… de generaciones perdidas y encontradas
La mía, en
concreto, es la llamada generación olímpica – y, en mi caso, no precisamente
por el fondo físico, sino por aquello de las olimpiadas del ’92 - . Una
generación más, una año más de vidas que llegaban al mundo para retomar las
cuerdas de los que habían alcanzado su destino. Un ciclo que va y viene, que
viene y que va.
Nos lo
dicen, lo sugieren, lo comentan. Más de una vez he escuchado que la mía es la generación perdida. JA. Perdonadme, pero
es escuchar afirmaciones de ese calibre y sentir que me nace un sarpullido por
todo el cuerpo que tendríais que verlo; es alucinante.
No, mirad,
no. La mía – así como las generaciones colindantes – no es una generación
perdida. No os lo creáis. Los mayores dicen de nosotros que ya no mostramos respeto, que no hay
educación, que vivimos en la más absoluta despreocupación, que somos unos
cómodos y un largo etcétera.
Pertenecemos
a generaciones diferentes, y ése es
el matiz. De diferente se ha pasado a perdida,
sin ser conscientes de que a las generaciones que algún día seremos el futuro
nos están haciendo un flaco favor. Es como si los más jóvenes pensáramos que
todas las personas de generaciones anteriores son muy conservadoras, muy poco
tolerantes o qué sé yo.
Claro que
hay excepciones, pues para eso existe siempre una regla general. Me complacería
que todos – mayores y jóvenes – pensaran en alguien de su generación que ha
alcanzado todos o casi todos los objetivos que se propuso en su vida, y en
alguien que podría ser fácilmente calificado como oveja negra. Apuesto a que encontráis a alguien en todos los rangos de edad.
Las
generalizaciones son las bombas tóxicas que nos lanzamos de unos escalones de
edad a otros para realizar una queja informal acerca de algún aspecto que
echamos en falta. Los jóvenes, quizá, mayor flexibilidad. Los mayores, quizá,
mayor respeto.
Todo sería
mucho más fácil si fuéramos capaces de pararnos un segundo a intentar comprendernos. A
mirar atrás con los ojos de nuestros abuelos y pensar: Oye, vivieron una guerra
y una posguerra. Han perdido a familiares cercanos, han pasado hambre, han
vivido miserias y, aun así, aprendieron a compartirlo todo. Que de la nada se
hace un refugio general para las almas perdidas. Y aquí sí tiene sentido
utilizar la palabra perdición.
Y en tan
poco tiempo, tan poco… La nuestra es una democracia joven, y el fin de la
represión dio pie a muchos cambios sociales. Cada vez vivimos más y más rápido.
Con más gente y a la vez más solos. No me sorprende que una persona mayor mire
a su alrededor en un parque, o en el metro y piense: ¿qué va a ser de ellos?
Pero los
jóvenes hemos crecido así y éste es nuestro entorno. La mayoría no hemos pasado
hambre, ni hemos tenido problemas para ir al colegio. No hemos vivido ningún
tipo de conflicto bélico – más allá del que pudiera tener lugar con nuestros
hermanos -, ni hemos visto a nadie marcharse para no volver.
Es verdad,
la nuestra ha sido una vida – en general – más cómoda. Pero, ¿más fácil? No,
tampoco voy a menospreciarnos.
La mayoría
de nuestros abuelos y algunos de nuestros padres se han dedicado toda su vida a
un trabajo que exigía un agotador esfuerzo físico.
Notables son las consecuencias a nivel óseo y muscular que se hacen sentir con
el paso de los años, pero, ¿y nosotros?
No
trabajamos el campo, ni cuidamos animales. Y, sin embargo, ¿alguien tiene
alguna duda del esfuerzo que hacemos a nivel cognitivo? Somos la generación con mayor acceso a la información
global de la historia. Podemos conocerlo todo,
si queremos, en cuestión de segundos.
Y sí, es
cierto. Entre océanos de páginas en internet podemos perdernos. Es un riesgo
que corremos. Internet es una selva llena de peligros de los que debemos ser
conscientes y de los que aprendemos poco a poco con el paso del tiempo. También
es cierto que somos la generación
tecnológica por excelencia, y eso nos hace tener una cierta predisposición
a entendernos con las máquinas – en teoría, porque debe ser que yo nací con
tara - .
Ése es
nuestro mayor riesgo a la hora de convertirnos en una verdadera generación
perdida. Perdernos ante un acceso ilimitado a la información que nos habla de
este mundo. Perdernos entre la gente que camina a nuestro lado, más pendientes
de nuestra mera existencia que de compartir nuestras vivencias con la gente que nos rodea. Perdernos al ser una de las generaciones mejor formadas de la
historia, al tener tantas opciones de cara al futuro que no saber cuál es la
adecuada para lo que buscamos. Perdernos al no saber qué buscamos, ni qué
queremos, ni cómo vamos a conseguirlo.
Pero,
sinceramente, no creo que la nuestra sea extraña en ese sentido. Es más,
expreso mi más sincera convicción de que todas las generaciones nos hemos
sentido más de una vez algo más que perdidas.
The June.