¿Por qué morimos?
La muerte
duele. Y nos invaden tantas preguntas cuando alguien se va… ¿le habrá dolido también? ¿Le abracé los
millones de veces que debería haberlo hecho? ¿Sabía cuánto le quería? ¿Olvidaré
cómo sonaba su voz cuando pase el tiempo…?
La muerte
duele. Como duele el desamor, como duele una herida o un golpe.
¿Por qué
duele? Desde que nacemos nos dedicamos a regalar sonrisas y a recibir pequeñas
y no tan pequeñas muestras de afecto. Vivimos en sociedad, y la vida nos ofrece
cada día la grata compañía de personas que transforman el gris de los días
oscuros en toda una paleta de color.
Y nos
entregamos. Cada vez que amamos dejamos un pedazo de nuestras almas en otras
personas. Lo hacemos sin saberlo, sin ser conscientes del todo de que semejante
acontecimiento está sucediendo. Son fragmentos que varían en tamaño y cantidad,
pero los damos. Los damos porque queremos seguir formando parte de la
existencia de otras personas, y que ellas – también sin ser conscientes –
sientan que nos llevan ahí, consigo.
Cuando
alguien se va, ese pedazo de alma que un día entregamos ya no regresa. Y duele,
porque se ha ido. Porque desaparece una persona que dejó algo en nosotros y de
la que nos queda ahora un enorme vacío. El vacío de su ausencia y el del pedacito
de nuestro corazón que ha perdido su latido.
Nos duele
perder a los que amamos porque nos perdemos también a nosotros mismos. Porque
nosotros no nos construimos solos y una pérdida implica la nostalgia del
recuerdo imperecedero de una voz que siempre sonará en nuestra memoria. De un
aroma, de una mirada. De esa canción que alguna vez nos dedicaron, o de ese
consejo que aplicamos años después.
Nos duele la
muerte porque perdemos a alguien que amamos, y sentimos que ya nunca seremos
como hasta ese momento correspondidos.
¿Y por qué morimos? Morimos porque la muerte es parte de un ciclo
infinito que alterna alegría y tristeza, compañía y soledad, luz y sombra,
fuerza y debilidad… Nos morimos porque formamos parte de una cadena en la que
somos un eslabón, una pieza fundamental. Un preludio y un punto y final.
Morimos
porque nuestro viaje al infinito termina en un punto terrenal y continúa en
algún lugar donde una vez aparcamos un sueño. Porque nacemos para vivir y para
soñar.
Más que
morir, nos marchamos. Sólo cuando no queda nadie que nos recuerde o que sonría
al pensar en nosotros. Mientras tanto, seguimos trabajando para sacar sonrisas,
aun cuando sea a través de los sueños de los que todavía respiran. Porque antes
de marcharnos también soñamos, y algún día los sueños de los que duermen
también tendrán ocasión de vivir entre estrellas.
Para B.,
The June.
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