Nerea
Un Erasmus puede cambiarte la
vida. Sobre todo, si sucede en Noruega.
Llegué tarde, como suele ser
habitual en mí, y fue entonces cuando conocí al resto del grupo que había
venido de la misma ciudad que yo. Allí estaba él, uno más. Sin embargo, el único
que captó mi atención.
Me pareció un poco estúpido.
De hecho, nos caímos fatal. Tuvo a bien hacer un comentario despectivo sobre mi
ropa, comentario por el que decidí que acababa de entrar en mi lista negra. Para colmo, íbamos a vivir seis meses en la misma residencia.
Supongo que no ayudó que, cuando
vino a presentarse junto con un amigo, le cerrara la puerta en las narices. Lo
sé, no fue demasiado acertado. En mi defensa diré que acababan de despertarme, y
que estaba atravesando un momento bastante complicado.
Contra todo pronóstico, las cosas no tardaron en empezar a cambiar.
Hacíamos vida todos juntos y,
cuando el resto se marchaba, él se quedaba en mi cuarto. Poco a poco nos fuimos
conociendo y comenzó a surgir algo que ninguno de los dos podía explicar.
Pero no podía ser tan fácil. A
una de mis amigas le gustaba, por lo que yo terminé por negar cualquier tipo de
emoción que pudiera haberse despertado en mí. Era simple: no podía ser.
Para facilitar esta negación,
comencé a instar a mi amiga a que pasara más tiempo con él. Ella, no obstante,
contaba con el impedimento propio de vivir en otra residencia. Y, sí.
Inevitablemente, yo seguía pasando más tiempo que nadie con él.
Dormir juntos se convirtió en
algo habitual, aunque nunca había ocurrido nada entre nosotros.
Una noche, al salir de fiesta, él
intentó besarme. Yo le paré. Seguía pensando que no era posible. Hasta que, en otra celebración,
nos quedamos mirando en silencio. Compartiendo esa sensación de no decir nada y
decirlo todo. Le habría besado, sin dudar.
Pero, en su lugar, insté a mi
amiga a que se declarara. Y, esa noche, fueron ellos los que durmieron juntos. La conversación que siguió a tal
evento fue algo que escuché aunque no debía haber escuchado. Sin embargo, no negaré que lo que entonces oí me
hizo sumamente feliz.
Cuando ella se declaró, él le dijo
que no sentía lo mismo. Que sentía algo por mí.
Esa tarde, de forma muy extraña,
llamó a mi puerta en lugar de abrirla y entrar directamente, como solía hacer.
Todo era demasiado formal, pese a que él no podía saber lo que yo había oído.
Y, entonces, fue cuando yo casi
lo eché todo a perder. Salimos de fiesta y tuve un encuentro con un Erasmus
francés. No debí haberle besado, pero en aquel momento la influencia de mi amiga para hacerlo
fue inmensa. Imparable.
Él se enfadó
mucho. Especialmente, porque todos fueron testigos de la escena. Y, de nuevo,
durmió con mi amiga. Al parecer, esa noche llegó a aborrecerla a raíz del tono
burlesco con el que hablaba de lo que acababa de acontecer.
Ese fin de semana me fui de viaje a Oslo.
Al regresar, él seguía siendo muy frío y distante conmigo. Apenas me hablaba.
Por ello, harta de la situación, subí a su habitación y conseguí que ambos nos
sincerásemos un poco. No fue una declaración explícita, aunque todo quedó claro a partir de ese punto.
Cuando terminamos de hablar,
bajamos a mi habitación. Una de mis amigas decía no tener mis llaves y la otra
no daba señales de vida. Así que, de repente, él tuvo una idea: me subió a su
habitación, me puso unas zapatillas de correr y una sudadera y bajamos a
la calle. Allí no quedaba un alma.
Entonces me dijo: grita. Y grité, ambos gritamos.
Voceábamos como locos por el bosque hasta el cementerio. Allí volvimos a estar
muy cerca, pero aparentemente seguíamos estando muy lejos. Me abrazó y entonces
supe que estaba conmigo.
Cuando regresamos, mis amigas
se habían encargado de despertar a todo el mundo porque no sabían dónde estábamos, y las encontramos cuando estaban a
punto de llamar a la policía.
Esa noche dormimos juntos, pero ya todo era distinto. Esa noche me
besó por primera vez. Y como ésa, ha habido miles de noches. Millones, hasta el día de hoy.
The June.
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