Mireia
Todo comenzó un verano. Bueno,
supongo que como otras tantas miles de historias de amor. Viajaba al pueblo -
¿qué es un verano sin pueblo? – con una amiga a pasar unos días, por aquello de
que ni en la más absoluta tranquilidad queremos estar del todo solos.
Nos encantaba la fotografía, y
Lucía tenía desde hacía poco una cámara tan buena en su poder que
aprovechábamos cualquier ocasión para escapar a algún rincón a intentar
capturar momentos.
Aquella noche no fue distinto,
aunque primero decidimos tomar algo en un bar. Casualmente, en la barra había
un chico del pueblo al que había visto alguna vez y saludado también en más de
una ocasión. Pedí algo de beber para Lucía y para mí mientras hablábamos de
cosas tan absolutamente banales como de lo que estudiábamos o dejábamos de
estudiar. Este tipo de conversaciones es bastante común entre personas que se
conocen un poco de vista y de algún intercambio pasajero de palabras más bien
contadas.
Lo que me sorprendió realmente
fue que, poco después, acudió para sentarse con nosotras y, casi sin
invitación, se adscribió a algunos de nuestros planes fotográficos de cara al futuro inmediato.
Decía conocer lugares que nos encantaría perpetuar en el tiempo de una imagen.
Paseamos hacia las afueras del
pueblo por caminos que desembocaban en otros caminos, y estos a su vez en
senderos diferentes. Pero veíamos el cielo, un regalo indescriptible para los
que vivimos en la capital. Y tratar de contar las estrellas del firmamento se
convirtió en una frustración altamente satisfactoria.
De algún modo llegamos a la
puerta del cementerio del pueblo. Para entonces, el clima que se había creado
entre los tres era totalmente distinto al del comienzo de la noche. Era cómodo,
era cálido. Nos contó que estudiaba filosofía y que componía poemas – de los
que nos leyó unos cuantos - .
En un momento de la noche, Lucía desapareció por
necesidades fisiológicas evidentes y nos quedamos él y yo solos. No lo vi
venir, aunque pueda sonar inocente. No esperaba que me besara como lo hizo,
sobre todo porque solía ser Lucía la que se llevaba el gato al agua.
Tras percatarse de la situación,
Lucía desapareció y yo decidí dejarme llevar. Su mente era un misterio que me
cautivaba y hacía que yo, por el contrario, no pudiera alejarme de allí. Fue simplemente cariño,
complicidad. Al final de la noche me dijo, sin dudar: te regalo un verano.
Yo acepté. No quise pensar ni
preocuparme por lo que pasaría después. Decidí disfrutar del tiempo que nos
habíamos prometido.
Así pasaron los días, entre
amaneceres y anocheceres que comenzaban y terminaban en nosotros.
Una noche, estando tumbados en la
cama me dijo que debía decirme algo. Se incorporó y le costó un tanto afirmar: creo que me estoy enamorando de ti. Yo,
que tampoco esperaba encontrarme con aquella combinación de letras sólo
acerté decir: ¿te das cuenta de que eso
son palabras mayores?
Pero no volvimos a hablar de
ello. Nos acomodamos y continuamos con nuestras muestras de cariño como hasta
aquel momento habíamos hecho.
El verano terminó, Yo volví a la
ciudad y él siguió estudiando fuera.
Aún le veo de vez en cuando en el
pueblo, y nos saludamos cortésmente como aquella primera noche en la que empezó
todo. Con la única diferencia de que los dos
sabemos que me regaló un verano.
The June.
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