lunes, 21 de abril de 2014

Historias de amor.

Inés

A veces, la parte buena de contar una historia varias veces es que terminas por entender por qué acabó. Lo siento por esta avanzadilla, quizá innecesaria, pero pienso que siempre es mejor tener conocimiento de toda la verdad.

Llegué a una estación de ferrocarril completamente vacía. Acababa de bajarme de un tren de recorrido muy, muy largo. Al principio de dicho camino en aquel tren, pude ver decenas de paisajes variopintos, de todos los tonos y colores, con miles de variedades de flores. A través del cristal podía casi tocarlas, casi olerlas. Desde luego, las sentía conmigo.

Al cabo de semanas, quizá meses o años… Lo cierto es que no puedo recordar muy bien en qué momento del trayecto la gama cromática comenzó a reducirse hasta quedarse en tonos grises, sin luz. La vida, la alegría… Todo lo que podía contemplar y sentir había desaparecido hasta tal punto que dejé de mirar por la ventana.

Esperé un tiempo, deseando volver a sentir el calor de los paisajes de antaño. Nunca regresaron.

Y por ese motivo me apeé en una estación que parecía encontrarse tan vacía y lúgubre como yo. Allí pasé largo tiempo sumida en una profunda soledad y en un silencio que acababa haciendo ruido.

Sin embargo, no tanto como el de otro tren que se escuchaba a lo lejos. La estación no indicaba el destino, ni tampoco la locomotora en sí misma, mas no dudé en subir. ¿Por qué? Todo en aquel transporte parecía indicarme que fuera adonde fuere, yo encontraría otro paisaje de color.

Arrancamos… Y mi felicidad volvió como los girasoles, cuando el primer rayo de sol se los devolvió a mis ojos entre campos y campos de flores. Campos y campos de vida, y de latidos de los que crecían por allí, libres. Había también montañas vestidas de pinos y plantaciones infinitas de cebada y trigo. Y, de nuevo los girasoles, las flores de colores, las montañas. Más girasoles y más montañas. Una y otra vez.

Tardé bastante en comprender que el tren avanzaba en círculos. Más que avanzar, se desplazaba, ¿para qué mentir? Y no parecía cansarse de dar vueltas a los mismos paisajes cientos de veces, día tras día.

Yo sí me cansé. Aunque me costó, aborrecí los girasoles, y las montañas picudas y aquellos campos tostados por el sol. Todo.

Una vez más, me bajaba de un tren sabiendo que me había equivocado de dirección, pero todavía esperando poder corregir el recorrido.

Esperé. Estuve mucho tiempo sola. Llegó el invierno y trajo consigo frío, viento y carámbanos de hielo a modo de decoración de una estación que empezaba a parecerme una broma macabra del destino. Y yo seguía sola, esperando que algún tren me llevara de vuelta a casa.

Fue como si alguien hubiese escuchado mi pensamiento: comencé a escuchar el motor del ferrocarril en la distancia, cada vez más fuerte… Hasta que se detuvo frente a mí. Enseguida me di cuenta de que estaba en el mismo que había abandonado meses atrás, pero había tenido tiempo más que suficiente para echar de menos las vistas: los girasoles, las montañas, los campos…

También muy pronto, mucho antes que la vez primera, dejaron de captar mi atención las cosas que veía por la ventana. Todo me parecía lo mismo, hasta de un mismo color. Mi visión había unificado aquel paquete de estímulos en un tono ocre. Casi del mismo tono que el sol que me prometí no volver a ver sentada en aquel lugar jamás.

El tren se alejó, aunque no fue el único. Poco a poco, dejé de escuchar el sonido de sus motores. Poco a poco, empecé a escuchar más fuertes mis pasos al caminar. Y mi risa al entender que nadie podía transportarme mejor que yo misma.


The June

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