Desconéctame,
por favor
Creo que
tenía unos quince años, más o menos. Por aquel entonces, las dudas
existenciales se resolvían con larguísimas llamadas telefónicas en las que no
dejabas de preguntarte: ¿y cómo se
escuchará mi voz?, mientras que las pequeñas riñas tenían solución fácil y
rápida: un encuentro entre amigos. Y cualquier momento era más que apropiado.
Yo recuerdo
vivir sin Facebook, sin Twitter, sin Whatsapp y sin Instagram.
Bueno, a decir verdad, recuerdo que hubo una época en mi vida en la que no
estuvieron presentes. No mentiré diciendo que no soy usuaria habitual de
cualquiera de los cuatro.
Y he ahí la
crítica – y autocrítica, por supuesto -. ¿Qué nos está pasando?
Ya poca
gente utiliza el teléfono para escuchar la voz – sí, esa melodía
tranquilizadora – de otras personas. Y, en las quedadas, no puede faltar un
momento de silencio en el que cada uno de los miembros aprovecha para evadirse
del grupo y dirigir su atención a asuntos ajenos, quizá sin importancia. Asuntos
de caracteres contados que por alguna razón han pasado a interesarnos más que
las personas que nos rodean.
Nos
aterroriza la idea de la robotización de la humanidad, el mero hecho de estar
plagados de máquinas mucho más inteligentes que la población, aunque no puedan
sentir como nosotros lo hacemos. Bien, debo advertir que vamos camino de
nuestra propia autodestrucción.
Somos tan
inteligentes que obviamos nuestra ignorancia. No nos damos cuenta de que
caminamos como autómatas. Ya nadie se para a mirar si el día es gris, o si
brilla el sol… ¿Se ve la luna entre los edificios de la ciudad? ¿Qué forma
tiene esa nube?
Cuando
camino por la calle, parezco ser la única estúpida que levanta la cabeza del
teléfono de vez en cuando para comprobar que estoy viva. ¿Por qué?
¿Desde
cuándo es más importante un estado en una red social que la noticia contada por
tu amiga? ¿Desde cuándo un chiste es más gracioso por una red social
que contado en una reunión de amigos? Quizá nos faltó escuchar. ¿Desde cuándo
la última hora de conexión es una muestra de amor? ¿Acaso una persona, pongamos
tu pareja, no tiene derecho a no poder dormir? ¿Y si es tu última conexión la
que le quita el sueño? ¿Desde cuándo necesitamos que nos digan qué guapísimos y
guapísimas somos a través de miles y millones de selfies cada día?
Las redes
sociales pueden ser útiles, sí. Y también pueden hacer mucho daño, demasiado.
Porque no hemos dejado de ser vulnerables, ni de necesitar el cariño y la
presencia de los demás. En un entorno tan competitivo como el actual, la escala
a la que necesitamos ser amados se ha multiplicado exponencialmente, ergo
necesitamos saber que nos quieren en todo momento del día.
Pero no os
engañéis: ningún “me gusta” os va a
hacer sentir mejor que una persona mirándoos con todo el amor del mundo y
diciéndoos: qué guapo/a estás. Ningún
retweet de un comentario gracioso
será tan placentero como escuchar la risa de un amigo cuando se lo cuentes. Y
ningún whatsapp nos alegra tanto como
un: ¡buenos días, princesa!, acompañado de un abrazo.
Quizá nos
hemos equivocado desde el principio. Quizá nos ha parecido la manera más cómoda
de refugiarnos y esconder nuestros miedos. A lo mejor, todo se habría
solucionado más fácilmente si, desde el primer momento, nos hubiésemos tumbado a
la sombra de un árbol con esa persona, o con ese amigo o amiga con un libro de
García Márquez entre las manos. Probablemente, nos ahorraríamos vivir en un
futuro Cien años de soledad.
The June.