jueves, 13 de marzo de 2014

Historias de amor.

Mireia

Todo comenzó un verano. Bueno, supongo que como otras tantas miles de historias de amor. Viajaba al pueblo - ¿qué es un verano sin pueblo? – con una amiga a pasar unos días, por aquello de que ni en la más absoluta tranquilidad queremos estar del todo solos.

Nos encantaba la fotografía, y Lucía tenía desde hacía poco una cámara tan buena en su poder que aprovechábamos cualquier ocasión para escapar a algún rincón a intentar capturar momentos.

Aquella noche no fue distinto, aunque primero decidimos tomar algo en un bar. Casualmente, en la barra había un chico del pueblo al que había visto alguna vez y saludado también en más de una ocasión. Pedí algo de beber para Lucía y para mí mientras hablábamos de cosas tan absolutamente banales como de lo que estudiábamos o dejábamos de estudiar. Este tipo de conversaciones es bastante común entre personas que se conocen un poco de vista y de algún intercambio pasajero de palabras más bien contadas.

Lo que me sorprendió realmente fue que, poco después, acudió para sentarse con nosotras y, casi sin invitación, se adscribió a algunos de nuestros planes fotográficos de cara al futuro inmediato. Decía conocer lugares que nos encantaría perpetuar en el tiempo de una imagen.

Paseamos hacia las afueras del pueblo por caminos que desembocaban en otros caminos, y estos a su vez en senderos diferentes. Pero veíamos el cielo, un regalo indescriptible para los que vivimos en la capital. Y tratar de contar las estrellas del firmamento se convirtió en una frustración altamente satisfactoria.

De algún modo llegamos a la puerta del cementerio del pueblo. Para entonces, el clima que se había creado entre los tres era totalmente distinto al del comienzo de la noche. Era cómodo, era cálido. Nos contó que estudiaba filosofía y que componía poemas – de los que nos leyó unos cuantos - . 

En un momento de la noche, Lucía desapareció por necesidades fisiológicas evidentes y nos quedamos él y yo solos. No lo vi venir, aunque pueda sonar inocente. No esperaba que me besara como lo hizo, sobre todo porque solía ser Lucía la que se llevaba el gato al agua.

Tras percatarse de la situación, Lucía desapareció y yo decidí dejarme llevar. Su mente era un misterio que me cautivaba y hacía que yo, por el contrario, no pudiera alejarme de allí. Fue simplemente cariño, complicidad. Al final de la noche me dijo, sin dudar: te regalo un verano.

Yo acepté. No quise pensar ni preocuparme por lo que pasaría después. Decidí disfrutar del tiempo que nos habíamos prometido.

Así pasaron los días, entre amaneceres y anocheceres que comenzaban y terminaban en nosotros.

Una noche, estando tumbados en la cama me dijo que debía decirme algo. Se incorporó y le costó un tanto afirmar: creo que me estoy enamorando de ti. Yo, que tampoco esperaba encontrarme con aquella combinación de letras sólo acerté decir: ¿te das cuenta de que eso son palabras mayores?

Pero no volvimos a hablar de ello. Nos acomodamos y continuamos con nuestras muestras de cariño como hasta aquel momento habíamos hecho.

El verano terminó, Yo volví a la ciudad y él siguió estudiando fuera.

Aún le veo de vez en cuando en el pueblo, y nos saludamos cortésmente como aquella primera noche en la que empezó todo. Con la única diferencia de que los dos sabemos que me regaló un verano.



The June. 

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