Déficit de atención e hiperactividad
Nunca paraba
de hacer cosas. Le costaba terminarlas, eso sí. Decía tener dentro de sí una
especie de duende que, apenas había
comenzado a realizar alguna tarea, le empujaba a cambiar de actividad por otra
que se antojaba mucho más entretenida hasta diez minutos después de haberla
empezado. Y así, una detrás de otra.
¿Sentarse un
buen rato? ¡Ni hablar! A ella la llevaba de cabeza, viaje arriba, viaje abajo.
Ahora aquí, ahora allá… Aunque su sonrisa bien valía la pena.
Él le decía:
“deprisa, más deprisa”, pero ella nunca terminaba un trazo completo. Sobre la
flor se posaba una mariposa, que al tiempo era bañada por el sol poco después
oculto entre nubes que terminaban liberando intensas lluvias.
Así sus
cuadros eran una oda a los escasos bienes infinitos del universo. Él creía que
ni ella misma entendía lo que dibujaba, porque su atención volaba de unos
elementos a otros de sus pinturas a la misma velocidad que lo hacían sus
pinceles.
Y que no le escuchaba. Ella se excusaba diciendo que era imposible seguir el hilo de sus
acelerados pensamientos, siempre vagando de aquí para allá como si la vida
fuese un frenesí.
Es un frenesí, amor. Me da miedo que te
pierdas yendo a ese paso tuyo adormecido.
Pero ella
tenía la teoría de que vivimos en círculos concéntricos que hacen que las cosas
que se importan entre sí, tarde o temprano vuelvan al mismo cauce.
Aunque yo sea como un gato y tú una pelota de
color, no importa cuántas veces rebotes en una u otra pared o cuántas veces
deje yo de mirarte porque me distraigan los rayos del sol, el arco iris o el
timbre de la puerta. Al final aterrizarás junto a la cama y yo iré a buscarte,
más rápida o más lenta, te encontraré.
De ese modo,
él parecía quedarse tranquilo. No por
mucho tiempo, pensaba ella. Y, sin embargo, el suficiente como para dibujar
un rato más. El suficiente como para transmitirle su amor a través de pinturas indefinidas y de los mil colores que bañaban sus lienzos en compañía del sol.
The June.
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