jueves, 24 de abril de 2014

Habla la experiencia.

Desconéctame, por favor

Creo que tenía unos quince años, más o menos. Por aquel entonces, las dudas existenciales se resolvían con larguísimas llamadas telefónicas en las que no dejabas de preguntarte: ¿y cómo se escuchará mi voz?, mientras que las pequeñas riñas tenían solución fácil y rápida: un encuentro entre amigos. Y cualquier momento era más que apropiado.

Yo recuerdo vivir sin Facebook, sin Twitter, sin Whatsapp y sin Instagram. Bueno, a decir verdad, recuerdo que hubo una época en mi vida en la que no estuvieron presentes. No mentiré diciendo que no soy usuaria habitual de cualquiera de los cuatro.

Y he ahí la crítica – y autocrítica, por supuesto -. ¿Qué nos está pasando?

Ya poca gente utiliza el teléfono para escuchar la voz – sí, esa melodía tranquilizadora – de otras personas. Y, en las quedadas, no puede faltar un momento de silencio en el que cada uno de los miembros aprovecha para evadirse del grupo y dirigir su atención a asuntos ajenos, quizá sin importancia. Asuntos de caracteres contados que por alguna razón han pasado a interesarnos más que las personas que nos rodean.

Nos aterroriza la idea de la robotización de la humanidad, el mero hecho de estar plagados de máquinas mucho más inteligentes que la población, aunque no puedan sentir como nosotros lo hacemos. Bien, debo advertir que vamos camino de nuestra propia autodestrucción.

Somos tan inteligentes que obviamos nuestra ignorancia. No nos damos cuenta de que caminamos como autómatas. Ya nadie se para a mirar si el día es gris, o si brilla el sol… ¿Se ve la luna entre los edificios de la ciudad? ¿Qué forma tiene esa nube?

Cuando camino por la calle, parezco ser la única estúpida que levanta la cabeza del teléfono de vez en cuando para comprobar que estoy viva. ¿Por qué?

¿Desde cuándo es más importante un estado en una red social que la noticia contada por tu amiga? ¿Desde cuándo un chiste es más gracioso por una red social que contado en una reunión de amigos? Quizá nos faltó escuchar. ¿Desde cuándo la última hora de conexión es una muestra de amor? ¿Acaso una persona, pongamos tu pareja, no tiene derecho a no poder dormir? ¿Y si es tu última conexión la que le quita el sueño? ¿Desde cuándo necesitamos que nos digan qué guapísimos y guapísimas somos a través de miles y millones de selfies cada día?

Las redes sociales pueden ser útiles, sí. Y también pueden hacer mucho daño, demasiado. Porque no hemos dejado de ser vulnerables, ni de necesitar el cariño y la presencia de los demás. En un entorno tan competitivo como el actual, la escala a la que necesitamos ser amados se ha multiplicado exponencialmente, ergo necesitamos saber que nos quieren en todo momento del día.

Pero no os engañéis: ningún “me gusta” os va a hacer sentir mejor que una persona mirándoos con todo el amor del mundo y diciéndoos: qué guapo/a estás. Ningún retweet de un comentario gracioso será tan placentero como escuchar la risa de un amigo cuando se lo cuentes. Y ningún whatsapp nos alegra tanto como un: ¡buenos días, princesa!, acompañado de un abrazo.

Quizá nos hemos equivocado desde el principio. Quizá nos ha parecido la manera más cómoda de refugiarnos y esconder nuestros miedos. A lo mejor, todo se habría solucionado más fácilmente si, desde el primer momento, nos hubiésemos tumbado a la sombra de un árbol con esa persona, o con ese amigo o amiga con un libro de García Márquez entre las manos. Probablemente, nos ahorraríamos vivir en un futuro Cien años de soledad.



The June. 

lunes, 21 de abril de 2014

Historias de amor.

Inés

A veces, la parte buena de contar una historia varias veces es que terminas por entender por qué acabó. Lo siento por esta avanzadilla, quizá innecesaria, pero pienso que siempre es mejor tener conocimiento de toda la verdad.

Llegué a una estación de ferrocarril completamente vacía. Acababa de bajarme de un tren de recorrido muy, muy largo. Al principio de dicho camino en aquel tren, pude ver decenas de paisajes variopintos, de todos los tonos y colores, con miles de variedades de flores. A través del cristal podía casi tocarlas, casi olerlas. Desde luego, las sentía conmigo.

Al cabo de semanas, quizá meses o años… Lo cierto es que no puedo recordar muy bien en qué momento del trayecto la gama cromática comenzó a reducirse hasta quedarse en tonos grises, sin luz. La vida, la alegría… Todo lo que podía contemplar y sentir había desaparecido hasta tal punto que dejé de mirar por la ventana.

Esperé un tiempo, deseando volver a sentir el calor de los paisajes de antaño. Nunca regresaron.

Y por ese motivo me apeé en una estación que parecía encontrarse tan vacía y lúgubre como yo. Allí pasé largo tiempo sumida en una profunda soledad y en un silencio que acababa haciendo ruido.

Sin embargo, no tanto como el de otro tren que se escuchaba a lo lejos. La estación no indicaba el destino, ni tampoco la locomotora en sí misma, mas no dudé en subir. ¿Por qué? Todo en aquel transporte parecía indicarme que fuera adonde fuere, yo encontraría otro paisaje de color.

Arrancamos… Y mi felicidad volvió como los girasoles, cuando el primer rayo de sol se los devolvió a mis ojos entre campos y campos de flores. Campos y campos de vida, y de latidos de los que crecían por allí, libres. Había también montañas vestidas de pinos y plantaciones infinitas de cebada y trigo. Y, de nuevo los girasoles, las flores de colores, las montañas. Más girasoles y más montañas. Una y otra vez.

Tardé bastante en comprender que el tren avanzaba en círculos. Más que avanzar, se desplazaba, ¿para qué mentir? Y no parecía cansarse de dar vueltas a los mismos paisajes cientos de veces, día tras día.

Yo sí me cansé. Aunque me costó, aborrecí los girasoles, y las montañas picudas y aquellos campos tostados por el sol. Todo.

Una vez más, me bajaba de un tren sabiendo que me había equivocado de dirección, pero todavía esperando poder corregir el recorrido.

Esperé. Estuve mucho tiempo sola. Llegó el invierno y trajo consigo frío, viento y carámbanos de hielo a modo de decoración de una estación que empezaba a parecerme una broma macabra del destino. Y yo seguía sola, esperando que algún tren me llevara de vuelta a casa.

Fue como si alguien hubiese escuchado mi pensamiento: comencé a escuchar el motor del ferrocarril en la distancia, cada vez más fuerte… Hasta que se detuvo frente a mí. Enseguida me di cuenta de que estaba en el mismo que había abandonado meses atrás, pero había tenido tiempo más que suficiente para echar de menos las vistas: los girasoles, las montañas, los campos…

También muy pronto, mucho antes que la vez primera, dejaron de captar mi atención las cosas que veía por la ventana. Todo me parecía lo mismo, hasta de un mismo color. Mi visión había unificado aquel paquete de estímulos en un tono ocre. Casi del mismo tono que el sol que me prometí no volver a ver sentada en aquel lugar jamás.

El tren se alejó, aunque no fue el único. Poco a poco, dejé de escuchar el sonido de sus motores. Poco a poco, empecé a escuchar más fuertes mis pasos al caminar. Y mi risa al entender que nadie podía transportarme mejor que yo misma.


The June

jueves, 17 de abril de 2014

Habla la experiencia.

Culpable, dijeron

Culpa. Culpa. Culpa. Hoy hablo de ella porque es la típica palabra que encabeza mi lista de más odiadas. No os imagináis el daño que puede hacer su uso cotidiano, aunque la pobre no sea consciente de ello.

Supongo que os habréis dado cuenta de que os encanta, como suele bien decirse, ver la paja en el ojo ajeno. Es decir, yo hice tal o tal otra cosa porque tú… Es que si tú hicieras esto o esto otro… Esto nunca habría pasado si yo hubiese…

Es sencillo: aparentemente, lo que hacemos nosotros siempre queda mucho mejor. Ergo, cuando alguien hace algo que nos perturba o nos incomoda, se convierte ipso facto en culpable de semejante atroz acción.

Culpable. tienes la culpa. Fue por mi culpa… ¿Cuántas veces escuchará el sol estas palabras a lo largo de un día? ¿Y a lo largo de una vida? ¿Por qué?

La culpa es una estrategia que utilizamos, muchas veces sin darnos cuenta, como un escudo protector. No siempre la persona a la que señalamos implacablemente como culpable es la única y absoluta responsable del evento del que se la acusa. Y ahí está la clave, pues la culpa es uno de los sentimientos más venenosos que existe.

Es ponzoña, es tóxica. Por eso, intentamos eliminarla de nuestro camino, preferimos que salpique a otros antes que pasar por la sensación de miseria que puede llegar a provocar. Antes de que nos envenene, huimos. Tratamos como sea de escapar.

Y nunca nos hemos dado cuenta de que quizá es una simple palabra la que puede cambiarlo todo. ¿Da igual si te digo: esto que ha sucedido es culpa tuya que esto es tu responsabilidad?

La palabra culpa encierra un significado peyorativo de ataque, de agresión. Significado, no obstante, que la propia sociedad le ha atribuido con el tiempo. El significado es increíblemente similar al de responsabilidad, y al mismo tiempo, muy distinto.

De nuevo un porqué: la palabra culpa, tal y como la conocemos, hace referencia a algo que sucedió o no sucedió pero ya no puede ser cambiado. Algo pasivo, que será objeto de reproche y de sufrimiento. Sin embargo, la palabra responsabilidad implica algo activo, crecimiento. Crecimiento por ser mucho más consciente de todos nuestros actos, de sus consecuencias y de qué podríamos hacer o no hacer para mejorar en el futuro. Lo sucedido, como dijimos en entradas anteriores, no puede cambiarse. Pero siempre se puede aprender de todo lo que vivimos.

Y por eso debemos dejar de sentirnos culpables. Pase lo que pase, nuestras experiencias nos ayudan a crecer y a construir lo que somos día a día. Y, de eso, somos única y absolutamente responsables.

The June.


domingo, 13 de abril de 2014

Historias de amor.

Nerea

Un Erasmus puede cambiarte la vida. Sobre todo, si sucede en Noruega.

Llegué tarde, como suele ser habitual en mí, y fue entonces cuando conocí al resto del grupo que había venido de la misma ciudad que yo. Allí estaba él, uno más. Sin embargo, el único que captó mi atención.

Me pareció un poco estúpido. De hecho, nos caímos fatal. Tuvo a bien hacer un comentario despectivo sobre mi ropa, comentario por el que decidí que acababa de entrar en mi lista negra. Para colmo, íbamos a vivir seis meses en la misma residencia.

Supongo que no ayudó que, cuando vino a presentarse junto con un amigo, le cerrara la puerta en las narices. Lo sé, no fue demasiado acertado. En mi defensa diré que acababan de despertarme, y que estaba atravesando un momento bastante complicado.

Contra todo pronóstico, las cosas no tardaron en empezar a cambiar.

Hacíamos vida todos juntos y, cuando el resto se marchaba, él se quedaba en mi cuarto. Poco a poco nos fuimos conociendo y comenzó a surgir algo que ninguno de los dos podía explicar.

Pero no podía ser tan fácil. A una de mis amigas le gustaba, por lo que yo terminé por negar cualquier tipo de emoción que pudiera haberse despertado en mí. Era simple: no podía ser.

Para facilitar esta negación, comencé a instar a mi amiga a que pasara más tiempo con él. Ella, no obstante, contaba con el impedimento propio de vivir en otra residencia. Y, sí. Inevitablemente, yo seguía pasando más tiempo que nadie con él.

Dormir juntos se convirtió en algo habitual, aunque nunca había ocurrido nada entre nosotros.

Una noche, al salir de fiesta, él intentó besarme. Yo le paré. Seguía pensando que no era posible. Hasta que, en otra celebración, nos quedamos mirando en silencio. Compartiendo esa sensación de no decir nada y decirlo todo. Le habría besado, sin dudar.

Pero, en su lugar, insté a mi amiga a que se declarara. Y, esa noche, fueron ellos los que durmieron juntos. La conversación que siguió a tal evento fue algo que escuché aunque no debía haber escuchado. Sin embargo, no negaré que lo que entonces oí me hizo sumamente feliz.

Cuando ella se declaró, él le dijo que no sentía lo mismo. Que sentía algo por mí.

Esa tarde, de forma muy extraña, llamó a mi puerta en lugar de abrirla y entrar directamente, como solía hacer. Todo era demasiado formal, pese a que él no podía saber lo que yo había oído.

Y, entonces, fue cuando yo casi lo eché todo a perder. Salimos de fiesta y tuve un encuentro con un Erasmus francés. No debí haberle besado, pero en aquel momento la influencia de mi amiga para hacerlo fue inmensa. Imparable. 

Él se enfadó mucho. Especialmente, porque todos fueron testigos de la escena. Y, de nuevo, durmió con mi amiga. Al parecer, esa noche llegó a aborrecerla a raíz del tono burlesco con el que hablaba de lo que acababa de acontecer. 

Ese fin de semana me fui de viaje a Oslo. Al regresar, él seguía siendo muy frío y distante conmigo. Apenas me hablaba. Por ello, harta de la situación, subí a su habitación y conseguí que ambos nos sincerásemos un poco. No fue una declaración explícita, aunque todo quedó claro a partir de ese punto.

Cuando terminamos de hablar, bajamos a mi habitación. Una de mis amigas decía no tener mis llaves y la otra no daba señales de vida. Así que, de repente, él tuvo una idea: me subió a su habitación, me puso unas zapatillas de correr y una sudadera y bajamos a la calle. Allí no quedaba un alma.

Entonces me dijo: grita. Y grité, ambos gritamos. Voceábamos como locos por el bosque hasta el cementerio. Allí volvimos a estar muy cerca, pero aparentemente seguíamos estando muy lejos. Me abrazó y entonces supe que estaba conmigo.

Cuando regresamos, mis amigas se habían encargado de despertar a todo el mundo porque no sabían dónde estábamos, y las encontramos cuando estaban a punto de llamar a la policía.

Esa noche dormimos juntos, pero ya todo era distinto. Esa noche me besó por primera vez. Y como ésa, ha habido miles de noches. Millones, hasta el día de hoy.




The June. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Psicología para todos.

Mutismo selectivo

Habla, me pedía mi cuidadora en el jardín de infancia. Se convirtió en una especie de súplica, como un cántico de esperanza cuasi religiosa. Pero, para mí, se había vuelto una melodía más de mi entorno habitual. Algo así como oír llover, o escuchar las hojas con el viento temblar.

Habla. Veía una mezcla de miedo, preocupación, anhelo. Necesitaba escuchar mi voz mientras, para mí, no había nada más confortable que el silencio.

Habla. Y, cuanto más me insistían, más largos se hacían los vacíos de mi voz.

Cada mañana me levantaba y corría a darle un abrazo a mi madre. Ella me acurrucaba entre sus brazos unos minutos antes de iniciar los diferentes rituales que transformaban a una pequeña bella durmiente en una perfecta señorita.

Y parloteaba, ya lo creo que sí. Le contaba todo lo que quería hacer en el colegio, y todo lo que veía que hacían los demás niños, de forma muy semejante a cómo la televisión suele ofrecer su informativo vespertino.

Mi madre se reía y me asentía. Me preguntaba por todo de una forma tan tierna, tan dulce, tan maternal… Que era imposible hacer caso omiso a sus preguntas.

Sin embargo, las palabras se perdían en el aire en el momento en que mi padre asomaba la cabeza por la puerta. Creo que, con el tiempo, me dio por caso perdido y dejó de insistir en que hablara. Me daba un beso en la frente antes de marcharse a trabajar y otro más cuando volvía. Debo reconocer que, por aquel entonces, era la mayor muestra de cariño que nos profesábamos.

Habla, me pedía también mamá. Y yo quería hablar, pero aquel lugar - y, en sí el resto del mundo – se convertía en un universo paralelo en el que mi voz parecía perder el sentido.

Yo quería hablar pero tenía miedo, me sentía nerviosa. Alterada. Allí donde los demás sólo veían una expresión de indiferencia, se ocultaba la inmensidad de un mundo en constante ebullición. Una ebullición que hacía hervir mis palabras y las devolvía en forma de vapor al viento.

Supongo que aprendí a vivir sin miedo. Creo que comprendí que, para todos aquellos juegos en que deseaba intensamente participar, necesitaba hacer uso del habla.

Aún recuerdo cómo fue aquel primer momento en que me acerqué a un niño de ojos oscuros para preguntarle: ¿puedo jugar? Curiosamente, él me preguntó a mí: ¿hablas? Yo asentí.
Aún hoy su abrazo me estremece el alma.

The June. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Habla la experiencia.

De lo que fue y no debió haber sido… Y viceversa

Seguro que más de una mañana te has levantado - sin ganas - para mirarte al espejo y lamentar que la última copa de la noche entrara sin piedad en tu cuerpo. O, estando en el gimnasio, repetirte que la ensaimada del almuerzo quizá era más que prescindible. Alguna vez te habrás planteado: en qué mala hora di con él/ella. Otras, ¿qué habría pasado si todo hubiese sido distinto?

Arrepentimiento. Es una palabra que suele transmitir más escalofríos que sonrisas. El arrepentimiento es un sentimiento que nos acompaña cuando pensamos que hay algo que, cuando echamos la vista atrás, podríamos haber hecho de forma diferente. Y nos pesa no haber sido conscientes en su momento de que la posibilidad que en la actualidad se nos plantea como única no brillara como tal en aquel tiempo anterior.

Arrepentimiento. Es la cárcel del pasado, de los recuerdos que afloran cuando llueve en nuestros días o estos deciden torcerse sin ningún porqué. En él están encerrados todos los quise y no pude, los pensé y guardé, los dije y jamás pedí perdón. Todos los besos que nunca hemos dado, y toda muestra de amor que sabemos que ya nunca podremos dar.

Y, no obstante, es una mentira, una falacia, una obcecación. El arrepentimiento no es tan malo como siempre hemos creído. De hecho, desde tiempo inmemoriales arrepentirse significa aceptar los errores del pasado de cara al futuro. Para no volver a no decir lo que estaba escrito en un latido. Para no volver a darnos la vuelta sin ser capaces de tragarnos nuestro orgullo y decir, simplemente, lo siento. Para, por fin, querer y poder. Para no tener miedo a dar todos esos besos.

¿El arrepentimiento cambia el pasado? Claro que no. El pasado es la sombra de cada paso que damos. Nos acompaña en cada momento, pues forma parte de lo que somos. No podemos cambiar lo que algún día hicimos y a día de hoy no nos permite sentirnos plenamente orgullosos. Aunque precisamente esto es lo bello, que todo lo que hicimos o dejamos de hacer sigue formando parte de lo que hoy somos.

El pasado nos ayuda a construirnos. Sin pasado no hay futuro. ¿Arrepentirse por lo que hicimos o dejamos de hacer, por lo que hicimos o dejamos de decir? Bueno, es una opción.

La otra consiste en plantearnos qué de todo lo que nunca hicimos o dijimos podemos modificar. Y en sonreír. Probablemente nunca fue demasiado tarde para el último beso. O quizá sí, pero de alguna manera ya éramos conscientes de que aquella era la mejor decisión incluso antes de tomarla.

A fin de cuentas, las riendas de tu vida siempre han sido tuyas. Cualquier decisión pasada te ha llevado a ser lo que eres ahora. Si eres feliz, no te arrepientas, ¡al contrario! Ínflate de orgullo y vuela, siempre pensando que cada aletazo que des te llevará alto, muy alto. Te llevará hasta donde sólo tú sabes, hasta donde sólo tú quieras llegar.




The June.  

martes, 1 de abril de 2014

Psicología para todos.

Narcisismo

Me miraba al espejo y pensaba: yo lo valgo.  No había nada que no supiera hacer. De hecho, puestos a decir, yo era el mejor en todo.

Tenía unas dotes exacerbadas para el cálculo y la aritmética. Por no hablar de mi evidentísimo dominio del léxico, a la vista está.

Y la gente me quería, por supuesto. ¿Cómo no iban a hacerlo, si yo me comportaba siempre de forma amable y generosa? Era más que evidente que ninguno de ellos podía actuar con la gracia y soltura con que lo hacía yo.

Yo era inteligente. Pero no sólo inteligente: era el más listo, con diferencia, respecto al resto de personas que formaban parte de mi vida. 

Y además era guapo. Me definían unos rasgos harto exóticos que bien llamaban la atención de cualquier mujer que se me cruzara. Por supuesto, mi don innato para la seducción se convertía en un excelente colaborador a la hora de entablar una conversación por vez primera.

Eso pensaba yo. Creía, ¡no!, me consideraba poseedor de la más absoluta veracidad al afirmar todas aquellas bondades sobre mí mismo. Y estaba seguro de que nadie podía quererme y valorarme más que yo mismo, pues bien podéis observar que tenía plena constancia de mis virtudes.

Pero un día llegó ella.

Decía haber estado mirándome tanto tiempo que se le había cansado la vista. Por un momento pensé que era un piropo – peculiar, aunque tierno, de algún modo – hasta que me dijo: basta. Y aún me cuesta creer que nadie hasta aquel entonces hubiera sido capaz de hacerme parar en seco para obligarme a contemplar cómo realmente era. 

Ella me hizo entender que lo que yo valía, cerrándome en mí mismo, no era más que una pérdida de tiempo. Que la condescendencia con la que miraba a los que me rodeaban, asumiendo que ninguno de ellos podía estar a mi nivel – en ninguna de las áreas en las que yo mencionaba destacar – me había llevado a estar solo. La gente se sentaba con mi cuerpo, pero no con mi persona.

Ella me hizo comprender el desprecio que había mostrado hacia los demás, en ningún caso siendo capaz de ver más allá de mí mismo, mis necesidades e intereses. Pensaba que para mí no existían los límites y aquella fue mi mayor limitación.

Comprendí que era bueno, pero no el mejor. Comprendí que era inteligente, aunque no podía enfrentarme con la misma facilidad a todos los problemas. Comprendí que incluso en más de una ocasión me había temblado la voz.

Y supe entonces que no había podido encontrar a nadie mejor para sacarme de mi propia cárcel, y ayudarme a empezar de cero. Esta vez, queriendo al mundo que me rodeaba tanto o más que a mí mismo.



El narcisismo – patológico – consiste en una sobreestimación de las habilidades de la propia persona, así como una excesiva necesidad de admiración y afirmación. Se suele manifestar en forma de egoísmo y desconsideración hacia las necesidades y sentimientos de los demás.  
La psicología humanista, sin embargo, considera que el narcisismo patológico se relaciona con una autoestima baja.





The June.