El baúl de
los recuerdos
La memoria explicada a un niño
de seis años
Álex tenía
seis años cuando su abuelo empezó a perder la memoria. La demencia hizo mella
en sus recuerdos y, desafortunadamente, su nieto fue uno de los primeros en ser
suprimido del recopilatorio final de la historia de su vida.
Pero Álex
tenía seis años. Seis años y una inocencia contagiosa que iluminaba calles y
avenidas. Una inocencia que conseguía hacer que su abuelo recordara lo olvidado
y que las sonrisas del pasado llegaran como formando una cadena hasta el día de hoy.
Álex no
sabía que su abuelo le recordaba a ratos, a momentos, a días. Él siempre se
dirigía a aquel señor mayor con la misma sonrisa, buscando escuchar las mismas
historias, los mismos cuentos, las mismas anécdotas. Una y otra vez. Álex no
era consciente de que lo poco que pedía hacía que cada día la sabiduría de su
abuelo se quedara retenida. Por jornadas, semanas, nadie lo sabía. Sin embargo,
aquellos recuerdos que él anhelaba, perduraban más que cualquier otro ya nunca rememorado o al
que no se le prestaba mayor atención.
No obstante,
tras muchas noches de sueño difuso y confundido, llegué a la conclusión de que Álex debía saber lo que le estaba pasando a su abuelo. Una tarde, después de mucho meditarlo, me senté con él en su habitación.
Le pregunté
si había notado algo raro en su abuelo, y me dijo que creía que le costaba más
contarle las historias que le había estado contando hasta entonces. Me miró y me dijo al oído: creo que hay algunas que se las está
inventando.
“Álex”, le dije, “¿tú sabes lo que es la memoria?”
“Es ese sitio donde está lo que aprendemos, ¿no?”
“Sí. Y lo recordamos porque se queda ahí, almacenado. La memoria
es como el baúl de tu habitación, en el que guardas todos tus juguetes. Los dos
sabemos que algunos de tus juguetes te gustan más que otros y por eso siempre
están en la parte de arriba del baúl, porque así llegas a ellos más rápido.
A veces te pasa que, cuando decides buscar algún juguete que hacía
tiempo que no usabas te cuesta encontrarlo, porque no sabes bien dónde lo
has metido. Puede que esté en el fondo o puede que ya no esté, se haya
perdido o se lo hayas dejado a alguien.
El fondo del baúl es el rincón oscuro a donde van a parar los
juguetes y muñecos que no necesitas o que no usas a menudo. No pasa nada,
porque ese fondo sirve de sostén para los juguetes que sí necesitas o usas
todos o casi todos los días.
Le memoria es como un baúl. Tenemos más facilidad para recordar
los pensamientos y las experiencias que usamos a menudo. Las cosas en las que
no solemos pensar o las vivencias que ya no necesitamos, pasan al fondo de
nuestro propio baúl, hasta que se olvidan.
Un recuerdo olvidado es un recuerdo perdido, porque es difícil
recuperarlo una vez se ha marchado. En nuestra cabeza hay partes que son como
la oscuridad del baúl, a donde va todo aquello que ya no necesitamos.
Sin embargo, esa oscuridad se puede extender y afectar a recuerdos
que sí queremos, o pensamientos que no querríamos que se marcharan. Cuando eso
pasa sin que queramos o podamos frenarlo, suele ser a causa de una enfermedad.”
“El abuelo está enfermo, entonces.”, me
miró apenado.
“Sí, Álex” le dije. “Pero lo que tú haces es maravilloso, ¿sabes por qué?”
“No, no lo sé”.
“Porque cuando le pides que te cuente una historia, un cuento,
haces que los recuerdos que él tenía en la sombra vuelvan a la luz. Y, así,
mientras pasáis las horas absortos en su pensamiento le ganáis terreno a la
oscuridad.”
Álex se
quedó pensativo un rato y, al cabo de unos segundos, sonrió.
“Creo que seguiré siendo siempre un niño para que nunca se le acaben
las historias que contarme.”
The June.
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