viernes, 24 de enero de 2014

Habla la experiencia.

Y poder decir, sin dudar un solo segundo, en ti confío


Confianza (RAE). 1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo. 2. f. Seguridad que alguien tiene en sí mismo. 3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo. 4. f. Ánimo, aliento, vigor para obrar. 5. f. Familiaridad (en el trato). 6. f. Familiaridad o libertad excesiva.

Confianza. Todos hablamos de ella, pues forma parte del repertorio habitual de nuestras vinculaciones afectivas. Y, aun siendo un abstracto, sabemos perfectamente que tenemos capacidad más que de sobra para concretarla en determinadas personas. No es algo para tomarse a la ligera, pues la confianza es una cuestión de grado que se desarrolla paulatinamente con el paso del tiempo.

Depende de múltiples factores. Entre otros, de las características de la persona que confía y de las de la persona en la que se deposita la confianza. Sin embargo, toda relación – del tipo que sea – parte de una base de confianza cero.

Esto se debe a que la confianza no se regala, ni viene dada bajo ningún concepto. Confiar en alguien significa creer en esa persona. Creer en ella, en sus virtudes y en sus defectos. Significa ser consciente de que esa persona estará ahí para ayudarte tanto cuando actúes bien como cuando lo hagas mal. Porque a mayor confianza, mayor efecto Pepito Grillo sobre nuestra conciencia. Y eso es también una cuestión de grado. 

La confianza es una especie de estructura arquitectónica que se va levantando poco a poco, y la mayor o menor confianza que depositamos en alguien también es una prueba de que podemos mostramos un poco más como nosotros mismos y menos conforme al molde social al que todos tratamos de adaptarnos en mayor o menor medida ante el escaparate llamado mundo.

Así pues, a mayor confianza en una persona dada, mayor revelación del yo mismo. Y es una espiral que se retroalimenta, puesto que poder mostrarse como uno es realmente aumenta la sensación de bienestar en compañía de esa/s persona/s y, por supuesto, la confianza.

Ya que partimos de una base cero, establezcamos una estructura del desarrollo de la confianza:

Grado -1: El/la que siempre te ha caído mal. Somos personas inevitablemente llenas de prejuicios y de sesgos cognitivos.* Estos son parcialmente evitables, pero siempre hay un par de personas (puede que más) a los que no puedes ni ver. No te agrada su forma de mirar, ni de vestir, casi ni de respirar. Del tonito ya, ni hablamos. Puede que por efecto de esa distorsión mental percibamos que, además, son personas que creen estar por encima de los demás o que su auto-confianza les permita ser así realmente. En cualquier caso, no les confiarías tu vida ni aunque te quedara un último suspiro. Mejor guardarlo por si aparece alguien de algún escalón superior.

Grado 0: ¿Me guardas el sitio? Estás en la cola para comprar y alguien se te acerca con mirada de súplica y te hace semejante petición. Valoras rápidamente la situación y aceptas el desafío, porque, ¿cómo le vas a hacer el desplante al señor o señora, mujer u hombre, niño o niña que te ha puesto ojitos? No te conoce de absolutamente nada, pero te ha elegido a ti. Es el comienzo de una gran amistad, no quepa duda.

Grado 1: Ya me lo darás. Típico. Bajas a comprar pipas, chicles, una revista de música o gusanitos. Lo que sea, el caso es que cuando vas a pagar te faltan céntimos - o un euro -. También típico, el kiosquero de toda la vida te dice: Anda, tira, que ya me lo darás. No sabes hasta qué punto tal invitación es literal o no, pero de momento las gónadas vuelven a su lugar de origen. Es posible que el tendero ni siquiera se acuerde en próximas visitas porque eres su cliente número uno y casi tienes la mitad de las acciones del kiosco en tu poder. Sin embargo, otra opción harto plausible es que tenga controlado más o menos tu lugar de residencia y vaya a buscarte si no cumples con la afirmación en futuro. Es cuestión de asumir riesgos. Y de confianza.

Grado 2: ¿Me guardas el sitio? No os equivoquéis, no es igual que la anterior. No es lo mismo guardar un sitio que… ¡pedir que te lo guarden! Llegas a la cola del supermercado y te das cuenta de que se te ha olvidado el champú alisador con queratina, proteína de perla, de seda, frescor cítrico y sin gluten, por si acaso. En ese momento de pánico miras a tu alrededor y evalúas la situación. Buscas a alguien a quien ponerle ojitos – es la estrategia social por antonomasia – hasta que consigues depositar tu confianza más total y absoluta durante unos breves instantes en ese señor/señora/mujer/hombre/niño o niña que te ha dedicado un guiño simpático en el que tú has visto hacerse la luz. Durante unos minutos, esa persona se convierte en heroína y salvadora in extremis para ti. 

Grado 3: Necesito hablar. Hay personas que tienen un don para transmitir paz. Quizá no compartimos con ellas nuestro día a día, pero sabemos que siempre, siempre nos harán sentir mejor cuando todo parezca haber perdido el rumbo. Son personas con las que simplemente puede apetecer sentarse a escucharlas hablar o personas con las que, por la mera acción de escucharte, ya ejercen sobre ti un poderoso efecto terapéutico. Te hacen sentir bien. Y eso, sin lugar a dudas, es un componente imprescindible para la confianza.

Grado 4: Oye, ¿me dejas…? Lo que sea. Si vamos sumando niveles, tu confianza en esta persona es muy, muy fuerte.  Te puede pedir un libro, unos apuntes, un vestido, unos zapatos, un abrigo, y hasta tu colección nueva de ropa interior. Y sabes que es probable que haya cosas que no regresen nunca más a tu propiedad, pero te da igual. Al menos duermes tranquilo/a porque están con esa persona que los estará cuidando, puede que incluso mejor que tú.

Por otro lado, con esa/s persona/s es con la/s que te sientes más libre para mostrarte tal y como eres. Porque desde el principio se han abrazado a tus debilidades y las han querido casi tanto o más que a tus fortalezas. Porque se ríen contigo y te han enseñado a ser el primero capaz de reírte de ti mismo. Con ellas te desnudas – no necesariamente de forma literal, ojo – e intentas dar bajo cualquier circunstancia lo mejor de ti. Y esto siempre es recibido con la mejor de las sonrisas.

Grado 5: Sin dudar. Hay cosas que no le cuentas a nadie. Cosas que nunca comentarías salvo con un número tan reducido de personas que se cuentan con los dedos de la mano. Porque son tan importantes para ti – pilares en tu propio edificio – que llevan una parte tuya consigo. La parte que, en cierto modo, tú has permitido que tengan. La parte que, por otro lado, a lo largo de meses o años has construido con ellas.

Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que renunciar a horas de sueño por solucionar un problema, no se duerme. Ni se come. Total, el sueño y el hambre son psicológicos. Y antes morir que dejar a esas personas en la estacada.

Sabes que no te defraudarían nunca. Que si estás mal no paran de acosarte hasta que ríes, ya por pesadez. Que, si estás bien, son indudablemente la mejor compañía. Confías en su criterio antes que en el tuyo propio, porque son figuras de referencia como son los santos para los devotos. Y lo que digan va a misa.

En las guerras, contra quien sea, ponen todos sus recursos sobre la mesa y trazan un plan estratégico digno de una película de acción del cine estadounidense. En las derrotas se convierten en los mejores abrazos y en los silencios más llenos de cariño del universo. En las victorias, no hay mejor sensación que la felicidad que es compartida.

Porque la confianza, para mí, es construirse a partir de unos cimientos propios y unos cimientos prestados que hay que cuidar como si fuesen también tuyos. Porque al final, lo son. Es construirse mirando a un espejo en el que se refleja otra persona. Es sonreír de forma genuina cuando se recibe de ella una muestra de cariño. Y poder decir, sin dudar un solo segundo, en ti confío. Hasta mi vida.



*Sesgo cognitivo: dícese de cuando se produce una desviación en el procesamiento de lo que percibimos, de manera que efectuamos una distorsión o interpretación ilógica, en general llamada irracionalidad.




The June.



lunes, 20 de enero de 2014

Psicología para todos.

Afasia de Broca y Wernicke

Para Broca y Wernicke la comunicación era un acontecimiento que estaba por encima de hablar o no hablar un mismo idioma. Cuando Broca hablaba, parecía que Wernicke oyese llover.

Wernicke no lo hacía a propósito, pero le resultaba inevitable saltar de un tema de conversación a otro como si de pasar las páginas de un periódico se tratase. Y lo que Broca decía... Bueno... En un universo paralelo - así como éste - rebotaba dócilmente contra la pared. 

Tampoco es que Broca lo pusiera fácil, con su forma de hablar al más puro estilo telegráfico. Se atropellaba, se atascaba con facilidad. Y en esos atascos, Wernicke aprovechaba para pisar el acelerador y viajar a un nuevo punto de debate. Broca terminaba por limitarse a sonreír. 

Hacía tiempo que Broca había dado por imposible su pésima gramática y que Wernicke era consciente de que el proceso de comprensión en ella no funcionaba bien.

Pero Broca leía mucho, y disfrutaba sumergiéndose en la lectura. Sobre todo desde que vio su capacidad de escritura sensiblemente mermada. Le gustaba especialmente sentarse a leer lo que Wernicke escribía en sus ratos libres, cuando tenía la sensación de que nadie la observaba.

A veces ni siquiera eran historias completas, sino frases inconexas que cruzaban por su mente y acababan inexorablemente atrapadas en una hoja de papel. A veces, diez párrafos se convertían en diez historias totalmente diferentes. Era entonces cuando Broca sentía que entraba en la mente desnuda de su mujer.

Wernicke ya no leía. Se recostaba – eso sí –, en el regazo de su esposo y fingía escuchar la voz que en aquel momento la deleitaba con un relato. Y, con mucha facilidad, se dormía. Mientras tanto, Broca la contemplaba y se preguntaba si sus sueños serían tan inconexos como sus pensamientos en vigilia. 

Y, sin embargo, despiertos sus abrazos seguían teniendo todo el sentido del mundo.


La afasia de Broca (también denominada afasia motora) es un trastorno del lenguaje cuyo origen suele ser algún tipo de tumor o lesión en la arteria cerebral media que impide la irrigación sanguínea a las circunvoluciones frontales (en concreto, la tercera circunvolución frontal izquierda). Este tipo de trastorno tiene unas características muy peculiares y fácilmente observables en las personas que lo padecen, afectando fundamentalmente a la producción de habla: para empezar, se caracterizan por un tipo de habla telegráfica, poco fluida, muy costosa. En general, tienen un alto grado de agramatismo, por lo que sus construcciones sintácticas son a menudo incorrectas, mostrando serias deficiencias gramaticales. Sin embargo, su nivel de comprensión es bastante bueno, por eso el proceso de lectura – así como la escucha de una conversación – no suele verse entorpecido.

La afasia de Wernicke es otro trastorno del lenguaje cuyo origen es similar a los mencionados para la afasia de Broca pero las áreas afectadas se encuentran en las circunvoluciones temporales superior y media (área cerebral de la audición). Este trastorno, por el contrario, afecta fundamentalmente a la comprensión del habla: su gramática y su estructuración sintáctica son bastante adecuadas, y de hecho, son capaces de emitir frases y discursos completos, aunque estos en la mayoría de las ocasiones carecen de sentido. Tienen severas dificultades para comprender lo que otros les dicen o preguntan, e incluso para comprender la expresión de sus propios pensamientos. Por este motivo, el proceso de lectura se encuentra bastante entorpecido, no tanto así el de escritura. No obstante, estas personas presentarían dificultades a la hora de procesar y comprender sus propios escritos.




The June.


domingo, 19 de enero de 2014

Habla la experiencia...


Exámenes, soledad y otros caos mentales. 

Estamos permanentemente rodeados de gente, podemos incluso elegir a quién acudir según qué necesitemos: darle un abrazo a nuestra mejor amiga, llorar con nuestra madre y hasta algunos, darle un beso a nuestra pareja. Todos tienen un papel importantísimo en nuestro día a día, muchos son insustituibles e incluso llegan a ser tan imprescindibles para nosotros que no pasa un día sin que le hayamos contado cada minuto de lo que nos ha pasado.

Sin embargo, a veces queda una ligera sensación de vacío dentro de nosotros, que no sabemos cómo o con quién llenar. Y nos preguntamos mil veces qué ha provocado esa  impotencia, ¿todas las cosas que nos gustaría que nos hubieran dicho y nunca llegaron?, ¿los desengaños que nos hemos llevado cuando alguien nos ha fallado, o todos los esfuerzos que ponemos en las relaciones para que salgan bien y no lo hacen tal y como queremos…? Es difícil no decepcionarse cuando se está esperando lo que nunca llega, pero es más complicado intentar que las otras personas cambien para que se amolden a nuestra percepción sobre qué es lo correcto y lo que nosotros necesitamos. Si alguien es de determinada forma, lo será porque todas sus experiencias vitales le han llevado a pensar que esa es la mejor manera que tiene de vivir, y sí, siempre podemos aconsejar, pero no sería justo delegar nuestra felicidad al posible cambio o no de los demás. Con ello no estoy diciendo que el cambio sea imposible, si no que depende de que la propia persona considere que es lo más adecuado para sí mismo, no que los demás tomen esa decisión por él.

No sé si será porque en período de exámenes la soledad me acecha más que nunca y me cuesta horrores encontrar un ápice de luz que me devuelva el optimismo, pero tras muchas tardes de encierro en casa estudiando, siento que ese hueco que muchas veces hemos podido llegar a sentir que no conseguimos colmar, no lo va a llenar nadie más que nosotros mismos. Quizá no sea soledad, ni tampoco un vacío, si no que hemos estado buscando lo que no era: a los demás en ved de profundizar en conocernos mejor a nosotros mismos, saber qué necesitamos en cada momento, qué emoción experimentamos con cada gesto y qué queremos transmitir, nosotros como individuos, a los demás.

Queriéndonos, respetándonos y valorándonos.

The June 

jueves, 16 de enero de 2014

Habla la experiencia.

Círculos

Un círculo es una línea curva que se cierra sobre sí misma. Por este motivo, representa la unidad, lo absoluto, la perfección.”

Desde que abrimos por primera vez los ojos al nacer vamos trazando un camino que, con cada paso, se vuelve un poco más nuestro. Al principio necesitamos que nos sostengan en brazos, luego que nos den la mano para no trastabillar. Progresivamente tendemos a caminar con más seguridad y más rápido, por muchos años, hasta que llegamos a un punto en el que viaja más nuestra mente que nuestro cuerpo, llegando a necesitar en última instancia otros brazos en los que depositarnos como prueba de una inmensa y maravillosa aventura, cerrando los ojos por última vez.

¿Somos un círculo? ¿Andamos en círculos? ¿Es la vida circular?

La vida en general sigue un ciclo infinito que alterna la vida y la muerte. Prefiero pensar que existe un cierto equilibrio en la balanza, de forma que cuando el círculo de alguien se cierra, se abre el de otra persona. De esta forma, tendría sentido pensar que somos círculos conectados entre sí y no personas aisladas que caminan como autómatas por la faz de la tierra. Yo sería un poco más tú y tú serías un poco más yo, porque en el fondo nos puede unir un pasado, un presente o un futuro. O no, pero siempre resulta tranquilizador pensar de esta manera.

Y nosotros, ¿somos circulares?

Puede. Depende de qué entendamos por circular en cuanto a adjetivo calificativo. Con esto podemos referirnos a personas a las que nunca puedes llegar a conocer del todo. Personas que, por la experiencia, por vulnerabilidad, por miedo o por aprendizaje social, nunca dejan de sorprender. Son personas que cambian, que vienen y que van. Son de un lugar y de ninguno. Son personas que evolucionan como lo hace su mundo con el paso del tiempo.

Son personas que, cuando aman, no conocen límites y hacen borrosa la delgada línea que dibuja su círculo de protección. Sin embargo, esbozan una gruesa pintada cuando se cruzan con otros que no despiertan su confianza. Es una manera de protegerse a uno mismo y a las demás personas englobadas en el círculo.

Y son personas que sufren, que lloran, como las demás. Pero intentan aprender de las situaciones vividas con tal de evitar el dolor futuro y buscar la mayor satisfacción. Con la vida, con las personas que les rodean. Consigo mismas.

Son personas que disfrutan con las pequeñas cosas de la vida: la emoción de una sonrisa y un abrazo, la melodía de una canción, los atardeceres de verano, las tardes de lluvia, la brisa del otoño, el olor del mar, el calor del fuego, el frescor del agua. Ver una planta crecer o leer un buen libro. Gozar de la compañía. Vivir cada momento.

Una persona circular nunca termina de conocerse a sí misma, porque nunca termina de ser ella misma. Porque nunca termina de crecer. Las personas que la rodean la redescubren día a día. ¡Ella misma se redescubre día a día! Y cuando llega al ocaso de la vida, comprende que para cerrar su círculo sólo necesita apagar la luz.




The June. 

domingo, 12 de enero de 2014

Psicología para todos.

Neuronas espejo


Nuestro cerebro - esa máquina compleja y extraordinaria de la que ya hemos hablado en entradas anteriores -, contiene miles de millones de células encargadas de almacenar y transmitir la información que, en definitiva, explica quiénes somos y por qué actuamos del modo en que lo hacemos.

A estas células las conocemos con el nombre de neuronas.  En nuestro cerebro, como si de una empresa se tratase, hay muy diversos tipos de neuronas en cuanto a morfología y función. Ello se debe a la inmensa cantidad de procesos psicológicos que tienen lugar en esta compleja sede central a diario.

En concreto, existen unas neuronas con unas características de respuesta particularmente interesantes. Éstas responden a estímulos visuales concretos y también a reproducciones de esos estímulos, de forma que “reflejan” la acción que está siendo observada en un momento dado. Estas neuronas, que por este motivo son llamadas especulares o espejo, están implicadas en nuestra capacidad para reconocer e imitar los gestos que realizan otras personas – sobre todo, si hablamos de personas que resultan emocionalmente cercanas a nosotros –.

Además, estas neuronas juegan un papel muy importante en los aspectos relacionados con la interacción social, como la empatía. De ahí que nuestras protagonistas puedan notar cómo la emoción que siente una puede pasar a formar parte del estado anímico de la otra, así como sucede también con sus movimientos y posturas corporales que, de forma más o menos consciente, se mimetizan y se adscriben como propios de la "persona espejo".

Ella reía y reía. Y, a veces, también lloraba. En cualquier caso verla o escucharla reír era un desencadenante de mi propia risa. Y no sólo porque tuviera una risa particularmente divertida, sino porque no podía evitar sentir el contagio de esta emoción cuando la embargaba.

Así sucedía también con el llanto. Esto era, a decir verdad, mucho menos frecuente. Pero cuando la veía llorar me imaginaba cómo podía sentirse un colibrí al que le sujetaran las alas durante unos segundos. Frustración, impotencia.

Nos decían que las emociones, como casi todo, nacían y se desarrollaban en el cerebro. Nunca fui capaz de explicar por qué el dolor y la tristeza los sentía en el corazón.

Una vez me preguntó que por qué lloraba yo al verla, si para mí estaba todo en orden. Yo le dije que sentía su tristeza como mía, sin saber cómo ni por qué. Cuando tú no estás bien, añadí, yo tampoco puedo estarlo.

De la misma manera, tendíamos a sentarnos la una frente a la otra, por la mala costumbre de intentar leer más allá de las palabras... En los claroscuros de nuestros parpadeos o en las transparencias de nuestras miradas. En cualquier caso, siempre comenzábamos a hablar desde posiciones físicas totalmente distintas y, horas más tarde, nos habíamos convertido en ejes simétricos discutiendo con frenesí.

Al final alguna se atrevía a preguntar a la otra – a modo de reproche cantarín – cuál era el motivo por el que estaba siendo imitada. La que recibía la acusación de imitadora solía encogerse de hombros y murmurar, casi como una disculpa un “No te estaba imitando…”. Pese a lo certero de esta afirmación, el susurro rara vez sonaba convincente. 

Y todo esto en combinación con una expresión reveladora de profunda contrariedad, no resultaba en absoluto un impedimento para que la que cumpliera con el papel de acusadora rompiera a reír de nuevo, contagiando a la que hacía las veces de acusada, de forma que creían cerrar un círculo.

En realidad, no hacían más que trazar el óvalo de una línea curva que dibujaba el infinito.






The June. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Habla la experiencia.

Crónicas de desamor

Del amor se aprende día a día. Del desamor, si cabe, se aprende aún más.

Amores sordos. Qué difícil es entender cuando no se escucha. Qué difícil es poner remedio a una situación adversa cuando cada uno mira a un lado o, como mucho, hacia sí mismo. Qué difícil es hablar a las espaldas de esa persona que lo significa todo, y que parece que no te oye o no quiere oír la realidad. Qué difícil es hablar cuando parece que lo hacemos en idiomas distintos. Qué difícil es entonces abrir el corazón.

Amores ciegos. Y no podría deciros si estos pueden resultar más o menos dañinos que los anteriores. Significa no ver, desde luego. No ver el daño que la otra persona nos causa a diario, consciente o inconscientemente. No ver que esa persona nos envenena con la ponzoña que libera su amor… Un amor que viene y va a la merced de un ritmo en que nosotros no ponemos ni un suspiro. No ver que cada vez nos queremos menos y que a esa persona la queremos más, porque nos ha hecho creer que no encontraremos a nadie mejor. O que no somos lo suficientemente buenos como para encontrar a otro alguien que nos enseñe la verdadera felicidad. No ver que vivimos un amor asustado, escondido en una habitación contigua a la de la soledad a la que tanto tememos.

Amores niños. Todos tenemos un niño dentro de nosotros, inevitablemente. El problema llega con el complejo de Peter Pan. Ese no querer crecer ni madurar nunca. Las personas cambian y cambiamos a diferentes ritmos, eso es lo normal y esperable – puesto que cada persona es un mundo único y maravilloso –. Pero crecemos, y crecer significa asumir responsabilidades. Significa elegir, aun cuando nos gustaría poder tenerlo todo. Y quizá nos equivoquemos, pero en el día a día nos vamos a encontrar con los desafíos de cada momento y con decenas de elecciones pendientes. Crecer también significa pensar menos en uno mismo y más en la otra persona. Crecer significa intentar cumplir con lo que alguna vez prometiste. Porque no hay peor derrota que la que se produce por agotamiento, la que llega cuando nos cansamos de pelear por alguien a quien no parecemos importarle demasiado. No tanto, al menos, como las cosas que a ellos les hacen sentir bien.

Amores bucles. Sabes que amas. Crees que te ama. Pero se combina un poco el amor ciego y el amor sordo. Las señales no se perciben bien – bidireccionalmente – y llega un punto en que la relación no avanza más, se atasca. No tiene por qué haber pasado nada, pero conforme pasa el tiempo te das cuenta de que no sucederá nunca. Y habláis. Y cuando os veis el mundo se detiene, como debe ser. Pero ahí acaba todo, tan efímero como comienza. Es una espiral que puede durar todo lo que ambas partes decidan estirarlo, pues no tiene fin ni principio. Tampoco beneficio, a decir verdad. No sabes hasta qué punto eres correspondido, pero llega un momento de cansancio emocional en el que tampoco deseas saberlo. Se queda en “lo que pudo haber sido”.

Amores inexpresivos. Esos amores que existen, están ahí. Y, sin embargo, sólo somos conscientes de su existencia cuando alguien nos lo comunica. Son amores que aman en silencio, sin esperar ser amados ni atendidos. No son conscientes del daño que a largo plazo puede causar su silencio. Quizá esa persona y tú estabais hechos para estar unidos, quizá nadie se iba a mirar y comunicar tanto a través de una mirada como vosotros. Pero, una vez más, la timidez, la vergüenza, el miedo… Ese cajón de emociones negativas, ésas que construyen murallas… Esas emociones serán también motivo de arrepentimiento en la posteridad.

Amores platónicos. Todos hemos amado a alguien a quien no podíamos tener. El amor platónico va mucho más allá del amor meramente literario. Habla de personas con las que hemos cruzado una mirada fugaz en el metro, una sonrisa en la facultad… Personas con las que una noche intercambiamos un baile en una discoteca o nos preguntaron el nombre sin vacilar.

O quizá son personas que hacen nuestra vida maravillosa, en todos los sentidos. Personas que saben cómo hacernos sonreír cada día. Pero son amores imposibles, por cientos de motivos. Son personas a las que amamos de una forma especial, que tienen el poder de aparecerse en nuestros sueños y, sin que seamos conscientes, hacernos reír mientras dormimos.

Amores prohibidos. El mayor esfuerzo a la hora de escribir este texto radica en disimular mi odio más profundo hacia este tipo de amor – por llamarlo de alguna manera-. Este es el amor de los triángulos, el que habla del tercero en discordia, el que habla de una intrusión. No importa qué parte cometa el delito, el caso es que se convierte en un atentado brutal contra la confianza en la pareja. Y es posible que una infidelidad se pueda comprender (que no justificar) en base a carencias, pero las carencias – me remito a los amores sordos, por ejemplo – pueden tratar de solucionarse de diversas maneras. Una de ellas, sin duda, el diálogo. La solución fácil es caer en la tentación que nos provoca otra persona que parece tener aquello que en nuestra pareja no encontramos o hemos perdido. Y, sin embargo, no nos sentimos bien cuando engañamos con otra persona, porque sabemos que en realidad es un espejismo de felicidad. Sólo es un arma de doble filo que hiere a la persona a la que queremos y nos hiere a nosotros mismos por la falta de respeto cometida hacia el otro miembro de la relación.

Amores dominantes. Amores que ordenan, que exigen, que mandan. Esos que siempre quieren tener la última palabra. Esos que jamás preguntan tu opinión. Siempre se ha de hacer lo que su voluntad dictamine, aun sabiendo que a la otra parte le gustaría poder tener elección. Disfrazan su deseo de imposición de falsa cortesía y cordialidad. Que no os engañen: el amor de verdad pregunta siempre antes de actuar.

Acabo de describir ocho tipos de amor (desamor, más bien) que podrían considerarse los más comunes en nuestra sociedad. De ellos puedo extraer varias lecciones que me gustaría compartir en los siguientes párrafos.

Para empezar, por absurdo y evidente que parezca, escuchad. Escuchad lo que os dicen y lo que decís, porque a veces ni tan sólo en una discusión vuestros puntos de discordia serán tan dispares como para no poder llegar a un acuerdo. Y hablad. Hablad sin levantar la voz, prestando atención a la melodía que acompaña a cada palabra. Pensad que hablar las cosas no es un preludio para una discusión, sino todo lo contrario. Es un intento por cambiar algo que no está funcionando de forma que la relación pueda seguir su curso. Sin enfados, sin rencores.

Abrid los ojos y, una vez más, escuchad. Cuando muchas de las personas que os quieren os hablan de aspectos poco destacables de vuestra pareja, planteaos que la regla de sólo yo tengo razón puede estar fallando. A veces amamos tanto y con tal intensidad que nos cuesta ver las cosas que nos pueden estar destruyendo muy poco a poco. Escuchad. Puede que vuestra familia y amigos, a largo plazo, os estén haciendo un favor.

No deis nada por sentado, ni siquiera el hecho de que os amen. El amor es algo que se trabaja día a día. Cada día hay que luchar por reconquistar el corazón de esa persona. Hay que provocar sonrisas y hay que abrazarla mostrándole que soltarla es sólo un mero contratiempo y algo totalmente temporal. No ordenéis, preguntad. El amor de verdad siempre tiene en consideración las preferencias de la otra persona, por encima de las suyas propias.

Y amad. Amad incondicionalmente. Amad como si no hubiera mañana. Amad sintiéndoos libres, sintiéndoos plenos. Sintiendo que con esa persona aprendéis cada día lo que significa de verdad sonreír. Lo que significa ser feliz. Sintiendo que, ante las adversidades, sois lo suficientemente fuertes y valientes como para poner vuestro mundo patas arriba hasta solucionarlo todo. Amad sintiéndoos vivos. Amad siendo siempre vosotros mismos.



The June.  

sábado, 4 de enero de 2014

Psicología para todos.

BILINGÜISMO: EL BUENO, EL MALO Y EL INDIFERENTE


En la historia que se narrará a continuación, el bilingüismo se personifica como un matrimonio constituido por dos lenguas, aspecto que caracteriza la definición en sí misma del término.

El señor inglés y la señora francesa llevaban años firmemente asentados en la corteza cerebral de la joven Camille Laserre. Con ello queremos decir que Camille hablaba ambas lenguas desde su nacimiento, pues tanto a una como a la otra se había visto expuesta simultáneamente. No ocurría así con su amiga, Jeanette Fournier, quien hablaba francés desde el nacimiento pero había adquirido - ya en la escuela infantil - un nivel de inglés casi tan bueno como el de su lengua nativa.

Realmente, si ambas lenguas se aprendieron simultáneamente o el bilingüismo fue un proceso progresivo, no es un aspecto en exceso relevante para la historia que se detallará en adelante.

Cuando el señor inglés y la señora francesa llegaron al cerebro de Camille, se encontraron con una construcción majestuosa y que no habrían podido jamás imaginar, por decenas de descripciones idílicas que pudieran haberles ofrecido sobre su futura residencia de ensueño.

Es importante mencionar que el cerebro humano es, probablemente, una de las más complejas estructuras que se pueden hallar en la naturaleza. Además, nuestro sentido de la unicidad como personas puede explicarse en gran medida al hecho de que nunca daremos con dos cerebros iguales. Al igual que no podremos hallar dos personalidades o dos trastornos de la personalidad idénticos. Y tampoco encontraremos a dos personas que hablen un idioma de la misma manera, aun siendo su lengua nativa. Imaginad todo esto a una escala reducida.

Pero, por favor, permitidme que vuelva a la historia del señor inglés y la señora francesa. Cuando el matrimonio se apostó en el cerebro de Camille, se encontró no sólo con una residencia que quitaba el aliento, dotada de las mejores instalaciones y circuitos, sino con una serie de destacables vecinos con los que de una forma o de otra terminaron entablando relación.

Los primeros vecinos de los que hablaremos son las típicas personas con la que no nos gusta compartir los segundos que dura un ascenso o descenso en elevador. Quizás porque hablan mucho o demasiado poco, nos observan de forma extraña o cuestionan hasta el abrochamiento o no abrochamiento de un simple botón.

En el biligüismo, estos vecinos “malos” se corresponden con los efectos que la adquisición de dos lenguas tiene para los procesos de dominio de un idioma y para la fluidez verbal. Se ha comprobado que el bilingüismo implica el dominio de un vocabulario más reducido para cada idioma que en las personas monolingües. Esto suele explicarse en base al hecho de que los bilingües utilizan cada una de las lenguas con menor frecuencia que los monolingües, por lo que crean conexiones más débiles en los circuitos que facilitan la fluidez verbal.

Por otro lado, el señor inglés y la señora francesa se encontraron con un matrimonio sumamente agradable y con el que pronto establecieron una bonita amistad. Quedaban para cenar glucosa juntos, para salir a contemplar los amplios circuitos de redes neuronales que se observaban desde la corteza occipital… Y reían, como ríen a carcajadas los amigos. Una vez, este matrimonio confesó al señor inglés y a la señora francesa que conocerles había resultado ser una experiencia sumamente enriquecedora.

En el bilingüismo, estos vecinos “buenos” hacen referencia a los procesos de resolución de conflictos y al control ejecutivo. Estudios con niños han demostrado que los bilingües llevan a cabo mejor las tareas metalingüísticas - que implican controlar la atención y la inhibición -  que sus compañeros monolingües. Además, son más capaces a la hora de reconocer frases sin sentido, pero que están gramaticalmente bien construidas. Así pues, los niños bilingües son capaces de resolver conflictos y problemas con claves confusas a edades más tempranas que los monolingües. Sin olvidar que, a nivel cognitivo, el bilingüismo supone un incremento del funcionamiento cognitivo, protegiendo del declive ejecutivo que se produce de forma natural con el paso de los años.

Por último, el señor inglés y la señora francesa se encontraban de vez en cuando con esos vecinos de los que sabemos más bien poco. Apenas su nombre y en qué piso viven, pero no hemos cruzado más de dos palabras con ellos. No sabemos muy bien a qué se dedican, ni qué función cumplen. Y, sin embargo, su presencia o ausencia en el edificio cerebral no termina de pasar desapercibida.

Para el bilingüismo, estos vecinos “indiferentes” se refieren al recuerdo libre y a la memoria de trabajo. No está claro a priori si el bilingüismo afecta al desarrollo y funcionamiento de la memoria de trabajo. Por ejemplo, en tareas de recuerdo libre los bilingües obtienen peores resultados que los monolingües - aspecto que no sorprende dado que su rendimiento en tareas verbales es peor -.

Como el señor inglés y la señora francesa hay millones de combinaciones posibles de bilingüismos y de personas bilingües. Hablar dos lenguas, sin lugar a dudas, es una experiencia que influye en el funcionamiento cognitivo y, de alguna forma, también en la estructura. Y, como hemos podido observar, los efectos no son sencillos.

El “déficit” lingüístico y la ventaja sobre el control de la atención interactúan para crear una imagen ciertamente compleja de la cognición. Imagen totalmente diferente para los bilingües y para los hablantes de una sola lengua. Imagen que, pese a todo lo mencionado, no puede definirse simple y llanamente como algo bueno, malo o indiferente.



The June. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Welcome, 2014!


Un año más viene. Dejamos atrás 365 días repletos de historias, de emociones, de vivencias. De encuentros con personas que hacía meses que no veíamos. De convivencias, de discusiones, de reconciliaciones. De tomaduras de pelo y de ilusiones, de las que también se vive.

No seríamos lo suficientemente fieles a nosotras mismas si no diéramos la bienvenida al 2014 con la mejor de las sonrisas y como si pudiéramos entregarle el mejor de los abrazos. Porque sabemos que tendremos días mejores y días peores, días en los que queramos estar solos con una buena película y una cálida manta y días en los que nos apetezca salir a devorar el mundo.

Probablemente, lo más característico de un comienzo de año son las miles de promesas que nos hacemos. Con los años, las que implican aspectos materiales empiezan a perder peso en detrimento de las que proporcionan una importante satisfacción personal.

Nosotras prometemos que lloraremos y reiremos, porque las emociones seguirán haciéndonos sentir vivas. Nos pelearemos y nos empecinaremos en nuestras respectivas posturas. Pero también amaremos. Amaremos nuestras historias, nuestras aventuras. Amaremos a los que nos aman y a los que no nos quieren tanto. Amaremos lo que hacemos cada día. Amaremos nuestra vida, porque es la que hemos elegido.

Y, si estás haciendo algo que no te hace feliz, piensa que siempre estarás a tiempo de cambiarlo. Quizá ahora es el momento.

Desde aquí damos la bienvenida al 2014 y os agradecemos a todos y cada uno de vosotros y vosotras que hayáis seguido nuestras historias hasta el día de hoy. Nosotras seguiremos trabajando para que podáis continuar leyéndolas y – esperamos – disfrutándolas.
Gracias a todos.

P.D. Esperad, que aún hay más…


***


Te quiero como se quiere a la lluvia
Con un abrigo que resguarde del frío
Con una ventana para mirarla con amor.
Te quiero como se quiere a la luna
Como si escucharas a lo lejos su suspiro
Como si pudieras escribirle una canción.
Te quiero como se quiere al sol de verano
Abriendo a sus largos días tus sentidos
Dedicándole cada segundo tu atención.
Te quiero como se quiere a las cosas especiales
Esas que te recorren como escalofríos
Esas que se esconden en tu interior.
Y te quiero como sólo yo puedo quererte
Haciendo de tu corazón el mío
Haciendo de tu latido mi corazón.


Feliz cumpleaños, Justina.


The June.