Y poder decir, sin dudar un solo segundo, en ti confío
Confianza (RAE). 1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo. 2. f. Seguridad
que alguien tiene en sí mismo. 3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo. 4.
f. Ánimo, aliento, vigor para obrar. 5. f. Familiaridad (en el trato). 6. f.
Familiaridad o libertad excesiva.
Confianza.
Todos hablamos de ella, pues forma parte del repertorio habitual de nuestras
vinculaciones afectivas. Y, aun siendo un abstracto, sabemos perfectamente que
tenemos capacidad más que de sobra para concretarla en determinadas personas. No
es algo para tomarse a la ligera, pues la confianza es una cuestión de grado
que se desarrolla paulatinamente con el paso del tiempo.
Depende de
múltiples factores. Entre otros, de las características de la persona que
confía y de las de la persona en la que se deposita la confianza. Sin embargo, toda relación –
del tipo que sea – parte de una base de confianza cero.
Esto se debe
a que la confianza no se regala, ni viene dada bajo ningún concepto. Confiar en
alguien significa creer en esa persona. Creer en ella, en sus virtudes y en sus
defectos. Significa ser consciente de que esa persona estará ahí para ayudarte
tanto cuando actúes bien como cuando lo hagas mal. Porque a mayor confianza,
mayor efecto Pepito Grillo sobre
nuestra conciencia. Y eso es
también una cuestión de grado.
La confianza es una especie de estructura
arquitectónica que se va levantando poco a poco, y la mayor o menor
confianza que depositamos en alguien también es una prueba de que podemos mostramos un poco más como nosotros mismos y menos conforme al molde social al
que todos tratamos de adaptarnos en mayor o menor medida ante el escaparate
llamado mundo.
Así pues, a
mayor confianza en una persona dada, mayor revelación del yo mismo. Y es una espiral que se retroalimenta, puesto que poder
mostrarse como uno es realmente aumenta la sensación de bienestar en compañía
de esa/s persona/s y, por supuesto, la confianza.
Ya que
partimos de una base cero, establezcamos una estructura del desarrollo de la
confianza:
Grado -1:
El/la que siempre te ha caído mal.
Somos personas inevitablemente llenas de prejuicios y de sesgos cognitivos.*
Estos son parcialmente evitables, pero siempre hay un par de personas (puede
que más) a los que no puedes ni ver. No te agrada su forma de mirar, ni de
vestir, casi ni de respirar. Del tonito ya, ni hablamos. Puede que por efecto
de esa distorsión mental percibamos que, además, son personas que creen estar
por encima de los demás o que su auto-confianza les permita ser así
realmente. En cualquier caso, no les confiarías tu vida ni aunque te quedara un
último suspiro. Mejor guardarlo por si aparece alguien de algún escalón
superior.
Grado 0:
¿Me guardas el sitio? Estás en la
cola para comprar y alguien se te acerca con mirada de súplica y te hace
semejante petición. Valoras rápidamente la situación y aceptas el desafío,
porque, ¿cómo le vas a hacer el desplante al señor o señora, mujer u hombre,
niño o niña que te ha puesto ojitos? No te conoce de absolutamente nada, pero
te ha elegido a ti. Es el comienzo de una gran amistad, no quepa duda.
Grado 1:
Ya me lo darás. Típico. Bajas a
comprar pipas, chicles, una revista de música o gusanitos. Lo que sea, el caso
es que cuando vas a pagar te faltan céntimos - o un euro -. También típico, el
kiosquero de toda la vida te dice: Anda,
tira, que ya me lo darás. No sabes hasta qué punto tal invitación es
literal o no, pero de momento las gónadas vuelven a su lugar de origen. Es
posible que el tendero ni siquiera se acuerde en próximas visitas porque eres
su cliente número uno y casi tienes la mitad de las acciones del kiosco en tu
poder. Sin embargo, otra opción harto plausible es que tenga controlado más o
menos tu lugar de residencia y vaya a buscarte si no cumples con la afirmación en futuro.
Es cuestión de asumir riesgos. Y de confianza.
Grado 2:
¿Me guardas el sitio? No os
equivoquéis, no es igual que la anterior. No es lo mismo guardar un sitio que…
¡pedir que te lo guarden! Llegas a la cola del supermercado y te das cuenta de
que se te ha olvidado el champú alisador con queratina, proteína de perla, de
seda, frescor cítrico y sin gluten, por si acaso. En ese momento de pánico
miras a tu alrededor y evalúas la situación. Buscas a alguien a quien ponerle
ojitos – es la estrategia social por antonomasia – hasta que consigues
depositar tu confianza más total y absoluta durante unos breves instantes en
ese señor/señora/mujer/hombre/niño o niña que te ha dedicado un guiño simpático
en el que tú has visto hacerse la luz. Durante unos minutos, esa persona se
convierte en heroína y salvadora in
extremis para ti.
Grado 3:
Necesito hablar. Hay personas que
tienen un don para transmitir paz. Quizá no compartimos con ellas nuestro día a
día, pero sabemos que siempre, siempre nos harán sentir mejor cuando todo
parezca haber perdido el rumbo. Son personas con las que simplemente puede
apetecer sentarse a escucharlas hablar o personas con las que, por la mera acción de escucharte, ya ejercen sobre ti un poderoso efecto terapéutico. Te hacen
sentir bien. Y eso, sin lugar a dudas, es un componente imprescindible para la
confianza.
Grado 4:
Oye, ¿me dejas…? Lo que sea. Si vamos
sumando niveles, tu confianza en esta persona es muy, muy fuerte. Te puede pedir un libro, unos apuntes, un
vestido, unos zapatos, un abrigo, y hasta tu colección nueva de ropa interior.
Y sabes que es probable que haya cosas que no regresen nunca más a tu
propiedad, pero te da igual. Al menos duermes tranquilo/a porque están con esa
persona que los estará cuidando, puede que incluso mejor que tú.
Por otro
lado, con esa/s persona/s es con la/s que te sientes más libre para mostrarte
tal y como eres. Porque desde el principio se han abrazado a tus debilidades y las
han querido casi tanto o más que a tus fortalezas. Porque se ríen contigo y te
han enseñado a ser el primero capaz de reírte de ti mismo. Con ellas te
desnudas – no necesariamente de forma literal, ojo – e intentas dar bajo
cualquier circunstancia lo mejor de ti. Y esto siempre es recibido con la mejor
de las sonrisas.
Grado 5:
Sin dudar. Hay cosas que no le
cuentas a nadie. Cosas que nunca comentarías salvo con un número tan reducido
de personas que se cuentan con los dedos de la mano. Porque son tan importantes
para ti – pilares en tu propio edificio – que llevan una parte tuya consigo. La
parte que, en cierto modo, tú has permitido que tengan. La parte que, por otro
lado, a lo largo de meses o años has construido con ellas.
Si hay que
llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que renunciar a horas de
sueño por solucionar un problema, no se duerme. Ni se come. Total, el sueño y
el hambre son psicológicos. Y antes
morir que dejar a esas personas en la estacada.
Sabes que no
te defraudarían nunca. Que si estás mal no paran de acosarte hasta que ríes, ya
por pesadez. Que, si estás bien, son indudablemente la mejor compañía. Confías
en su criterio antes que en el tuyo propio, porque son figuras de referencia como son los santos para los devotos. Y
lo que digan va a misa.
En las
guerras, contra quien sea, ponen todos sus recursos sobre la mesa y trazan un
plan estratégico digno de una película de acción del cine estadounidense. En
las derrotas se convierten en los mejores abrazos y en los silencios más llenos
de cariño del universo. En las victorias, no hay mejor sensación que la
felicidad que es compartida.
Porque la
confianza, para mí, es construirse a partir de unos cimientos propios y unos
cimientos prestados que hay que cuidar como si fuesen también tuyos. Porque al
final, lo son. Es construirse mirando a un espejo en el que se refleja otra
persona. Es sonreír de forma genuina cuando se recibe de ella una muestra de
cariño. Y poder decir, sin dudar un solo segundo, en ti confío. Hasta mi vida.
*Sesgo cognitivo: dícese de
cuando se produce una desviación en el procesamiento de lo que percibimos, de
manera que efectuamos una distorsión o interpretación ilógica, en general
llamada irracionalidad.
The June.