Sira
Nos
conocemos de toda la vida. A veces, de hecho, cuando me da por excavar en el
baúl de los recuerdos encuentro fotos nuestras en las que aparecemos juntos, ya
en prescolar.
Sin embargo,
cuando realmente empezamos a conocernos fue allá por la adolescencia, cuando
teníamos unos quince años y muchas ganas de comernos el mundo. Esa pequeña
aventura comenzó siendo monitores de campamento en acampadas en las que
empezamos a hablar y, poco a poco, a no poder separarnos.
Tal era
nuestra amistad que, al terminar las clases cada tarde, yo me iba con él y
nuestro día seguía con una merienda en su casa o una cena, lo que fuera con tal
de que las horas que pasábamos juntos fueran un múltiplo y no un divisor. Por
supuesto, pasaba tanto tiempo con él y en su propia casa que ya conocía a la
mitad de su familia por aquel entonces.
Compartíamos
grupo de amigos, por lo que no sólo nos veíamos en el colegio y por las tardes,
sino que también los fines de semana teníamos nuestros momentos de encuentro.
Y, por sorprendente que pueda resultar, después de toda una semana juntos
cuando llegaba el domingo y nadie más quería salir a descubrir mundo, él y yo
volvíamos a vernos.
Era mi mejor
amigo, pero jamás habría sospechado que él empezaba a sentir algo por mí. Una
noche, me llegó un mensaje de los de texto de aquella época, en el que me decía
que me quería.
Era mi mejor
amigo, y no supe muy bien que hacer. No quería que la relación cambiara, pero un
pequeño distanciamiento fue de algún modo inevitable dado que yo, en ese momento,
no sentía lo mismo que él.
Era mi mejor
amigo. Lo último que hubiese querido habría sido hacerle daño.
Ese verano
nos fuimos de acampada a Ávila, como buenos monitores. Ya la conocíamos, pero a
veces una se olvida de que hay lugares en los que el sol quema durante el día y
el invierno asoma por las noches.
Pues bien,
aquella noche hacía frío, mucho frío. Él dormía a mi lado – siempre ha estado a
mi lado, en todos los sentidos –, y sabiendo que estaba helada me dejó sus
pantalones y me cedió su saco de dormir, ya que el mío era de verano y el suyo
era perfecto para la ocasión. Fue todo un detalle.
A media
noche me desperté y noté su cara muy cerca de la mía, y su respiración… Y me
puse muy nerviosa, porque ya por aquel entonces empecé a notar que lo que yo
sentía por él también había cambiado. Sin embargo, no estaba tan segura como
para arriesgarme y hacerle daño, así que cerré bajo llave las inmensas ganas de
besarle que sentía mientras su respiración tranquila me acompañaba de nuevo al
mundo de los sueños.
Cada noche
salíamos a ver si el manto de estrellas quería transmitirnos algún mensaje en
particular o sólo era una fuente de calma, un punto romántico para dos
corazones con emoción en auge. Por encima de todo, seguía siendo mi mejor
amigo.
Ese verano
me fui a Nueva York un par de semanas. Hablábamos de vez en cuando, y creo que
los dos nos íbamos dando cuenta de que ya no era sólo él el que había
experimentado un cambio.
Cuando volví
de la gran ciudad, hicimos un viaje al chalet de mi abuela. La noche del 28 al
29, quizá un poco empujados por un Cupido llamado alcohol, le cogí la mano
cuando se sentó a mi lado a mirar el cielo.
Entonces le
dije: Voy a subir a la terraza a ver las
estrellas, y él me acompañó. Estábamos allí tumbados, mirando el cielo,
intentando leer sus palabras y quizá nuestros nombres escritos en ellas.
Entonces me dijo: ¿te he dicho alguna vez
cuánto te quiero a la cara?
Fue tan
inesperado, tan repentino, tan bonito, que le besé. Y creo que nunca había
besado a nadie como le besé a él aquella noche.
A partir de
ese punto pasamos por el típico miedo de etiquetar aquella nueva fase en
nuestra relación. Él sigue siendo mi mejor amigo, pero ahora además también es
mi novio.
Y así
llevamos ya cinco años. Somos como una montaña rusa, a veces pasamos más, a
veces menos… Pero todo este tiempo ha sido el mejor del mundo, y las cosas buenas
superan con creces las malas. Me quiere, le quiero y, sinceramente, eso es lo
que hace que lo nuestro valga tanto la pena.
The June.