domingo, 1 de marzo de 2015

Psicología para todos.

Ansiedad por separación

“No me mires así, anda.”

Cada mañana, la misma rutina. Me levantaba, preparaba el desayuno, mi ropa, la ropa de Nina y me equipaba para la gran batalla.

La frase de Goya de todos los días era: “cole no”, seguida de diversos pucheritos que iban variando en cuanto a intensidad y cantidad de lagrimeo. Y yo acababa queriéndome tirar de los pelos.

Nina tenía dos años, se negaba a dormir en una habitación que no fuera la mía sin coger un berrinche y era imposible enviarla a excursión alguna, pues no dejaba de gritar y de sollozar que no quería separarse de su papá ni de mí.

Además, aun cuando conseguía escabullirse de las actividades extraescolares o dormir cerca de nosotros, que pudiéramos conciliar el sueño durante una noche entera era casi tan probable como ganar el gordo de Navidad.

Soñaba, con mucha frecuencia, y nada parecía estar más alejado de un dulce sueño que lo que se construía cada noche en su cabeza. Se despertaba diciendo que no quería que nos fuéramos, por lo que terminamos deduciendo que soñaba con que la abandonábamos, o se perdía, o alguna cosa que implicara de forma directa o indirecta separarse de nosotros.

Nos dijeron que Nina tenía un trastorno de ansiedad bastante común en niños, el de ansiedad por separación. Al parecer, cualquier imagen mental o pensamiento relacionado con alejarse de nosotros le generaba un malestar tan fuerte que lo expresaba como podía: llorando o gritando.

Desde entonces empezamos a apreciar las lágrimas de Nina. Sabíamos que no lloraba para fastidiar, sino porque realmente necesitaba decirnos cómo se sentía.

Comenzamos a trabajar con ella las emociones que se derivaban de la separación que cada día vivía con respecto a nosotros. Acompañamos el trabajo de los sentimientos con técnicas de relajación, para aliviar ese nivel de activación que se generaba en ella cada vez que pensaba en la posible separación.

Y, sobre todo, empezamos a reforzar cada vez que era capaz de quedarse sola. Al principio eran sólo minutos en su habitación. Poco a poco fueron periodos más largos, y en espacios también más amplios.

Dejó de necesitar dormir con nosotros a las pocas semanas, y cada vez lloraba menos cuando la dejábamos en la escuela infantil.

Aún recuerdo el primer cumpleaños al que asistió y se giró sólo para dedicarnos un gesto de despedida con la mano. Fue entonces cuando pensé: ha entendido que siempre vamos a estar aquí. Ahora empieza la aventura de verdad.

The June.



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