Conociendo a
Carla
Carla era
una niña de aire, de primavera, de campo. Vivía en un pueblo de montaña con
todas las ventajas e inconvenientes que ello pueda suponer. Por un lado, la
naturaleza le aportaba la calma y la serenidad que alimentaban un corazón tan
grande como el mismo cielo. Por otro, sentía que su vida bien podía compararse
con la metáfora del vaso de agua: medio
llena, medio vacía. Según la estación, según el día.
Carla era
una niña de aire, de primavera, de campo. Una niña normal, nada fuera de lo
común y corriente. Una chiquilla tímida a la par que alegre, haciendo
equilibrios entre un rasgo y el otro como un malabarista fuera de serie. Pero,
siendo sinceros, nada fuera de lo habitual, lo usual, nada extraordinario en
aquel momento presente.
Carla
anhelaba ese día, ese momento maravilloso en el que se alzaría victoriosa con
una carrera magistral, una pareja por la que no sería la única en suspirar, una
casa majestuosa a la que poder llamar hogar, una familia con la que resaltar,
una fortuna envidiada por los demás y ella misma, ella siendo una belleza
integral.
Pero las
circunstancias de Carla no la habían favorecido hasta el momento. Enfrentaba
tantas disconformidades como hojas pierde un árbol entre octubre y febrero.
Tantas ramas se habían podrido y tantos lirios había visto a sus pies,
marchitos, que su actitud hacia el fracaso también se había resentido.
Los otoños
llegaban a la misma velocidad, con la misma intensidad, con más delirio que un
verano. Allí seguía ella, serena, firme, aguardando. Esperando que el paso del
tiempo la llevara como a las hojas las lleva el viento allá donde realmente
merecían estar tanto su alma como su cuerpo.
Allí seguía
ella, inconformista, metódica, escéptica. Huyendo del peligro como las
manecillas de la impuntualidad del reloj. Esperando el momento adecuado, el
momento idóneo, puede que simplemente, un momento sin voz. Allí estaba ella,
impasible, siendo consciente de que cualquier tiempo próximo, en este caso,
sería sin duda el mejor.
The June.
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