miércoles, 9 de abril de 2014

Psicología para todos.

Mutismo selectivo

Habla, me pedía mi cuidadora en el jardín de infancia. Se convirtió en una especie de súplica, como un cántico de esperanza cuasi religiosa. Pero, para mí, se había vuelto una melodía más de mi entorno habitual. Algo así como oír llover, o escuchar las hojas con el viento temblar.

Habla. Veía una mezcla de miedo, preocupación, anhelo. Necesitaba escuchar mi voz mientras, para mí, no había nada más confortable que el silencio.

Habla. Y, cuanto más me insistían, más largos se hacían los vacíos de mi voz.

Cada mañana me levantaba y corría a darle un abrazo a mi madre. Ella me acurrucaba entre sus brazos unos minutos antes de iniciar los diferentes rituales que transformaban a una pequeña bella durmiente en una perfecta señorita.

Y parloteaba, ya lo creo que sí. Le contaba todo lo que quería hacer en el colegio, y todo lo que veía que hacían los demás niños, de forma muy semejante a cómo la televisión suele ofrecer su informativo vespertino.

Mi madre se reía y me asentía. Me preguntaba por todo de una forma tan tierna, tan dulce, tan maternal… Que era imposible hacer caso omiso a sus preguntas.

Sin embargo, las palabras se perdían en el aire en el momento en que mi padre asomaba la cabeza por la puerta. Creo que, con el tiempo, me dio por caso perdido y dejó de insistir en que hablara. Me daba un beso en la frente antes de marcharse a trabajar y otro más cuando volvía. Debo reconocer que, por aquel entonces, era la mayor muestra de cariño que nos profesábamos.

Habla, me pedía también mamá. Y yo quería hablar, pero aquel lugar - y, en sí el resto del mundo – se convertía en un universo paralelo en el que mi voz parecía perder el sentido.

Yo quería hablar pero tenía miedo, me sentía nerviosa. Alterada. Allí donde los demás sólo veían una expresión de indiferencia, se ocultaba la inmensidad de un mundo en constante ebullición. Una ebullición que hacía hervir mis palabras y las devolvía en forma de vapor al viento.

Supongo que aprendí a vivir sin miedo. Creo que comprendí que, para todos aquellos juegos en que deseaba intensamente participar, necesitaba hacer uso del habla.

Aún recuerdo cómo fue aquel primer momento en que me acerqué a un niño de ojos oscuros para preguntarle: ¿puedo jugar? Curiosamente, él me preguntó a mí: ¿hablas? Yo asentí.
Aún hoy su abrazo me estremece el alma.

The June. 

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