lunes, 19 de mayo de 2014

Habla la experiencia.

La delgada línea entre realismo y pesimismo

Érase una vez una palabra que, cargada de fantasía, había sido bautizada con el nombre de realidad.

Seamos realistas: pocas veces somos realistas. Porque, ¿qué significa ser realista? Atendiendo al significado literal de la palabra, la persona realista es aquella que observa empíricamente y mantiene un contacto directo con la más pura realidad. Ya os podéis reír.

Le daré la vuelta al concepto de realismo para que se entienda por qué pienso que no existe como tal más allá de nuestra mente. Si yo abrazo a un chico y ese chico me devuelve el abrazo, yo puedo pensar que le gusto. Él puede pensar que lo está haciendo por compromiso. La realidad es, estrictamente hablando, que hay dos personas dándose un abrazo.

¿Qué quiero decir con esto? La realidad es una construcción mental que puede ser construida a la misma velocidad que puede destruirse. La realidad no existe porque es un concepto abstracto que en mi mente puede ser una palabra en verde y, en la tuya, en rojo pasión.

¿Podemos ser realistas? Sí y no. Aunque queramos, será difícil observar la realidad sin nuestros sesgos, sin nuestros matices. Seremos espectadores de nuestra realidad, de nuestra visión del mundo. De nuestra experiencia en vivo.

¿Y qué es el pesimismo, entonces? El pesimismo y el optimismo son los dos extremos de ese continuo utópico que todos creemos conocer, pero que nadie ha visto nunca. Ese magnate, dueño de toda objetividad que se sitúa en el centro de una línea invisible. Aristóteles dijo: la virtud está en el término medio. Y qué difícil es ser verdaderamente virtuoso.

Puestos a elegir, siempre te voy a decir que prefiero que bailes bajo una tormenta a que te ahogues nadando en ella. Porque puede que una sonrisa no te lleve por el camino del centro, el estándar, el más cercano a lo que hemos llamado realidad. Quizá es más probable que te lleve por uno que sube y sube hasta tocar el cielo. Al final, sólo tú podrás saberlo.

Yo solamente puedo decirte que el realismo se separa del pesimismo y del optimismo por una delgada línea. Una línea que existe y deja de existir en un parpadeo, en un suspiro, en un viaje en el que las horas pasan adormecidas bajo una eterna puesta de sol.

El realismo vive y muere en ti, convirtiéndose en blanco o en negro en función de una lágrima o de una mueca de felicidad. La línea que los separa se pinta, sin embargo, de mil colores. Permíteme decirte que la paleta la tienes tú.

Para M.



The June. 

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