martes, 27 de mayo de 2014

Psicología para todos.

Agnosia

Decían que yo veía el mundo de una forma distinta. Al principio creía que eso nos pasaba a todos.

Todo empezó una noche, cuando nos sentamos a cenar en aquel restaurante italiano. No nos habíamos visto nunca, aunque me había dicho que tenía los ojos verdes.

Eso fue todo lo que vi, dos almendrados ojos verdes y un cabello oscuro alborotado. También tenía una sonrisa de labios finos y una nariz perfecta, casi como esculpida. Supongo que, en conjunto, todo ello hacía de él una cara bonita. Sólo lo supongo.

Cuando me habló su voz sonó dulce, como una mañana de abril entre montañas de sábanas. Me dio la sensación de que le había conocido mucho antes, aunque dudaba sinceramente que aquello fuera posible.

Me preguntó: ¿deberíamos sentarnos? Yo respondí: ¡Claro! Pero… ¿dónde? Él río y desplazó lo que yo vi como cuatro varas de madera que parecían tener encima algo semejante a un cojín. Viendo que no me movía, insistió un tanto preocupado: ¿preferirías otro lugar para sentarnos?

Me había vuelto a suceder. De hecho, me sucedía constantemente. Veréis, es difícil explicar lo que los médicos llaman agnosia a personas que no tienen este… ¿Cómo llamarlo? ¿Trastorno? Yo prefiero llamarlo alteración. Así es como me hace vivir, al menos: siempre alterada. Aunque debo admitir que con el paso del tiempo he llegado a encontrarlo incluso divertido.

No percibo las cosas como el resto del mundo, ésa es la cuestión. Yo no veía el asiento que aquel chico encantador me estaba ofreciendo. Yo veía sus partes por separado. Igual que veía las partes de su rostro como fracciones. Y así con el resto del mobiliario de aquel restaurante, con las casas, con la ciudad. Con el mundo entero. Y también con las personas.

Es complicado, sobre todo al principio. Tengo agnosia por una lesión en el cerebro que me dejó en coma varios días y convirtió mi despertar en el fantástico mundo de Oz. De repente, nada tenía sentido. Lo que veía, no lo había visto nunca. Ni siquiera sabía lo que era la agnosia. Como comprenderéis, lo primero que pensé fue que me había vuelto loca.

Se suele decir que somos ciegos perceptualmente hablando, y no es del todo incierto. Vemos, claro que sí… Pero en nuestro cerebro la visión se pierde y se distorsiona. Afortunadamente, sí soy capaz de reconocer las cosas cuando las toco. Parece que, en mi cabeza, esa asociación sigue intacta.

Ahora mis manos guían a mis ojos. Aunque veo, sé que veo porque palpo, y siento que entiendo qué es lo que tengo delante y para qué sirve, qué es para mí. Es el tacto lo que me hace sentir segura, adonde quiera que voy.

Y eso fue lo que le dije, mientras le acariciaba la cara, intentando almacenar cada centímetro de su piel en mi memoria. Mi alteración se perdió con el beso que guiaba su sonrisa.


The June.


La agnosia es un trastorno caracterizado por la dificultad para reconocer estímulos en alguna de las modalidades sensoriales. Este impedimento no se debe a defectos sensoriales, sino a una incorrecta interpretación de los estímulos que se perciben.

Existen diversos tipos de agnosia, como la espacial, la auditiva, la táctil, la gustativa o la olfativa – anosmia –, siendo la agnosia visual la más conocida y estudiada.



sábado, 24 de mayo de 2014

Historias de amor.

Cristina

¿Cómo se escribe en prosa una historia que se cuenta en verso?

Yo no le esperaba. Ni él a mí tampoco. Nos encontramos entre luces y cámaras, bailando ante un destino incierto. Yo le parecía extraña y él me hacía reír.

A veces se me antojaba que se quedaba atrapado en mi mirada, en un silencio que a mí me dejaba jugar con su pelo, y a él con la imaginación. Y, de repente, tocaba algo con la guitarra. Una canción a la que le iba añadiendo letra a golpe de música. Y la música, me decía, es por tu amor.

Nos unía ese punto de locura que, tan pronto nos fundía en una sola alma como abría los más abruptos acantilados entre nosotros. Y nos habríamos empujado, sin dudarlo, para al segundo arrepentirnos y correr a sujetarnos. Mano a mano, beso a beso, paso a paso.

Los dos sabíamos que todo principio tiene un final, que todo final tiene un principio. Él quería escribir canciones y yo quería encontrar mi sitio. Yo sabía que le quería, él sabía que quería estar conmigo.

Seguimos bailando entre tormentas y nadando en mares de fuego. Seguimos viviendo en prosa las caricias que nos damos en verso. En el juego al que jugamos hace tiempo que me pierdo. Me pierdo entre sus brazos, me enveneno con su aliento.

Aunque vengan tiempos malos, sé que luego vendrán buenos. Que, aunque cueste, nuestro adagio volverá a ser un allegro.

The June.


lunes, 19 de mayo de 2014

Habla la experiencia.

La delgada línea entre realismo y pesimismo

Érase una vez una palabra que, cargada de fantasía, había sido bautizada con el nombre de realidad.

Seamos realistas: pocas veces somos realistas. Porque, ¿qué significa ser realista? Atendiendo al significado literal de la palabra, la persona realista es aquella que observa empíricamente y mantiene un contacto directo con la más pura realidad. Ya os podéis reír.

Le daré la vuelta al concepto de realismo para que se entienda por qué pienso que no existe como tal más allá de nuestra mente. Si yo abrazo a un chico y ese chico me devuelve el abrazo, yo puedo pensar que le gusto. Él puede pensar que lo está haciendo por compromiso. La realidad es, estrictamente hablando, que hay dos personas dándose un abrazo.

¿Qué quiero decir con esto? La realidad es una construcción mental que puede ser construida a la misma velocidad que puede destruirse. La realidad no existe porque es un concepto abstracto que en mi mente puede ser una palabra en verde y, en la tuya, en rojo pasión.

¿Podemos ser realistas? Sí y no. Aunque queramos, será difícil observar la realidad sin nuestros sesgos, sin nuestros matices. Seremos espectadores de nuestra realidad, de nuestra visión del mundo. De nuestra experiencia en vivo.

¿Y qué es el pesimismo, entonces? El pesimismo y el optimismo son los dos extremos de ese continuo utópico que todos creemos conocer, pero que nadie ha visto nunca. Ese magnate, dueño de toda objetividad que se sitúa en el centro de una línea invisible. Aristóteles dijo: la virtud está en el término medio. Y qué difícil es ser verdaderamente virtuoso.

Puestos a elegir, siempre te voy a decir que prefiero que bailes bajo una tormenta a que te ahogues nadando en ella. Porque puede que una sonrisa no te lleve por el camino del centro, el estándar, el más cercano a lo que hemos llamado realidad. Quizá es más probable que te lleve por uno que sube y sube hasta tocar el cielo. Al final, sólo tú podrás saberlo.

Yo solamente puedo decirte que el realismo se separa del pesimismo y del optimismo por una delgada línea. Una línea que existe y deja de existir en un parpadeo, en un suspiro, en un viaje en el que las horas pasan adormecidas bajo una eterna puesta de sol.

El realismo vive y muere en ti, convirtiéndose en blanco o en negro en función de una lágrima o de una mueca de felicidad. La línea que los separa se pinta, sin embargo, de mil colores. Permíteme decirte que la paleta la tienes tú.

Para M.



The June. 

jueves, 15 de mayo de 2014

Psicología para todos.

Amnesia retrógrada y amnesia anterógrada

Día tras día desde hacía tres meses se miraban, y de vez en cuando cruzaban alguna palabra tímida por los sombríos pasillos de aquel hospital. Él no recordaba quién era, y ella le olvidaba cada día, como al sol.

Pero se buscaban. Como se buscan las estrellas en la niebla, o como se buscan los abrazos que se funden con la piel. Y pasaban las horas mirándose, olvidando las lagunas que sus memorias les habían dejado. Olvidando para recordar.

Aquel día, él quiso sentarse más cerca. Quiso coger su mano y clavarse en su mirada, para descubrir una vez más de qué color eran sus ojos. 

Ella le sonreía, y no recordaba haber visto una sonrisa más bonita en su vida. Obviando el hecho de que no conseguía saber ni quién era él mismo - por mucho que sus padres y hermanos habían tratado de ayudarle - si alguna vez hubiese visto tanta luz en una risa no habría habido forma para una mente de borrarla.

Me senté con ella y le hablé, y hablándole me perdí en sus pupilas. Vi en ellas un túnel de luz y de oscuridad, un golpe. Ella pareció ver algo parecido en las mías.

Yo te conozco, susurramos. Cogí su mano y volví a sentirlo. Un choque, un golpe muy fuerte.

Un conductor dormido que se nos echó encima cuando volvíamos a casa. Los cinturones nos salvaron la vida, pero la colisión fue demasiado fuerte. Demasiado para todos los recuerdos que habíamos construido juntos. Mi cabeza decidió echarla de mi pasado y la suya me apartó de su futuro.

Pero lo último que había sostenido fue su mano. Esa mano que siempre había sido mi fuerza, mi guía, mi vida. Ahora la recordaba. En realidad, no creo haberla llegado a olvidar jamás.

Te quiero, volvimos a susurrar. 

Y ahora vivimos el presente sabiendo que ella escribe mi memoria y yo soy su vuelo al devenir. Sabiendo que hay un punto, ese momento en el que los dos nos cruzamos y nos encontramos en el tiempo, para seguir siendo parte de la misma historia. Para recordar que olvidamos y para olvidar recordar. Para recomenzar lo que siempre fuimos, o lo que nunca dejamos de ser.


The June



Amnesia es un término que hace referencia a la pérdida de memoria, entendiendo que esta pérdida se produce en cuestión de grado –no ocurre igual en todas las personas en las que se da – y generalmente asociada a una lesión o trauma. Puede ser dividida en dos tipos atendiendo al tipo de memoria que se ve afectada: hablamos de amnesia retrógrada cuando la persona pierde recuerdos anteriores al momento de la lesión, y se caracteriza habitualmente por un gradiente temporal o mayor susceptibilidad en cuanto al olvido de acontecimientos más recientes que los más lejanos en el tiempo. Sin embargo, la amnesia anterógrada se refiere a que los recuerdos de la persona están prácticamente intactos, siendo afectada la capacidad de formar nuevas memorias.


domingo, 11 de mayo de 2014

Historias de amor.

Julia

Sé que cuando todo comenzó ni siquiera manteníamos una relación estrecha. Él era el típico chico del grupo que resulta altamente interesante por la cantidad de amigos que tiene en todas partes, y por lo ocupada que suele estar su agenda. Además, era simpático. Y atractivo. 

Debo admitir que no tuve mucho contacto con él durante bastante tiempo. Hablábamos esporádicamente, de manera que sabíamos que el otro seguía dando trotes por el mundo. Que seguíamos bien.

Supongo que ese verano hubo algo que cambió la percepción que tenía de él. Me fui a Irlanda un mes en verano, aparentemente el tiempo suficiente como para que todo el mundo olvidara mi existencia. Todos, salvo él. Un día recibí un mensaje suyo preguntándome por las vacaciones y deseando que estuviera disfrutando de mi viaje. Y, ¿qué puedo decir?, ese pequeño detalle me llegó al corazón.

Cuando volvimos de las vacaciones empezamos a quedar algo más a menudo, aunque siempre buscando excusas para vernos.

Con él me sentía a gusto, podía contarle todo. De hecho, empezamos a tener una confianza que yo nunca había tenido con nadie. Tan bien me sentía con él que, aquel Halloween, le invité a unirse a mi grupo de amigas para salir de fiesta, y así lo hizo. Y no olvidaré esa noche, porque fue la primera vez que nos besamos.

A partir de entonces, todo empezó a ser distinto. Al tiempo que me dedicaba momentos preciosos – como bailar sobre sus pies, al más puro estilo Amélie -, seguía habiendo cosas que me hacían plantearme qué tipo de relación teníamos. ¿Teníamos, de hecho, una relación? Él parecía tener bastante miedo al compromiso, aunque fuera simplemente admitir que estaba en una relación conmigo.

Recuerdo que empezamos a vernos más a menudo con la excusa de pasear a mi perra, Ada. Era cierto que tenía que sacarla a pasear, pero también se convertía en un buen momento para estar juntos, para contarnos cosas, o simplemente para sentirnos cerca. Cada vez más cerca.

Y todavía demasiado lejos. Era todo tan extraño que un día decidí sentarle en mi cama y pedirle que me mirara, para poder decirle que necesitaba saber qué teníamos.

Me quedó bastante claro, me hizo sentir mucho mejor: una relación, me dijo. Él no lo había dudado, y fue desde entonces cuando empezamos a tomárnoslo más en serio. Estábamos juntos, eso era lo importante.

Ese verano nos fuimos de viaje por primera vez, pero fue tan raro… No lo recordamos como nuestras mejores vacaciones, ni mucho menos. Quizá porque fue un trayecto pesado, ninguno de los dos estábamos de muy buen humor, o quizá porque no fue un buen momento para la convivencia, no lo sé. Es posible también que, pese a que habíamos aclarado que teníamos una relación seguíamos siendo, principalmente, dos buenos amigos.

En cualquier caso, aquel año yo empezaba mi primer año de carrera y él, su segundo. Fue un año tranquilo, estuvimos bien. De hecho, aquel verano también viajamos, pero fue totalmente distinto al verano anterior. Fue perfecto. Y yo era feliz, muy feliz. 

Aquel mismo septiembre empecé el primer año de mi segunda carrera, la que terminaría cuatro años después. Ese año fue probablemente el peor año de nuestra historia pues, como se suele decir, tres son multitud.

Creo que mis amigos nunca han terminado de perdonarle como yo lo hice, quizá porque nunca me habían visto tan rota como aquella vez. Pero él me dijo que me quería y que lo que no quería era estar sin mí.

Había pasado una noche tan terrible que me di cuenta de cuánto le quería al pensar que me había dejado. Y de que yo tampoco quería estar sin él.

Empezamos de cero, por llamarlo de alguna manera, aunque fue bastante más complicado que eso. Él dejó de expresar lo que sentía y yo me pasé demasiado tiempo martirizándole, recordándole una y otra vez el error que había cometido. Llegó un punto en que me dijo que necesitaba que dejara de hacerlo, o él no podría seguir adelante con lo que teníamos.

Así que ambos fuimos buscando el equilibrio. Equilibrio en un proceso que llevó meses, los meses que abarcaban la preparación de mi Erasmus. No estábamos en nuestro mejor momento, y de hecho no sabíamos qué hacer. Iban a ser seis meses fuera, seis meses difíciles de sostener si no poníamos de nuestra parte.

Pero cuando iba a marcharme me regaló una libreta de los Beatles, libreta que había escrito y decorado con fotos nuestras para que no le olvidara. En realidad, me confesó que había llorado tanto preparándola que se había dado cuenta de cuánto me iba a echar de menos. Y de cuánto me quería. También yo a él. 

Contra todo pronóstico, los meses de Erasmus los llevamos mejor de lo esperado, y mejor aún fue el regreso a casa. Desde entonces vengo percibiendo que se implica mucho más en la relación, en nuestra relación.

Y sí, avanzamos lento, pero seguro. Y sí, sigue habiendo cosas que no me gustan o que me molestan, aunque también continúan compensándome las cosas buenas que vivo con él. A fin de cuentas, soy consciente de que ninguno de los dos es perfecto. Pero él sigue siendo perfecto para mí.


The June.




miércoles, 7 de mayo de 2014

Psicología para todos.

ESTRÉS

Probablemente será del parecer de muchos de vosotros que es de un humor un tanto sádico tocar este tema justo en el periodo en el que estamos entrando. Tranquilos, nada más lejos de la realidad. El objetivo de este texto no es otro que, justamente, no estresar.

Todos hemos vivido momentos de estrés en algún instante de nuestras vidas. De hecho, en periodo de exámenes el estrés se convierte en una especie de mascota, por aquello de que no se separa de nosotros.

Como es lógico, somos perfectamente conscientes sobre lo que sentimos cuando nos estresamos: irritabilidad, tensión, alteración, nerviosismo, agitación… Y sí, viendo que atáis cabos de maravilla, estos síntomas pueden recordar perfectamente a otros muchos que vimos cuando hablamos de nuestra amiga la ansiedad.

Me preguntaréis, ¿es lo mismo? Y os respondo: no, aunque no se puede negar que están muy relacionados entre sí. No obstante, para que se pueda apreciar la diferencia propondremos el siguiente ejemplo: Ante un examen muy difícil o para el que no hemos estudiado lo suficiente, la ansiedad se encarga del componente cognitivo de anticipación – me voy a quedar en blanco, no voy a saber hacer nada, voy a suspender -, mientras que el estrés lleva la batuta en la balanza entre lo que se requiere para el examen – demanda – y lo que yo he estudiado para hacerle frente – recursos -. Cuando esa balanza está desequilibrada en favor de las demandas, nos estresamos.


Ejemplo típico de persona muy estresada

¿Sabemos lo que es el estrés? Estrés en sí mismo es, según la OMS, un conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción. Según Hans Selye, el estrés no es otra cosa que una respuesta inespecífica del organismo ante cualquier exigencia del medio.

Por tanto, el estrés en realidad es nuestra manera de prepararnos para la supervivencia, mediante una serie de acciones y mecanismos fisiológicos con los que cuenta nuestro organismo. Esto se conoce como eustrés o estrés positivo. Sin embargo, cuando estos mecanismos se mantienen en el tiempo porque no encontramos la forma de enfrentarnos a las demandas que nos rodean, empezamos a hablar de distrés o estrés negativo.

Ahora bien, desmontemos mitos: se ha demostrado que niveles moderados de estrés mejoran el rendimiento. Es, amigos, lo que se conoce como la famosa curva de Yerkes:


Como se puede observar en la imagen, llegar a un examen un poco nerviosos nos permitirá estar lo suficientemente activados como para rendir de forma adecuada. Será el excesivo nerviosismo el que se convierta en nuestro peor enemigo, llevándonos a bloqueos mentales o al clásico quedarse en blanco.

Llegados a este punto, la pregunta idónea es: ¿qué podemos hacer para no estresarnos?

La Psicología lleva años trabajando en la balanza vista anteriormente para tratar de proporcionar recursos que permitan a la persona hacer frente a sus demandas. Aun así, vivimos en una sociedad de masas, en la que la competencia y la competitividad se encuentran a la orden del día. Por ello, debemos ser conscientes de que las demandas del ambiente difícilmente decaerán, sino que irán en aumento. Está en nuestra mano dotarnos de los recursos necesarios, no sólo para desempeñar las tareas que nos correspondan, sino para crecer con ellas.

Consejos de The June:

1º: La vida es un reto o un desafío, no una amenaza. Plantéate estos exámenes como un objetivo de aprendizaje, no como un ataque a tu expediente. Piensa que te estás nutriendo con cada palabra que lees, y puedes aprovechar cada una de ellas no sólo para ser un mejor profesional, sino una mejor persona.

2º: Tómate tu tiempo. El tiempo es un recurso limitado, y nadie hay mejor que uno mismo para saber cuánto necesitas para cada cosa.

No es buena idea darse un atracón de última hora, principalmente porque la carga será muy superior a nuestros recursos naturales de atención, memoria y aprendizaje. Es muy posible que tratar de recordarlo todo el último día no te haya servido para nada al cabo de una semana. Y resulta un poco triste estudiar sólo para aprobar.

El tiempo – o, mejor dicho, la falta del mismo – es uno de los estresores más comunes, cuando no tendría por qué serlo. Intenta, en la medida de tus posibilidades, diseñar un horario con relativa antelación que te permita estar de sobra preparado cuando llegue la fecha marcada.

3º: Prioriza. No todo lo que tienes que estudiar va a requerir la misma cantidad de tiempo. Establece un orden que te permita dedicarte en mayor profundidad a aquellas asignaturas que son más largas o más costosas.

4º: No dudes en pedir ayuda. Si la necesitas, no eres más estúpido que el resto por acudir a otras personas. Todos tenemos dudas, y es la cooperación la que favorece el crecimiento del grupo.

5º: Descansa y tómate cierto tiempo libre. Sabemos que es una etapa dura, pero es importante dormir bien y también desconectar de vez en cuando. Sal a pasear o insiste a algún amigo para que se tome algo contigo. Seguro que no sólo tú lo agradecerás.

No olvidemos que no somos máquinas, aunque funcionamos de forma excelente. Es normal que, en más de una ocasión, lo que nos piden sobrepase la capacidad que en ese momento tenemos para poder solventar la situación, pero nosotros tenemos el poder de crecer en nuestra mano. No importa cuánto tardemos en averiguar cómo, la cuestión es que conocer nuestras debilidades nos conducirá al camino para construir nuestras fortalezas.


The June.