sábado, 22 de marzo de 2014

Habla la experiencia.

¿Por qué morimos?

La muerte duele. Y nos invaden tantas preguntas cuando alguien se va… ¿le habrá dolido también? ¿Le abracé los millones de veces que debería haberlo hecho? ¿Sabía cuánto le quería? ¿Olvidaré cómo sonaba su voz cuando pase el tiempo…?

La muerte duele. Como duele el desamor, como duele una herida o un golpe.

¿Por qué duele? Desde que nacemos nos dedicamos a regalar sonrisas y a recibir pequeñas y no tan pequeñas muestras de afecto. Vivimos en sociedad, y la vida nos ofrece cada día la grata compañía de personas que transforman el gris de los días oscuros en toda una paleta de color.

Y nos entregamos. Cada vez que amamos dejamos un pedazo de nuestras almas en otras personas. Lo hacemos sin saberlo, sin ser conscientes del todo de que semejante acontecimiento está sucediendo. Son fragmentos que varían en tamaño y cantidad, pero los damos. Los damos porque queremos seguir formando parte de la existencia de otras personas, y que ellas – también sin ser conscientes – sientan que nos llevan ahí, consigo.

Cuando alguien se va, ese pedazo de alma que un día entregamos ya no regresa. Y duele, porque se ha ido. Porque desaparece una persona que dejó algo en nosotros y de la que nos queda ahora un enorme vacío. El vacío de su ausencia y el del pedacito de nuestro corazón que ha perdido su latido.

Nos duele perder a los que amamos porque nos perdemos también a nosotros mismos. Porque nosotros no nos construimos solos y una pérdida implica la nostalgia del recuerdo imperecedero de una voz que siempre sonará en nuestra memoria. De un aroma, de una mirada. De esa canción que alguna vez nos dedicaron, o de ese consejo que aplicamos años después.

Nos duele la muerte porque perdemos a alguien que amamos, y sentimos que ya nunca seremos como hasta ese momento correspondidos.

¿Y por qué morimos? Morimos porque la muerte es parte de un ciclo infinito que alterna alegría y tristeza, compañía y soledad, luz y sombra, fuerza y debilidad… Nos morimos porque formamos parte de una cadena en la que somos un eslabón, una pieza fundamental. Un preludio y un punto y final.

Morimos porque nuestro viaje al infinito termina en un punto terrenal y continúa en algún lugar donde una vez aparcamos un sueño. Porque nacemos para vivir y para soñar.

Más que morir, nos marchamos. Sólo cuando no queda nadie que nos recuerde o que sonría al pensar en nosotros. Mientras tanto, seguimos trabajando para sacar sonrisas, aun cuando sea a través de los sueños de los que todavía respiran. Porque antes de marcharnos también soñamos, y algún día los sueños de los que duermen también tendrán ocasión de vivir entre estrellas.

Para B.,


The June. 

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