martes, 1 de abril de 2014

Psicología para todos.

Narcisismo

Me miraba al espejo y pensaba: yo lo valgo.  No había nada que no supiera hacer. De hecho, puestos a decir, yo era el mejor en todo.

Tenía unas dotes exacerbadas para el cálculo y la aritmética. Por no hablar de mi evidentísimo dominio del léxico, a la vista está.

Y la gente me quería, por supuesto. ¿Cómo no iban a hacerlo, si yo me comportaba siempre de forma amable y generosa? Era más que evidente que ninguno de ellos podía actuar con la gracia y soltura con que lo hacía yo.

Yo era inteligente. Pero no sólo inteligente: era el más listo, con diferencia, respecto al resto de personas que formaban parte de mi vida. 

Y además era guapo. Me definían unos rasgos harto exóticos que bien llamaban la atención de cualquier mujer que se me cruzara. Por supuesto, mi don innato para la seducción se convertía en un excelente colaborador a la hora de entablar una conversación por vez primera.

Eso pensaba yo. Creía, ¡no!, me consideraba poseedor de la más absoluta veracidad al afirmar todas aquellas bondades sobre mí mismo. Y estaba seguro de que nadie podía quererme y valorarme más que yo mismo, pues bien podéis observar que tenía plena constancia de mis virtudes.

Pero un día llegó ella.

Decía haber estado mirándome tanto tiempo que se le había cansado la vista. Por un momento pensé que era un piropo – peculiar, aunque tierno, de algún modo – hasta que me dijo: basta. Y aún me cuesta creer que nadie hasta aquel entonces hubiera sido capaz de hacerme parar en seco para obligarme a contemplar cómo realmente era. 

Ella me hizo entender que lo que yo valía, cerrándome en mí mismo, no era más que una pérdida de tiempo. Que la condescendencia con la que miraba a los que me rodeaban, asumiendo que ninguno de ellos podía estar a mi nivel – en ninguna de las áreas en las que yo mencionaba destacar – me había llevado a estar solo. La gente se sentaba con mi cuerpo, pero no con mi persona.

Ella me hizo comprender el desprecio que había mostrado hacia los demás, en ningún caso siendo capaz de ver más allá de mí mismo, mis necesidades e intereses. Pensaba que para mí no existían los límites y aquella fue mi mayor limitación.

Comprendí que era bueno, pero no el mejor. Comprendí que era inteligente, aunque no podía enfrentarme con la misma facilidad a todos los problemas. Comprendí que incluso en más de una ocasión me había temblado la voz.

Y supe entonces que no había podido encontrar a nadie mejor para sacarme de mi propia cárcel, y ayudarme a empezar de cero. Esta vez, queriendo al mundo que me rodeaba tanto o más que a mí mismo.



El narcisismo – patológico – consiste en una sobreestimación de las habilidades de la propia persona, así como una excesiva necesidad de admiración y afirmación. Se suele manifestar en forma de egoísmo y desconsideración hacia las necesidades y sentimientos de los demás.  
La psicología humanista, sin embargo, considera que el narcisismo patológico se relaciona con una autoestima baja.





The June. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario