Mutismo
selectivo
Habla,
me pedía mi cuidadora en el jardín de infancia. Se convirtió en una especie de
súplica, como un cántico de esperanza cuasi religiosa. Pero, para mí, se había
vuelto una melodía más de mi entorno habitual. Algo así como oír llover, o escuchar las
hojas con el viento temblar.
Habla.
Veía una mezcla de miedo, preocupación, anhelo. Necesitaba escuchar mi voz
mientras, para mí, no había nada más confortable que el silencio.
Habla.
Y, cuanto más me insistían, más largos se hacían los vacíos de mi voz.
Cada mañana
me levantaba y corría a darle un abrazo a mi madre. Ella me acurrucaba entre
sus brazos unos minutos antes de iniciar los diferentes rituales que
transformaban a una pequeña bella durmiente en una perfecta señorita.
Y
parloteaba, ya lo creo que sí. Le contaba todo lo que quería hacer en el
colegio, y todo lo que veía que hacían los demás niños, de forma muy semejante
a cómo la televisión suele ofrecer su informativo vespertino.
Mi madre se
reía y me asentía. Me preguntaba por todo de una forma tan tierna, tan dulce,
tan maternal… Que era imposible hacer caso omiso a sus preguntas.
Sin embargo,
las palabras se perdían en el aire en el momento en que mi padre asomaba la
cabeza por la puerta. Creo que, con el tiempo, me dio por caso perdido y dejó de insistir en que hablara. Me daba un beso en
la frente antes de marcharse a trabajar y otro más cuando volvía. Debo
reconocer que, por aquel entonces, era la mayor muestra de cariño que nos
profesábamos.
Habla,
me pedía también mamá. Y yo quería hablar, pero aquel lugar - y, en sí el resto
del mundo – se convertía en un universo paralelo en el que mi voz parecía
perder el sentido.
Yo quería
hablar pero tenía miedo, me sentía nerviosa. Alterada. Allí donde los demás sólo veían
una expresión de indiferencia, se ocultaba la inmensidad de un mundo en
constante ebullición. Una ebullición que hacía hervir mis palabras y las
devolvía en forma de vapor al viento.
Supongo que
aprendí a vivir sin miedo. Creo que comprendí que, para todos aquellos juegos
en que deseaba intensamente participar, necesitaba hacer uso del habla.
Aún recuerdo
cómo fue aquel primer momento en que me acerqué a un niño de ojos oscuros para
preguntarle: ¿puedo jugar? Curiosamente, él me preguntó a mí: ¿hablas? Yo
asentí.
Aún hoy su
abrazo me estremece el alma.
The
June.
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