Compra compulsiva
Desmontando mitos
No es placentero en absoluto, me confesaba Elle. Cuando siento el impulso de comprar, compro.
Y a veces, ni siquiera me importa el qué. Sólo necesito hacerlo para que esa
sensación de necesidad desaparezca.
Elle vivía atormentada por las
deudas. Pagaba un alquiler bastante elevado por un piso con espacio suficiente
para ella y para sus múltiples adquisiciones. Tenía tres habitaciones y las
tres se hallaban abarrotadas de ropa. Muchas de las prendas amontonadas aún
conservaban la etiqueta de compra.
Hay cosas que no recuerdo haber comprado. Y otras tantas que nunca me
he llegado a poner… Pero, como puedes ver, sigo acumulando.
Se sentía sola. Muy sola. Y
cuanto peor se sentía, mayor era su necesidad de comprar cuando atravesaba
alguna calle repleta de tiendas y escaparates. Decía que, en los momentos en
los que más notaba sus nervios a flor de piel, más aliviada se encontraba tras
adquirir lo que fuera que encontrase.
Pero no era tan fácil. Era
consciente de que su necesidad de comprar ya no afectaba solamente a su vida,
sino que había traspasado el umbral de las de sus padres e incluso algunos amigos
cercanos. Más de una vez había tenido que pedir dinero prestado, y más de una
vez en el preciso momento en el que se había de pagar por un producto y ninguna
de sus carteras o tarjetas contenía dinero suficiente como para que pudiera
llevárselo consigo.
He tenido momentos en los que me he sentido muy avergonzada. Y sé que
realmente no necesito todas las cosas que compro; no me siento feliz. Sólo
siento alivio. Comprar me hace sentirme más tranquila… Un tiempo. Me aleja de
la realidad.
Le pregunté que a qué se refería
con “alejarse de la realidad”. Me dijo que no le gustaba su vida, ni su
trabajo, ni ella misma. La miré y le dije que empezaríamos por el principio: por
ella.
Elle y yo pasamos varios días
recabando información de su pasado. Sus logros, sus victorias y también sus
fracasos. Había sido una excelente nadadora y gimnasta, sus notas en el
instituto estaban siempre por encima del notable y siguió por el mismo camino
en la facultad. Su punto débil había sido siempre la rama de cálculo y
aritmética, aunque con el tiempo se convirtió en un reto – no sin esfuerzo –
superado.
Nunca había sido una chica
especialmente extrovertida, pero tampoco le había faltado su grupito de amigos
y amigas que había mantenido hasta la actualidad. Me puse en contacto con ellos
para pedirles que elaboraran una lista con los adjetivos que considerasen que
mejor describían a su amiga.
Elle se llevó una grata sorpresa:
a excepción de que todos coincidían en que era sumamente testaruda, no había ni
un solo calificativo que fuera negativo. Se hacía mención a su inteligencia, su
bondad, su comprensión, su sentido de la responsabilidad y su actitud positiva
hacia la vida, entre otras muchas virtudes dignas de ser nombradas.
Las palabras de sus amigos habían
emocionado a Elle. En mi casa no me
reconocían estas cosas… No les culpo; yo era la menor de cinco hermanos. Aun
así, se agradece escuchar cosas buenas de uno mismo de vez en cuando.
Le dije que, a partir de
entonces, quería que se mirase al espejo y viera reflejadas consigo todas las
virtudes que habían destacado sus amigos. Pretendía que, mirándose a los ojos y
sonriéndose se dijera que se quería y se aceptaba tal y como era.
- ¿Y qué
hago con mi trabajo? No lo soporto, no me siento bien dedicando mi vida a una
oficina.
- Haz lo que
te haga feliz. ¿Qué es lo que quieres hacer?
- Yo… Yo
quiero tener mi boutique, y diseñar mi propia ropa.
- Estoy
convencida de que estás preparada para alcanzar tu proyecto. ¿Qué te frena
ahora?
Elle dejó su trabajo esa misma
semana y pidió un préstamo para abrir su propia tienda. Fueron unos meses duros
e intensos, pero nunca se la había visto más feliz.
No volvió a sentir la necesidad de comprar. Probablemente
porque ya no necesitaba huir de la realidad. Porque había conseguido el valor
que le hacía falta para tomar en su vida el rumbo que siempre había deseado.
Porque volvió a quererse. Porque volvió a ser ella.
The June.