martes, 31 de diciembre de 2013

Habla la experiencia

Navidad, Navidad 

Llega Navidad. Comer por castigo y las largas tardes cantando villancicos y viendo fotos de cuando Cristo perdió el gorro se convierten en las constantes de estas fechas.

Las discusiones están prohibidas, toca poner buena cara y desear hasta al más horrible de tus primos tus mejores deseos de paz y felicidad. Con eso de que una vez al año no hace daño se come por ti y por todos tus amigos, que no se diga que queda media miga de turrón en el plato.

Ves a esa parte de la familia con la que solo coincides en las cenas de navidad o en las bodas. Esas personas que apenas conocemos, pero que hay que querer por el simple hecho de que forma parte de nuestra familia. Quizá incluso estemos sentados al lado de un psicópata (teniendo en cuenta que el 1% de la población padece esta patología es una posibilidad) y ni nos inmutamos. Hay que poner buena cara, sonreír y hasta contar chistes, sacar lo mejor de ti, contar los miles de idiomas que estás estudiando, los proyectos en los que te gustaría embarcarte, los viajes que vas a hacer y lo genial y estupendos que somos todos. Y todo gira alrededor de un mundo creado artificialmente en el que nos escondemos durante unos días, en el que prima la apariencia y el consumismo desbordado que no podría faltar junto a toda esta sandez de quimeras.


Y luego está esa otra familia. Aquellos con los que te puedes mostrar tal cual eres, pues te van a querer igual.  Con los que quedas todas las semanas, sin necesidad de que haya una fiesta “especial” que te recuerde que hay que verlos porque es lo que toca. Esos a los que realmente llamas cuando tienes un problema o cuando te ha pasado la cosa más graciosa del mundo. A los que sientes que verdaderamente son tu familia, que has elegido conscientemente que quieres que formen parte de tu vida, porque les conoces, porque sabes que merecen la pena y porque tu vida sin ellos no sería tan maravillosa. 
The June 

viernes, 27 de diciembre de 2013

Psicología para todos.

Compra compulsiva
Desmontando mitos

No es placentero en absoluto, me confesaba Elle. Cuando siento el impulso de comprar, compro. Y a veces, ni siquiera me importa el qué. Sólo necesito hacerlo para que esa sensación de necesidad desaparezca.

Elle vivía atormentada por las deudas. Pagaba un alquiler bastante elevado por un piso con espacio suficiente para ella y para sus múltiples adquisiciones. Tenía tres habitaciones y las tres se hallaban abarrotadas de ropa. Muchas de las prendas amontonadas aún conservaban la etiqueta de compra.

Hay cosas que no recuerdo haber comprado. Y otras tantas que nunca me he llegado a poner… Pero, como puedes ver, sigo acumulando.

Se sentía sola. Muy sola. Y cuanto peor se sentía, mayor era su necesidad de comprar cuando atravesaba alguna calle repleta de tiendas y escaparates. Decía que, en los momentos en los que más notaba sus nervios a flor de piel, más aliviada se encontraba tras adquirir lo que fuera que encontrase.

Pero no era tan fácil. Era consciente de que su necesidad de comprar ya no afectaba solamente a su vida, sino que había traspasado el umbral de las de sus padres e incluso algunos amigos cercanos. Más de una vez había tenido que pedir dinero prestado, y más de una vez en el preciso momento en el que se había de pagar por un producto y ninguna de sus carteras o tarjetas contenía dinero suficiente como para que pudiera llevárselo consigo.

He tenido momentos en los que me he sentido muy avergonzada. Y sé que realmente no necesito todas las cosas que compro; no me siento feliz. Sólo siento alivio. Comprar me hace sentirme más tranquila… Un tiempo. Me aleja de la realidad.

Le pregunté que a qué se refería con “alejarse de la realidad”. Me dijo que no le gustaba su vida, ni su trabajo, ni ella misma. La miré y le dije que empezaríamos por el principio: por ella.

Elle y yo pasamos varios días recabando información de su pasado. Sus logros, sus victorias y también sus fracasos. Había sido una excelente nadadora y gimnasta, sus notas en el instituto estaban siempre por encima del notable y siguió por el mismo camino en la facultad. Su punto débil había sido siempre la rama de cálculo y aritmética, aunque con el tiempo se convirtió en un reto – no sin esfuerzo – superado.

Nunca había sido una chica especialmente extrovertida, pero tampoco le había faltado su grupito de amigos y amigas que había mantenido hasta la actualidad. Me puse en contacto con ellos para pedirles que elaboraran una lista con los adjetivos que considerasen que mejor describían a su amiga.

Elle se llevó una grata sorpresa: a excepción de que todos coincidían en que era sumamente testaruda, no había ni un solo calificativo que fuera negativo. Se hacía mención a su inteligencia, su bondad, su comprensión, su sentido de la responsabilidad y su actitud positiva hacia la vida, entre otras muchas virtudes dignas de ser nombradas.

Las palabras de sus amigos habían emocionado a Elle. En mi casa no me reconocían estas cosas… No les culpo; yo era la menor de cinco hermanos. Aun así, se agradece escuchar cosas buenas de uno mismo de vez en cuando.

Le dije que, a partir de entonces, quería que se mirase al espejo y viera reflejadas consigo todas las virtudes que habían destacado sus amigos. Pretendía que, mirándose a los ojos y sonriéndose se dijera que se quería y se aceptaba tal y como era.

-         ¿Y qué hago con mi trabajo? No lo soporto, no me siento bien dedicando mi vida a una oficina.
-         Haz lo que te haga feliz. ¿Qué es lo que quieres hacer?
-         Yo… Yo quiero tener mi boutique, y diseñar mi propia ropa.
-         Estoy convencida de que estás preparada para alcanzar tu proyecto. ¿Qué te frena ahora?

Elle dejó su trabajo esa misma semana y pidió un préstamo para abrir su propia tienda. Fueron unos meses duros e intensos, pero nunca se la había visto más feliz.


No volvió a sentir la necesidad de comprar. Probablemente porque ya no necesitaba huir de la realidad. Porque había conseguido el valor que le hacía falta para tomar en su vida el rumbo que siempre había deseado. Porque volvió a quererse. Porque volvió a ser ella. 


The June. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Habla la experiencia...

 ... De comienzos inesperados

Hay cosas que no están hechas para ser contadas, sino para ser vividas.


Querida Justina,

Probablemente el comienzo de nuestra historia es uno de los más peculiares sobre los que se podría escribir. Todo empezó con una lista, dos nombres y un destino. Yo, celebrando que me iba de Erasmus a Holanda y voceando por la facultad que una tal Justina se venía conmigo.

Debo confesar que sentí algo de miedo, pues no conseguía situarte mentalmente en ningún rango de edad concreto (no puedes negarme que tu nombre es digno de ser escuchado). Y, sin embargo, cuando te conocí parecías una persona normal. Digo parecías, porque la normalidad nunca te ha hecho justicia. La espontaneidad, la alegría, la picardía… Incluso un toque de locura mágica. Esto se acerca un poco más a lo que desde entonces he aprendido de ti.

Por aquel entonces dijimos: “¿y por qué no vivimos juntas?” Qué locura. Podría haber salido fatal. Podría no haberte soportado y desear marcharme lejos. Pero no fue así. Empezamos a convivir siendo dos perfectas desconocidas y al cabo de un mes ya podíamos mirarnos y cazar cualquier pensamiento que se nos cruzara.

Pronto descubrí que contigo reí, de noche y de día, y también podía llorar cuando me sentía sola. De repente eras como el sol que no brillaba en Holanda, y los abrazos eternos me devolvían la paz cuando entraba en guerra conmigo misma.

Que, aunque me queje, siempre me has consentido todo. Aún estoy esperando que haya algo a lo que me digas: “no”. Contigo empecé a comprender mis manías y a suavizarlas. Creo que me volví más flexible de lo que había sido nunca. Quizás me he vuelto un poco más tú.

Da igual qué ocurrencia imposible se me venga a la mente. De repente apareces tú con tu sonrisa que me invita a seguir adelante; tu voz que me dice que puedo hacerlo. Y así parece que todo es mucho más fácil.

Y no pensaba que al volver podríamos llegar a unirnos más, pero lo cierto es que así sucede. Cada mañana empieza la aventura de conocerte de nuevo y de seguir sorprendiéndome por tu forma única de ser. ¿Cuántas veces pensamos al unísono o hablamos al unísono? ¿Cuántas veces le hemos dicho a la otra: “sal de mi mente”? ¿Y cuántas veces nos hemos hecho caso? Hay cosas en la vida que están hechas para ser vividas, no contadas. También hay cosas hechas para ser empezadas, pero nunca para ser acabadas.

Nos encontramos porque teníamos que encontrarnos. Porque en mi colección de personas especiales faltabas tú.

Nos parecemos en miles de cosas y, pese a todo, creo que las que más me gustan de ti son aquellas en las que somos polos totalmente opuestos. Aquellas que nos hacen parecer de mundos distintos. Pero siempre existe ese punto de conexión que nos permite entendernos. Porque en nuestras diferencias residen los abrazos y las palabras que transmiten mucho más de lo que yo puedo escribir aquí. Esas que lo curan todo y que rompen las más altas e infranqueables barreras.

Porque sí, porque nosotras también hemos tenido nuestras guerras. Nuestras dificultades. Nuestros desacuerdos. Pero el tiempo ha demostrado que, por encima de todo, estamos nosotras. Que podrían levantar el muro de Berlín de nuevo, y con una mirada cómplice caería otra vez en cuestión de segundos. Que lo que hemos sido y somos marcará lo que seremos. Y eso es algo que desconocemos, pero sabemos que la otra seguirá ahí para averiguarlo. Y para seguir siendo la mejor compañía.

Un latido doble. Una sístole y una diástole. Una Justina y una Irene.



The June.



jueves, 19 de diciembre de 2013

Psicología para todos.

TRASTORNO MÚLTIPLE DE LA PERSONALIDAD

A veces, me hablaba ella. A veces, parecía que me hablaba él.

George y Marion se conocieron en el año 1986 en el Instituto de Psicología de la Université René Descartes, en París. Ella estudiaba figuras y él buscaba en todo el fondo. Inseparables, aun siendo como el agua y el aceite, no tardaron en contraer matrimonio. La gente no comprendía cómo dos personas tan distintas podían llegar a soportarse. Es probable que ni ellos mismos lo supieran. Y, sin embargo, se miraban y la vida cobraba sentido.

Marion lo perdió todo el día en que George falleció, cinco años después, en un accidente de tren. Por aquel entonces, ella tenía veintiocho años.

Pasó un año consumiéndose en el silencio de su vacío. Apenas salía de casa, ni mucho menos se relacionaba con familiares o amigos. Tras el aniversario de la muerte de George, Marion recuperó el habla y su rutina diaria tal y como había sido hasta hacía un año atrás. Sin embargo, algo había cambiado en ella… Ya no era exactamente la misma.

Descrita por sus numerosos conocidos, Marion había sido siempre una persona muy conversadora y divertida, y al mismo tiempo culta, elegante y llena de glamour. Así la conocí yo cuando me senté con ella por primera vez. Me costaba seguirla en su francés apresurado y susurrante, pero comprendía mucho más de lo que ella parecía querer darme a entender. Vous me faites rire, me decía. En realidad, reía casi con cualquier cosa.

Marion hablaba de George como si estuviera sentado a su vera compartiendo uno de sus ratos libres con ella y con una humeante taza de té en las manos. No me daba la sensación de que hubiese aceptado la muerte de su esposo.

Necesité algo más de tiempo para percatarme de que la situación era sustancialmente diferente a cómo la había planteado en un principio: Marion ya no era sólo Marion.

Una tarde, cuando se había cumplido una semana desde la primera vez que la visité, se comportó de forma muy distinta conmigo. I don’t feel like talking today. It’s a rainy day… You shouldn’t be here. Su voz sonaba más grave; su expresión, más fría. Seguía manteniendo un porte elegante, aunque también más masculino de lo que acostumbraba a ver en ella. No había ni rastro de la Marion que yo conocía.

Durante meses, la mujer había recabado cada recuerdo que le quedaba de su marido, llegando a establecer en sí misma una personalidad paralela a la suya propia. Ésa, que se correspondía con la de un marido al que no volvería a ver jamás.

Pasaron semanas en las que observé atentamente cómo Marion iba alternando una personalidad con la otra. Debo admitir que la gente tenía razón: no se parecían en prácticamente nada. Y sin embargo, tenían ese toque de humor y ese brillo en la mirada que les hacía seguir siendo uno.

Cuando una noche me preparaba para volver a casa, Marion me dijo: Je sais qu'il est ici. Il est ici avec moi. Toujours.

Me pregunté si aquella no era también una forma más de amor. Me respondí que jamás había encontrado una tan curiosa, pero tan perfectamente válida y pura como cualquier otra.



The June. 


domingo, 15 de diciembre de 2013

Habla la experiencia.

Algún día volveré a ti


Parecía difícil, pero la luz de un nuevo día conseguía atravesar aquellas gruesas cortinas de tonos naranjas para concienciarme de que empezaba a ser hora de levantarse. Pero en aquella cama se dormía tan bien… El edredón blanco transmitía frío por su color blanco nube de primavera, y también calor por su textura algodonosa. ¿Qué os puedo decir? Mi cama y yo teníamos una relación muy sensual.

Cuando conseguía separarme de ella (sólo durante el día, matiz importante), disfrutaba descorriendo las cortinas y observando el horizonte. Ante mí se abría un prado inmenso y de un color verde que sólo se puede encontrar en paisajes del norte. Las ovejas que allí residían no parecían moverse en toda la jornada y, sin embargo, lo hacían. Allí estaban, bajo la luz del sol y bajo la lluvia (que solía ser el factor climático dominante) inamovibles. Perennes. Como si el tiempo no pasara por ellas.

Me encantaba apoyar la frente en el cristal y sentir el contraste del calor hogareño con la temperatura externa. Olía a frío, sabía a invierno permanente.

Al abrir la puerta de mi habitación, llegaba a la cocina/sala de estar. Allí preparaba desayuno para dos, pues solía ser la primera en levantarme… Y también en acostarme. Azúcar con un toque de té para mí; café con un toque de azúcar para ella.

La puerta de la habitación de al lado se abría, y dos ojos verdes aún adormecidos reparaban en mi presencia. Conseguía esbozar un breve: “bhjdfenos hjfrjías”, en el que mostraba sus claros avances en la lengua holandesa. Yo me reía.

Y aún con una sonrisa, me giraba para mirar hacia la ventana. Me preguntaba qué sería de mí aquel día. Y aquella semana. Me preguntaba por los días de lluvia y por los de sol. También por qué faltaba para llenar la nevera. Y por qué tés adquirir para la colección. Me preguntaba cómo era posible que existieran tantas diferencias entre mi cultura y la de aquel país. Me preguntaba si el clima les había enfriado también un poco el corazón…

Lo que me sacaba de mi ensimismamiento, para mi suerte, no era otra cosa que un abrazo. Un abrazo de ojos verdes que contrarrestaba con su calidez todo el frío de aquellas mañanas.

Fue la mejor experiencia de mi vida. Y juro que volveré a Utrecht. Quizá no hoy, puede que mañana…



The June. 


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Psicología para todos.

ALZHEIMER

Yo la miraba. Y la veía exactamente igual que cuando nos conocimos, hacía ya más de veinte años. Seguía teniendo el mismo brillo dulzón en sus ojos de color caramelo. Y la misma sonrisa pícara. En su picardía me perdía, y no me importaba no volverme a encontrar.

Seguía observándome cada día con la curiosidad y la emoción propias de alguien que se va enamorando con el caminar de las agujas del reloj: lenta e intensamente. Esa sensación propia del principio de toda relación, cuando sobre todo, dominan la ilusión y el anhelo.

Con ella, cada día recomenzaba la aventura de amar a alguien. Hacía meses que ella amanecía y se acostaba olvidándome y recordándome de nuevo.

Al principio fueron pequeños detalles: se despistaba con mi nombre, se le olvidaba a qué hora volvía del trabajo (y se angustiaba bastante con esto), o se paraba a hablar con gente que, en realidad, no la conocía en absoluto.

Poco a poco se volvió algo más hostil. Se dio cuenta de que se estaba olvidando hasta de sí misma y cayó en una profunda agonía. La pagaba conmigo y yo lo entendía, pues no podía imaginar cómo debía ser esa sensación horrible de saber que todos tus recuerdos almacenados durante años se van… Y tú con ellos.

Se resignó, supongo. Y recuperó algo de paz con el tiempo. Yo seguía amándola como nunca, aunque no siempre estaba seguro de que ella recordara haberme amado. Un día se levantó y me preguntó: Y tú, ¿quién eres?

Fue ahí cuando fui plenamente consciente de lo que estaba sucediendo. Y dolía, como duele el frío y como quema el fuego. La perdía, día tras día. En realidad, hacía meses que la estaba perdiendo. Su cabeza expulsaba todas sus memorias, y a mí con ellas. Aseguro que no se puede imaginar una tristeza más grande que la que yo experimenté en aquellos momentos.

Pero no pensaba dejarla. Cada mañana le contaba nuestra historia como un cuento. Y su mirada se iluminaba como la de un niño, sin saber muy bien qué parte de todo lo que le contaba era real o pura fantasía. Y, sin embargo, brillaba.

Sabía que llegaría un día en el que todo aquello dejaría de tener sentido para ella, pero poco me importaba ya. Yo aún recordaba quién era ella, y ése era motivo más que suficiente para permanecer a su lado. Y para amarla.



The June. 



martes, 10 de diciembre de 2013

El amor y otros desastres



Y entre lágrimas contenidas, Ana escribía:

“Porque lo que ahora mismo necesito, es perdonarme a mí misma. Volverme a querer y valorarme tal y como soy, no permitir que las cosas que ocurren a mi alrededor cobren más importancia de la que tienen, no dejar que esas nimiedades me hagan tan chiquitita que llegue casi a desaparecer.

Tenerme en cuenta, saber lo que quiero y luchar por ello. O dejarme llevar, pero porque eso sea lo que quiero, no dejar que mis decisiones dependan de lo que crean los demás que necesito. 

No sé si quiero seguir adelante con esta relación. No sé si me compensa más lo bueno o lo malo, o si el desgaste ha llegado a tal extremo que es imposible que todo vuelva a ser como antes.

Me siento totalmente confusa, perdida, sin saber qué rumbo tomar. Odio ser tan impaciente, odio no ser capaz de esperar a que las cosas lleguen a su ritmo. 

La relación ya no es bonita, no hay besos de amor, no hay caricias de pasión, ni hay ternura contenida. Ya no existe esa atracción que no se pueda esconder, ni esa ansia de no perder a la otra persona.

Monotonía, cariño por lo que fue y pudo haber sido, despago por lo que nunca ha ocurrido, decepción porque ya todo terminó. 

Te he querido y me he sentido querida. Ha sido otro tipo de amor diferente al que tuve. Sin embargo, hemos llegado a tal punto en que la relación no puede seguir adelante. 

Sé que me va a doler, que le voy a echar de menos, que habrá días en que me muera de ganas porque estuviera a mi lado, pero cuando todo eso cese, habrá un nuevo comienzo. Una nueva persona que me devuelva la ilusión, o, al menos, un tiempo en que me dedique simplemente a mí misma. Creo que es eso lo que necesito, ver qué es lo mejor para mí, cuidarme, estudiar lo que quiero, hacer ejercicio, quedar con muchas personas diferentes, descubrir nuevas personas, descubrir nuevos rincones del mundo, descubrir horizontes que me abran nuevas expectativas. 

Pero todo ello, ya sin ti.”

 The June

sábado, 7 de diciembre de 2013

Habla la experiencia.

De polos opuestos

Hace poco llegué a la conclusión de que podría hacer una lista enorme con las cosas que no me gustan. De hecho, ¿por qué no?, voy a explayarme aquí mismo.

Tengo pánico a las tormentas y no soporto los días de lluvia. Me da la sensación de que el cielo llora, y así es como empatizo con las nubes. Sin embargo, he de admitir que son las mejores noches para dormir.

Sufro una terrible aversión a las mañanas de lunes, martes y miércoles. El jueves y el viernes me caen algo mejor.

No soporto madrugar, y menos aún en vacaciones. De empalmar ya, ni hablamos.

Odio la impuntualidad, sobre todo en invierno. Odio el invierno. No me gusta el frío, ni me gustan los días sin luz.

El café y el vino no son para mí.

Queda científicamente demostrado que no tolero ni una sola legumbre. No puedo con ellas. Hay algo en su forma y su sabor que… No puedo con ellas.

Las mentiras me superan. No soporto lidiar con personas que, cuando se enfadan, se quedan calladas y no te ofrecen ninguna clave sobre cómo actuar al respecto. Las amistades de todo o nada son claramente un error. Las lecciones morales dejan de ser necesarias cuando sabes que alguna vez has pensado, hecho o dicho lo mismo que en otra persona estás tratando evitar.

No me gustan los silencios, esos que se generan porque las palabras mueren y queda sólo un vacío. No es lo mismo que quedarse dormido en el aliento suspendido del otro. Esos son mis silencios favoritos.

No me gusta sentirme controlada. No me gusta que me den órdenes. No me gusta que me levanten la voz.

No me gustan las despedidas, ni los abrazos cortos. Me frustra entender y no ser comprendida. También saber manejar los momentos difíciles de los demás y que no suceda igual a la inversa. A veces, con un simple abrazo basta.

Y podréis pensar que me quejo de vicio, pero lo cierto es que no. Odiaré la impuntualidad eternamente, pero muchas de las personas que adoro jamás aprenderán el significado de ser puntual. No soportaré las lentejas, pero por muchos años me quedarán dos opciones: las tomas o las dejas. La gente seguirá mintiendo y dando lecciones morales que me tocará volver a escuchar. Seguirá habiendo silencios incómodos. Y despedidas. Y abrazos cortos.

Porque la vida, como el mundo, tiene dos polos. Y siempre habrá cosas que no nos gusten, que no soportemos, que queramos cambiar en los demás y en nosotros mismos.

Las cosas que no nos gustan nos ayudan a valorar mucho más las que nos fascinan. Después de un silencio incómodo puede venir una sonrisa. Y una carcajada que resonará en tu cabeza mientras intentas conciliar el sueño. Después de un abrazo corto (y quizá impuntual), uno eterno. Después de una tormenta, un precioso día de sol.

Lo mejor de una discusión es la reconciliación que le sigue. Y reconciliarse con uno mismo. El mundo está hecho de polos opuestos para que la vida se convierta en una aventura. ¿Qué sentido tendría, si no, vivirla?




The June. 



viernes, 6 de diciembre de 2013

Habla la experiencia...





Y llega ese día en que bebes tres cubatas, hoy solo tres porque no quieres estar un par de días en standby como la semana pasada. Ese día que sales, quedas a las doce de la noche a cenar y a las once y media te replanteas mil veces si salir o no porque te mueres de ganas por quedarte en el sofá viendo una peli con la mantita. Esa noche, en la que por fin sales (porque son tus amigos) y la discoteca no puede estar más petada de gente. Ese momento en que te haces un chupito de Jagger del que te arrepentirás por completo a la mañana siguiente. Música para sordos, empujón arriba y empujón abajo y humo por doquier para rematar el overbooking de tus sentidos. Pero lo peor no ha llegado todavía, al día siguiente litros y litros de agua no son suficientes para compensar la resaca que te acecha. Antes esto no me pasaba, te repites una y otra vez, y por un momento te das cuenta de lo rápido que han pasado los último años, de todo lo que has cambiado, aprendido, madurado e interiorizado y por un momento, la resaca pasa a un segundo plano y vuelves a sonreír. =)


martes, 3 de diciembre de 2013

Quiero seguir viajando contigo.



Le dije que hiciéramos alguna locura. Que nos marcháramos a perseguir el amanecer de orilla a orilla de la playa. Él quería coger el coche y yo no quería caminar sola.

Nos subimos. Nos abrochamos los cinturones y partimos hacia el infinito. Sonaba “Paradise”, de Coldplay. Realmente parecíamos estar cerca del paraíso.

De vez en cuando me miraba a través del espejo retrovisor, fugazmente. Yo le sonreía para que asumiera que en ese lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaban, le veía el alma y la traducía a mi idioma.

Mi corazón latía, y casi podía escuchar el suyo bombear al mismo ritmo: un poco acelerado, un poco romántico.

El semáforo estaba en rojo, pero no para nosotros. No lo vimos venir. Él no pudo frenar. Nos embistió de pleno y no pude evitar sentir miedo, más que nunca. Y dolor. Dolía todo. Nuestros cuerpos se daban contra el coche, y contra sí mismos. Sentí tirones, sentí golpes, sentí cristales clavándose por todas partes. Y por mi cabeza pasaban miles de recuerdos por segundo, a cual más feliz que el anterior…

De repente, acabó todo. Tan extraño y rápido como empezó. Me miré, y le miré a él. Nuestros cuerpos sufrían y sufrirían unas semanas más. Pero estábamos vivos, los dos. Nos desabrochamos los cinturones que nos habían salvado y nos arropamos en el abrazo más largo del mundo. Sabía a alivio, sabía a vida.

Quiero seguir viajando contigo, me dijo. Hoy sigue siendo el mejor compañero de viaje.

*

Le dije que hiciéramos alguna locura. Que nos marcháramos a perseguir el amanecer de orilla a orilla de la playa. Él quería coger el coche y yo no quería caminar sola.

Nos subimos. Yo me abroché el cinturón y discutimos porque, una vez más, él se negaba a ponérselo. Al final, le dejé hacer y partimos hacia el infinito. Sonaba “Paradise”, de Coldplay. Realmente parecíamos estar cerca del paraíso.

De vez en cuando me miraba a través del espejo retrovisor, fugazmente. Yo le sonreía para que asumiera que en ese lapso de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaban, le veía el alma y la traducía a mi idioma.

Mi corazón latía, y casi podía escuchar el suyo bombear al mismo ritmo: un poco acelerado, un poco romántico.

El semáforo estaba en rojo, pero no para nosotros. No lo vimos venir. Él no pudo frenar. Nos embistió de pleno y no pude evitar sentir miedo, más que nunca. Y dolor. Dolía todo. Nuestros cuerpos se daban contra el coche, y contra sí mismos. Sentí tirones, sentí golpes, sentí cristales clavándose por todas partes. Y por mi cabeza pasaban miles de recuerdos por segundo, a cual más feliz que el anterior…

De repente, acabó todo. Tan extraño y rápido como empezó. Me miré, y le miré a él.

Sangraba, sangraba muchísimo. Su cabeza estaba apoyada en el volante, y su mirada inerte se posaba mirando hacia mí.

Me desabroché el cinturón a toda prisa, buscando el ritmo que hacía escasos segundos acompañaba al de mi corazón. Pero no estaba. Se había ido. Le abracé y le grité que volviera, aunque una parte de mí sabía que nunca más iba a escuchar mi voz. Ni yo la suya. Se había ido para siempre y acababa de llevarse una parte de mí consigo.

Quiero seguir viajando contigo, le grité. Aún hoy se lo susurro cuando en el silencio parece ser mi única compañía.



Por el tráfico y la seguridad vial.





The June.