domingo, 11 de mayo de 2014

Historias de amor.

Julia

Sé que cuando todo comenzó ni siquiera manteníamos una relación estrecha. Él era el típico chico del grupo que resulta altamente interesante por la cantidad de amigos que tiene en todas partes, y por lo ocupada que suele estar su agenda. Además, era simpático. Y atractivo. 

Debo admitir que no tuve mucho contacto con él durante bastante tiempo. Hablábamos esporádicamente, de manera que sabíamos que el otro seguía dando trotes por el mundo. Que seguíamos bien.

Supongo que ese verano hubo algo que cambió la percepción que tenía de él. Me fui a Irlanda un mes en verano, aparentemente el tiempo suficiente como para que todo el mundo olvidara mi existencia. Todos, salvo él. Un día recibí un mensaje suyo preguntándome por las vacaciones y deseando que estuviera disfrutando de mi viaje. Y, ¿qué puedo decir?, ese pequeño detalle me llegó al corazón.

Cuando volvimos de las vacaciones empezamos a quedar algo más a menudo, aunque siempre buscando excusas para vernos.

Con él me sentía a gusto, podía contarle todo. De hecho, empezamos a tener una confianza que yo nunca había tenido con nadie. Tan bien me sentía con él que, aquel Halloween, le invité a unirse a mi grupo de amigas para salir de fiesta, y así lo hizo. Y no olvidaré esa noche, porque fue la primera vez que nos besamos.

A partir de entonces, todo empezó a ser distinto. Al tiempo que me dedicaba momentos preciosos – como bailar sobre sus pies, al más puro estilo Amélie -, seguía habiendo cosas que me hacían plantearme qué tipo de relación teníamos. ¿Teníamos, de hecho, una relación? Él parecía tener bastante miedo al compromiso, aunque fuera simplemente admitir que estaba en una relación conmigo.

Recuerdo que empezamos a vernos más a menudo con la excusa de pasear a mi perra, Ada. Era cierto que tenía que sacarla a pasear, pero también se convertía en un buen momento para estar juntos, para contarnos cosas, o simplemente para sentirnos cerca. Cada vez más cerca.

Y todavía demasiado lejos. Era todo tan extraño que un día decidí sentarle en mi cama y pedirle que me mirara, para poder decirle que necesitaba saber qué teníamos.

Me quedó bastante claro, me hizo sentir mucho mejor: una relación, me dijo. Él no lo había dudado, y fue desde entonces cuando empezamos a tomárnoslo más en serio. Estábamos juntos, eso era lo importante.

Ese verano nos fuimos de viaje por primera vez, pero fue tan raro… No lo recordamos como nuestras mejores vacaciones, ni mucho menos. Quizá porque fue un trayecto pesado, ninguno de los dos estábamos de muy buen humor, o quizá porque no fue un buen momento para la convivencia, no lo sé. Es posible también que, pese a que habíamos aclarado que teníamos una relación seguíamos siendo, principalmente, dos buenos amigos.

En cualquier caso, aquel año yo empezaba mi primer año de carrera y él, su segundo. Fue un año tranquilo, estuvimos bien. De hecho, aquel verano también viajamos, pero fue totalmente distinto al verano anterior. Fue perfecto. Y yo era feliz, muy feliz. 

Aquel mismo septiembre empecé el primer año de mi segunda carrera, la que terminaría cuatro años después. Ese año fue probablemente el peor año de nuestra historia pues, como se suele decir, tres son multitud.

Creo que mis amigos nunca han terminado de perdonarle como yo lo hice, quizá porque nunca me habían visto tan rota como aquella vez. Pero él me dijo que me quería y que lo que no quería era estar sin mí.

Había pasado una noche tan terrible que me di cuenta de cuánto le quería al pensar que me había dejado. Y de que yo tampoco quería estar sin él.

Empezamos de cero, por llamarlo de alguna manera, aunque fue bastante más complicado que eso. Él dejó de expresar lo que sentía y yo me pasé demasiado tiempo martirizándole, recordándole una y otra vez el error que había cometido. Llegó un punto en que me dijo que necesitaba que dejara de hacerlo, o él no podría seguir adelante con lo que teníamos.

Así que ambos fuimos buscando el equilibrio. Equilibrio en un proceso que llevó meses, los meses que abarcaban la preparación de mi Erasmus. No estábamos en nuestro mejor momento, y de hecho no sabíamos qué hacer. Iban a ser seis meses fuera, seis meses difíciles de sostener si no poníamos de nuestra parte.

Pero cuando iba a marcharme me regaló una libreta de los Beatles, libreta que había escrito y decorado con fotos nuestras para que no le olvidara. En realidad, me confesó que había llorado tanto preparándola que se había dado cuenta de cuánto me iba a echar de menos. Y de cuánto me quería. También yo a él. 

Contra todo pronóstico, los meses de Erasmus los llevamos mejor de lo esperado, y mejor aún fue el regreso a casa. Desde entonces vengo percibiendo que se implica mucho más en la relación, en nuestra relación.

Y sí, avanzamos lento, pero seguro. Y sí, sigue habiendo cosas que no me gustan o que me molestan, aunque también continúan compensándome las cosas buenas que vivo con él. A fin de cuentas, soy consciente de que ninguno de los dos es perfecto. Pero él sigue siendo perfecto para mí.


The June.




No hay comentarios:

Publicar un comentario