Julia
Sé que
cuando todo comenzó ni siquiera manteníamos una relación estrecha. Él era el
típico chico del grupo que resulta altamente interesante por la cantidad de
amigos que tiene en todas partes, y por lo ocupada que suele estar su agenda.
Además, era simpático. Y atractivo.
Debo admitir que no tuve
mucho contacto con él durante bastante tiempo. Hablábamos esporádicamente, de
manera que sabíamos que el otro seguía dando trotes por el mundo. Que seguíamos
bien.
Supongo que
ese verano hubo algo que cambió la percepción que tenía de él. Me fui a Irlanda un
mes en verano, aparentemente el tiempo suficiente como para que todo el mundo
olvidara mi existencia. Todos, salvo él. Un día recibí un mensaje suyo
preguntándome por las vacaciones y deseando que estuviera disfrutando de mi viaje. Y, ¿qué puedo decir?, ese pequeño detalle me llegó al corazón.
Cuando
volvimos de las vacaciones empezamos a quedar algo más a menudo, aunque siempre buscando
excusas para vernos.
Con él me sentía a gusto, podía contarle todo. De hecho, empezamos a tener una confianza que yo nunca había tenido con nadie. Tan bien me
sentía con él que, aquel Halloween,
le invité a unirse a mi grupo de amigas para salir de fiesta, y así lo hizo. Y no olvidaré esa noche, porque fue la primera vez que nos besamos.
A partir de
entonces, todo empezó a ser distinto. Al tiempo que me dedicaba momentos
preciosos – como bailar sobre sus pies, al más puro estilo Amélie -, seguía habiendo cosas que me hacían plantearme qué tipo
de relación teníamos. ¿Teníamos, de hecho, una relación? Él parecía tener
bastante miedo al compromiso, aunque
fuera simplemente admitir que estaba en una relación conmigo.
Recuerdo que
empezamos a vernos más a menudo con la excusa de pasear a mi perra, Ada. Era
cierto que tenía que sacarla a pasear, pero también se convertía en un buen
momento para estar juntos, para contarnos cosas, o simplemente para sentirnos cerca.
Cada vez más cerca.
Y todavía
demasiado lejos. Era todo tan extraño que un día decidí sentarle en mi cama y
pedirle que me mirara, para poder decirle que necesitaba saber qué teníamos.
Me quedó
bastante claro, me hizo sentir mucho mejor: una
relación, me dijo. Él no lo había dudado, y fue desde entonces cuando empezamos a
tomárnoslo más en serio. Estábamos juntos, eso era lo importante.
Ese verano
nos fuimos de viaje por primera vez, pero fue tan raro… No lo recordamos
como nuestras mejores vacaciones, ni mucho menos. Quizá porque fue un trayecto pesado,
ninguno de los dos estábamos de muy buen humor, o quizá porque no fue un buen
momento para la convivencia, no lo sé. Es posible también que, pese a que
habíamos aclarado que teníamos una relación seguíamos siendo, principalmente,
dos buenos amigos.
En cualquier
caso, aquel año yo empezaba mi primer año de carrera y él, su segundo. Fue un
año tranquilo, estuvimos bien. De
hecho, aquel verano también viajamos, pero fue totalmente distinto al verano
anterior. Fue perfecto. Y yo era feliz, muy feliz.
Aquel mismo
septiembre empecé el primer año de mi segunda carrera, la que terminaría cuatro
años después. Ese año fue probablemente el peor año de nuestra historia pues,
como se suele decir, tres son multitud.
Creo que mis
amigos nunca han terminado de perdonarle como yo lo hice, quizá porque nunca me
habían visto tan rota como aquella vez. Pero él me dijo que me quería y que lo
que no quería era estar sin mí.
Había pasado
una noche tan terrible que me di cuenta de cuánto le quería al pensar que me
había dejado. Y de que yo tampoco quería estar sin él.
Empezamos de
cero, por llamarlo de alguna manera, aunque fue bastante más complicado que
eso. Él dejó de expresar lo que sentía y yo me pasé demasiado tiempo martirizándole,
recordándole una y otra vez el error que había cometido. Llegó un punto en que me
dijo que necesitaba que dejara de hacerlo, o él no podría seguir adelante con lo que teníamos.
Así que
ambos fuimos buscando el equilibrio. Equilibrio en un proceso que llevó meses,
los meses que abarcaban la preparación de mi Erasmus. No estábamos en nuestro
mejor momento, y de hecho no sabíamos qué hacer. Iban a ser seis meses fuera,
seis meses difíciles de sostener si no poníamos de nuestra parte.
Pero cuando
iba a marcharme me regaló una libreta de los Beatles, libreta que había escrito y decorado con fotos nuestras
para que no le olvidara. En realidad, me confesó que había llorado tanto
preparándola que se había dado cuenta de cuánto me iba a echar de menos. Y de
cuánto me quería. También yo a él.
Contra todo
pronóstico, los meses de Erasmus los llevamos mejor de lo esperado, y mejor aún
fue el regreso a casa. Desde entonces vengo percibiendo que se implica mucho
más en la relación, en nuestra relación.
Y sí,
avanzamos lento, pero seguro. Y sí, sigue habiendo cosas que no me gustan o que
me molestan, aunque también continúan compensándome las cosas buenas que vivo con él. A fin
de cuentas, soy consciente de que ninguno de los dos es perfecto. Pero él sigue
siendo perfecto para mí.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario