La delgada
línea entre realismo y pesimismo
Érase una vez una palabra que, cargada de
fantasía, había sido bautizada con el nombre de realidad.
Seamos
realistas: pocas veces somos realistas.
Porque, ¿qué significa ser realista? Atendiendo al significado literal de la
palabra, la persona realista es
aquella que observa empíricamente y mantiene un contacto directo con la más
pura realidad. Ya os podéis reír.
Le daré la
vuelta al concepto de realismo para que se entienda por qué pienso que no
existe como tal más allá de nuestra mente. Si yo abrazo a un chico y ese chico
me devuelve el abrazo, yo puedo pensar que le gusto. Él puede pensar que lo
está haciendo por compromiso. La realidad es, estrictamente hablando, que hay
dos personas dándose un abrazo.
¿Qué quiero
decir con esto? La realidad es una construcción mental que puede ser construida
a la misma velocidad que puede destruirse. La realidad no existe porque es un concepto abstracto que
en mi mente puede ser una palabra en verde y, en la tuya, en rojo pasión.
¿Podemos ser
realistas? Sí y no. Aunque queramos, será difícil observar la realidad sin
nuestros sesgos, sin nuestros matices. Seremos espectadores de nuestra
realidad, de nuestra visión del mundo. De nuestra experiencia en vivo.
¿Y qué es el
pesimismo, entonces? El pesimismo y el optimismo son los dos extremos de ese
continuo utópico que todos creemos conocer, pero que nadie ha visto nunca. Ese
magnate, dueño de toda objetividad que se sitúa en el centro de una línea
invisible. Aristóteles dijo: la virtud
está en el término medio. Y qué difícil es ser verdaderamente virtuoso.
Puestos a
elegir, siempre te voy a decir que prefiero que bailes bajo una tormenta a que
te ahogues nadando en ella. Porque puede que una sonrisa no te lleve por el camino del
centro, el estándar, el más cercano a lo que hemos llamado realidad. Quizá es más probable que te
lleve por uno que sube y sube hasta tocar el cielo. Al final, sólo tú podrás saberlo.
Yo solamente puedo decirte que el realismo se separa del pesimismo y del optimismo por una
delgada línea. Una línea que existe y deja de existir en un parpadeo, en un
suspiro, en un viaje en el que las horas pasan adormecidas bajo una eterna
puesta de sol.
El realismo
vive y muere en ti, convirtiéndose en blanco o en negro en función de una
lágrima o de una mueca de felicidad. La línea que los separa se pinta, sin
embargo, de mil colores. Permíteme decirte que la paleta la tienes tú.
Para M.
The June.
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