros.
Nos dijeron que Nina tenía un trastorno de
ansiedad bastante común en niños, el de ansiedad por separación. Al
parecer, cualquier imagen mental o pensamiento relacionado con alejarse de
nosotros le generaba un malestar tan fuerte que lo expresaba como podía:
llorando o gritando.
Desde entonces empezamos a apreciar las
lágrimas de Nina. Sabíamos que no lloraba para fastidiar, sino porque realmente
necesitaba decirnos cómo se sentía.
Comenzamos a trabajar con ella las emociones
que se derivaban de la separación que cada día vivía con respecto a nosotros.
Acompañamos el trabajo de los sentimientos con técnicas de relajación, para
aliviar ese nivel de activación que se generaba en ella cada vez que pensaba en
la posible separación.
Y, sobre todo, empezamos a reforzar cada vez
que era capaz de quedarse sola. Al principio eran sólo minutos en su
habitación. Poco a poco fueron periodos más largos, y en espacios también más
amplios.
Dejó de necesitar dormir con nosotros a las
pocas semanas, y cada vez lloraba menos cuando la dejábamos en la escuela
infantil.
Aún recuerdo el primer cumpleaños al que
asistió y se giró sólo para dedicarnos un gesto de despedida con la mano. Fue
entonces cuando pensé: ha entendido que siempre vamos a estar aquí. Ahora
empieza la aventura de verdad.
The June.
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