jueves, 31 de julio de 2014

Historias de amor.

Sira

Nos conocemos de toda la vida. A veces, de hecho, cuando me da por excavar en el baúl de los recuerdos encuentro fotos nuestras en las que aparecemos juntos, ya en prescolar.

Sin embargo, cuando realmente empezamos a conocernos fue allá por la adolescencia, cuando teníamos unos quince años y muchas ganas de comernos el mundo. Esa pequeña aventura comenzó siendo monitores de campamento en acampadas en las que empezamos a hablar y, poco a poco, a no poder separarnos.

Tal era nuestra amistad que, al terminar las clases cada tarde, yo me iba con él y nuestro día seguía con una merienda en su casa o una cena, lo que fuera con tal de que las horas que pasábamos juntos fueran un múltiplo y no un divisor. Por supuesto, pasaba tanto tiempo con él y en su propia casa que ya conocía a la mitad de su familia por aquel entonces.

Compartíamos grupo de amigos, por lo que no sólo nos veíamos en el colegio y por las tardes, sino que también los fines de semana teníamos nuestros momentos de encuentro. Y, por sorprendente que pueda resultar, después de toda una semana juntos cuando llegaba el domingo y nadie más quería salir a descubrir mundo, él y yo volvíamos a vernos.

Era mi mejor amigo, pero jamás habría sospechado que él empezaba a sentir algo por mí. Una noche, me llegó un mensaje de los de texto de aquella época, en el que me decía que me quería.

Era mi mejor amigo, y no supe muy bien que hacer. No quería que la relación cambiara, pero un pequeño distanciamiento fue de algún modo inevitable dado que yo, en ese momento, no sentía lo mismo que él.

Era mi mejor amigo. Lo último que hubiese querido habría sido hacerle daño.

Ese verano nos fuimos de acampada a Ávila, como buenos monitores. Ya la conocíamos, pero a veces una se olvida de que hay lugares en los que el sol quema durante el día y el invierno asoma por las noches.

Pues bien, aquella noche hacía frío, mucho frío. Él dormía a mi lado – siempre ha estado a mi lado, en todos los sentidos –, y sabiendo que estaba helada me dejó sus pantalones y me cedió su saco de dormir, ya que el mío era de verano y el suyo era perfecto para la ocasión. Fue todo un detalle.

A media noche me desperté y noté su cara muy cerca de la mía, y su respiración… Y me puse muy nerviosa, porque ya por aquel entonces empecé a notar que lo que yo sentía por él también había cambiado. Sin embargo, no estaba tan segura como para arriesgarme y hacerle daño, así que cerré bajo llave las inmensas ganas de besarle que sentía mientras su respiración tranquila me acompañaba de nuevo al mundo de los sueños. 

Cada noche salíamos a ver si el manto de estrellas quería transmitirnos algún mensaje en particular o sólo era una fuente de calma, un punto romántico para dos corazones con emoción en auge. Por encima de todo, seguía siendo mi mejor amigo.

Ese verano me fui a Nueva York un par de semanas. Hablábamos de vez en cuando, y creo que los dos nos íbamos dando cuenta de que ya no era sólo él el que había experimentado un cambio.

Cuando volví de la gran ciudad, hicimos un viaje al chalet de mi abuela. La noche del 28 al 29, quizá un poco empujados por un Cupido llamado alcohol, le cogí la mano cuando se sentó a mi lado a mirar el cielo.

Entonces le dije: Voy a subir a la terraza a ver las estrellas, y él me acompañó. Estábamos allí tumbados, mirando el cielo, intentando leer sus palabras y quizá nuestros nombres escritos en ellas. Entonces me dijo: ¿te he dicho alguna vez cuánto te quiero a la cara?

Fue tan inesperado, tan repentino, tan bonito, que le besé. Y creo que nunca había besado a nadie como le besé a él aquella noche.

A partir de ese punto pasamos por el típico miedo de etiquetar aquella nueva fase en nuestra relación. Él sigue siendo mi mejor amigo, pero ahora además también es mi novio.

Y así llevamos ya cinco años. Somos como una montaña rusa, a veces pasamos más, a veces menos… Pero todo este tiempo ha sido el mejor del mundo, y las cosas buenas superan con creces las malas. Me quiere, le quiero y, sinceramente, eso es lo que hace que lo nuestro valga tanto la pena.


The June.  


miércoles, 30 de julio de 2014

Habla la experiencia.

Incondicionales

Verás, en sí no me resulta fácil definir lo que es y lo que deja de ser la amistad, fundamentalmente porque cada relación de este tipo que establecemos no tiene absolutamente nada que ver con cualquier otra. Podemos tener cinco, diez, ¿cien amigos? Y el vínculo que nos une a cada uno de ellos será único e inigualable.

Sin embargo, cuando hablamos de incondicionales, parece que subimos un peldaño. Es una cuestión de grado, intensidad, de doble nudo – por llamarlo de alguna manera –.

No me detendré a hablar de la amistad a secas, y no porque no tenga importancia o no suponga un beneficio diario en nuestras vidas, sino porque esta entrada quiero dedicarla muy especialmente a la matrícula de honor.

Incondicionales son esos amigos que te ven, y parece que haya pasado un siglo desde la última vez que os encontrasteis. La cuestión es que, probablemente, ese tiempo no haya sido más de una semana. Pero, mira, os echáis de menos.

¿Por qué? Porque tenéis ese vínculo especial que hace que os riáis de las mismas cosas, algunas de las cuales muchos de tus amigos no entenderían. Al mismo tiempo, tenéis esa confianza que convierte la relación en invulnerable.

Porque cuando las cosas van mal, no hace falta siquiera decirlo. El incondicional te mira y lo sabe, por mucho que quieras esconderlo. Y además, te dice: ¿en serio me quieres engañar? ¿A mí?

En un nivel que roza lo paranormal, bajo la luz de ciertas lunas y el ocaso de otros tantos soles, vuestro pensamiento coincide y soltáis una idea así, a la vez, a lo loco. Y aunque os haya sucedido treinta mil veces, os sigue dando un poco de miedo.

¿Discutir? Lo breve y bueno, dos veces bueno. Se discute poco, pero bien. De hecho, sois tan compatibles en carácter que, si se da la ocasión para que choquéis, comienza la hecatombe.

Pero, pero, ¡pero! No puede durar. Porque cada ataque que os hacéis, sabiendo que os podéis estar haciendo daño, os rebota luego y se os clava en el pecho como un enorme cuchillo de culpabilidad.

Porque os conocéis, claro que sí. Sabéis perfectamente lo que os hace pequeños y lo que os hace grandes, vuestros miedos, vuestras debilidades y vuestros dones especiales.

El incondicional es ese amigo que se queda contigo hasta las tantas cuando tienes que estudiar – aunque él o ella no tenga ninguna obligación -; es el que le da vueltas y vueltas a ese asuntillo que tienes en mente desde hace ya tiempo hasta que, entre los dos, veis la luz. Es ese amigo que te abraza sin ninguna razón, sólo porque le encanta demostrarte que te quiere. O te lo dice, en el fondo da lo mismo.

Con el amigo incondicional tomas té con leche a las cuatro y media todos los lunes. Porque es el té de las cuatro y media de los lunes y da igual que hayáis estado juntos el domingo hasta las ocho; cuando os veáis vais a necesitar dos horas de cháchara, como poco.

Con los amigos incondicionales el paso del tiempo da lo mismo. Si se establece un día de quedada, es sagrado. Es un ritual que sabéis que existe, precisamente, porque sois incondicionales.

El incondicional es ese amigo con el que vivirías, aun sabiendo que a veces os sacudiríais a escobazos. A pesar de eso, cada comida, cada mantita y peli, cada conversación hasta la madrugada, cada carcajada que siguiera un mismo compás sería suficiente para confirmar ese vínculo infinito. Habla la experiencia.

The June.


lunes, 28 de julio de 2014

Psicología para todos.

Trastorno límite de la personalidad

Con el tiempo me di cuenta de que soy como el mar; siempre subiendo y bajando, sin parar de moverme, sin parar de arrastrar agua y vida. ¿Inestable? Inestable… Ése acababa por ser el rótulo que definía mi estado de constante cambio emocional. Así terminábamos por discutir cada vez que, donde él veía una gama de colores, yo apreciaba sólo el blanco y el negro. Quizá, como mucho, también el gris.

De repente, le necesitaba tanto y de tal manera que nada de lo que él hacía parecía satisfacerme lo suficiente. De repente, le quería lejos, muy lejos. Si pudiera, en esa fase habría invocado todas las malas artes del mundo para hacerle desaparecer.

No veía cuánto me quería, porque vivía permanentemente subida a la montaña rusa que conformaban las mil emociones que se combinaban en mi mente de forma caótica en tan sólo un minuto. Y tampoco veía que esas emociones, ese huracán que me arrasaba por dentro, se llevaba consigo mi vida y la suya… Y la de todos los que me rodeaban, sin piedad.

De repente, el más mínimo detalle podía hacer mi día maravilloso. O podía ser que la tontería más grande, un comentario absurdo, una mirada cansada… Si me pillaba en la caída de la montaña el día no se torcía, se doblaba por completo.

No, no estaba bien. Eso me repetía yo, eso me susurraba él. Entre abrazos y caricias que a veces anhelaba para respirar y de las que otras tantas, huía.

Pero yo le quería, tanto como quería al mar que me llevaba arriba y abajo. Y le quería tanto conmigo como fuera de mí. Le quería, le amaba, le odiaba. Era mi vida y mi peor pesadilla.

Una noche de las de calma, me dijo que lo que yo necesitaba era una tregua en mi propia guerra. Necesitaba que mi tregua fuera la suya, necesitaba dejar de preguntarse cómo sería un nuevo día junto a mí. Necesitaba no necesitarme tanto y sentir que le echaba de mi mundo cada vez que ni siquiera yo quería estar en él.

No sé cómo lo hizo para conseguir detener una marea que podía habernos ahogado a ambos en un instante. No sé cómo paró el torbellino de emociones que viajaban inevitablemente conmigo. No sé cómo me abrazó aquella vez haciéndome sentir que era tan mío como el aire, como el mar.

Era tan mío como yo era suya. No sé cómo lo hizo para hacerme ver que mi alma necesitaba encontrar la paz. Con él. Y entonces vi el arco iris.



El trastorno límite de la personalidad es un trastorno de personalidad que se caracteriza por una gran inestabilidad emocional, un pensamiento muy polarizado y dicotómico y por establecer relaciones interpersonales caóticas. Todo esto suele influir en su estado de ánimo, en su autoimagen y repercute seriamente en su conducta. 



The June. 

jueves, 24 de julio de 2014

Historias de amor.

Inés

Nos movemos, viajamos, cambiamos. Y, generalmente, no nos damos cuenta de que nuestros movimientos pueden ser una caricia o un látigo invisible para otros. Que, en nuestros viajes, nos encontramos con nosotros mismos, con paisajes inolvidables y con personas increíbles, de ésas que ya nunca se van de nuestra memoria. Que cambiamos redirigiendo las rutas de nuestra vida, en función de una alegría en el norte o una pena en el sur de las ánimas perdidas.

En ese cambio, esa alteración de un estado hacia otro nuevo, tiene lugar una fase llena de dolor. Esa etapa en la que la piel escamada de nuestros errores empieza a caerse, pero aún permanece ligada a nosotros, a nuestra esencia… Y por eso duele al estirarla, porque no es tan sencillo desprenderse de ella. ¿Es sencillo desprenderse de lo que fuimos?

Somos cambio. Nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestras decisiones… Todo cambia, todo se altera. Cada segundo de nuestra vida, nuestro cuerpo está cambiando, todo lo que sentimos se mueve en nosotros. Y, al tiempo que puede doler, nos hace estar vivos.

Un segundo. Sólo uno. Un segundo es el tiempo necesario para que algo cambie dentro de ti.

Quizá en el momento en que tu hilo mental se enreda en una parada de autobús. Quizá porque se sube un chico un tanto desaliñado de ojos verdes, con poco más que una mochila deshilachada sobre sus hombros. Quizá porque durante un segundo, uno sólo, tu mirada y la suya siguen el mismo camino.

Entonces, se sienta a tu lado. No hay más miradas, no hay palabras. Pero decide sacar un libro que lleva consigo y ponerse a leer, despacio. El libro queda totalmente abierto frente a ti y te permites echar una ojeada rápida, curiosa, ¿pícara?

Sólo un segundo hace falta para que una sonrisa se dibuje en un rostro.

Ahí estaba él, aquel perfecto desconocido, leyendo a Perls en el libro que más me había emocionado en cuatro años de carrera. Un libro que refleja las ideas de una corriente que nos ve como más emotivos, más humanos.

Al verlo, en sólo un segundo, me dio un vuelco el corazón. Ahora me pregunto si él lo escuchó conmigo.

The June.


lunes, 21 de julio de 2014

Habla la experiencia.

Demasiado

Demasiado frío, demasiado calor. Demasiado cerca, demasiado lejos. Demasiado tuyo, demasiado mío. Quizá, ¿quién sabe? Demasiado nuestro.

La palabra demasiado es otra de tantas que se ha vuelto fea por el uso, que no por su mera existencia. Es un concepto que indica cantidad, pero tanta que termina por resultar excesiva.

Si hace calor, no hay problema. Sin embargo, si hace demasiado calor la vida se vuelve insoportable. Si estás lejos, te echaré de menos. Aunque, si estás demasiado lejos probablemente olvidaré que alguna vez puede que estuvieras demasiado cerca.

No estamos preparados para un demasiado. Nos hemos acostumbrado a una sobrecarga de trabajo, de estrés… A un exceso de latidos por minuto, a respirar agitadamente y a vivir deprisa, muy deprisa. A veces, ¿por qué no? Demasiado deprisa.

Pero no nos gusta que nos lo recuerden. Sabemos que la palabra vive con nosotros, que forma parte de nuestra rutina, que es una pieza más de las que nos crea y nos destruye. Posiblemente, con demasiada fuerza. Con inmensa intensidad.

Aun así, es preciosa. Demasiado preciosa. No nos hemos dado cuenta, pero es hasta vital. Porque solemos decir: te quiero demasiado, como si fuera un delito. Como si fuera inequitativo, desigual, injusto, cruel.

Yo prefiero quererte así, demasiado. Prefiero latir el doble de veces por ti que no hacerlo ninguna, aunque te parezca que es mucho, exagerado. ¿Demasiado? Sin ti, todo el tiempo y el espacio, todos los silencios del mundo se vuelven demasiadosDemasiado largos se hacen los segundos que pasan sin verte. Y, sinceramente, espero que sigan siendo demasiados si ello se traduce en estar a tu lado para siempre.

The June.


domingo, 20 de julio de 2014

Psicología para todos.

Ataque de pánico

Hay un momento en que la vida da un vuelco en un mar que te arrastra hacia un fondo perdido, desconocido. Ocurre algo que lo para todo y todo para en una toma de aliento, en un momento que se hace mucho más que eterno.

Miedo. Lo llaman miedo, pero va mucho más allá. Yo pensaba que mi vida se me escapaba entre los dedos como gotas de agua, en un golpe de azar. En un golpe de destino tan inesperado como incierto, tan inoportuno como enloquecedor.

Sentí que mi cuerpo dejaba de responder. Durante aquel tiempo para mí infinito, pero que aparentemente se contaba como escaso, yo no fui yo. En mi cabeza sólo quedaba una oscuridad que se hacía más y más grande conforme mi corazón parecía dejar de bombear sangre para mandarle veneno.

Un veneno que, sí, el resto del mundo seguía llamando miedo.

Ellos no comprendían que perderte era algo que no podía aceptar fácilmente ninguno de mis sentidos. Que no podía vivir sin disfrutar de cada detalle de tu figura, del sonido de tu risa, del olor de tu pelo, de tus manos sobre mi piel, del sabor de tus besos…

Ellos no comprendían que, cuando vi tu cuerpo tirado en medio de la calle, inconsciente, mi vida se fue contigo para suplicarte que volvieras. No sé si lejos o cerca, pero se fue de mí.

Y duró tanto como duró tu ausencia. Segundos, quizá, que para mí fueron horas.

Ellos no comprendían que mi cuerpo entero recuperó el sentido con tu mirada, con tu sonrisa. Cuando tu respiración y la mía se acompasaron como lo habían hecho hacía ya años, con aquel primer café a las seis.

Un ataque de pánico es un periodo en el que una persona sufre súbitamente un miedo muy intenso que puede durar minutos u horas. Suelen aparecer de repente, y su máxima intensidad se alcanza a los diez minutos (que pueden durar más si la persona no puede escapar de la situación que le provoca tal temor).

La persona que sufre un ataque de pánico se siente aterrorizada de forma repentina, en ocasiones sin razón aparente para sí misma o para los demás.


The June. 

martes, 8 de julio de 2014

Habla la experiencia.



Profecías Autocumplidas


Miedo, esa sombra que nos acecha incesante, en un segundo plano, sutil, siempre presente en todo lo que hagamos. Esa pequeña voz que nos repite que no estamos preparados, que necesitamos tiempo, que quizá más adelante, que ahora no es el momento, intentando procrastinar para evitar que nunca llegue lo ansiado. 


Por si fuera poco, es tremendamente difícil de identificar. Nos autoconvencemos de que abstenernos es lo que realmente queremos, que es mejor prevenir que curar, y que hay que andarse con mil ojos. Y luego vienen los arrepentimientos, lo que pudo haber sido y no fue, el ¡ay, si volviera atrás todo lo que cambiaría...! 


Y… ¿por qué nos cuesta tanto decidir en el momento? Por el miedo a equivocarnos, por el miedo a sufrir un daño que todavía no nos han hecho, por nuestra extraña manía de anticipar. Sí, somos previsores, pero a veces nuestras capacidades adivinatorias nos pueden fallar, anticiparse a lo que puede venir es complicado, y, si ya entran en juego sentimientos ajenos la cosa se vuelve impredecible. 


Por eso, dejémonos llevar de vez en cuando, el mundo es demasiado complicado como para que lo hagamos nosotros mismos más difícil anticipando profecías autocumplidas.  Tirémonos a la piscina. Riamos, viajemos, enamorémonos, bailemos y disfrutemos de la vida. Porque el miedo es importante para la supervivencia, por supuesto, pero no debería ser el guía de nuestro devenir. 


The June.