Fobias
Algunos lo llaman miedo. No podrían estar más equivocados.
Algunas personas dicen que tienen miedo a
volar… Pero suben a un avión. Por eso yo sabía que lo mío iba más allá de un
simple temor.
Hacía años
que Marta no encontraba el valor para salir de casa. Si se daba la situación de poner un
solo pie en la calle, comenzaba a sentir que le faltaba el aire, que se le
nublaba la vista… E, incluso, que podía llegar a perder la vida. Todo ello
hasta que retrocedía y volvía a sentirse sana y salva entre las paredes de su hogar.
Todas las
visitas las recibía en el domicilio. Se dedicaba a contemplar el paso de los
días a través de la ventana, manteniendo viva en su pensamiento consciente la
idea de que el mundo exterior constituía un peligro constante para su
existencia.
No podía
evitar pensar que, si cualquier cosa le sucediera estando ahí fuera, en la
inmensidad del mundo, nadie podría ayudarla. Sería como caminar entre figuras
de latón, que no reaccionarían si le faltara el aire o si se pusiera
verdaderamente nerviosa. Estaría perdida, desamparada, desprotegida. Por ello,
no había lugar mejor en el mundo que su propia residencia.
Y, al mismo
tiempo, tampoco podía dejar de sentir cierta envidia por los millones de
personas que caminaban por las calles de forma despreocupada, disfrutando del
sol, de la compañía de otras personas. ¿Por qué no? También de la lluvia.
Cuando
conocí a Marta me dijo que quería aprender a ver llover. Quería sentir las
gotas de lluvia cayendo sobre su pelo y mojando su rostro.
Yo le dije
que tendría que aprender a confiar en sí misma y también en el mundo que la
rodeaba. Ella prometió intentarlo.
Comenzamos una exposición progresiva. Para
empezar, a Marta le gustaba mirar a la gente que pasaba por la calle, por lo
que imaginar a otras personas circulando por el mundo no le causaba ningún tipo
de inquietud. Le pedí entonces que se imaginara a sí misma circulando en
compañía de su marido por las calles de la ciudad. Tuvimos que repetir esta
fase unas cuantas veces hasta que su grado de ansiedad se vio reducido.
Poco después
comenzó a imaginarse caminando sola. Y ya no sentía temor alguno.
El siguiente
paso consistió en poner a prueba lo que había estado imaginando durante varios
días. Primero, dio unos cuantos pasos – muy acompañada - hacia el exterior. Las primeras veces fueron
muy duras y le costó bastante controlar la tensión que le provocaba la novedosa situación. Pero poco a poco fue mejorando. Al cabo de unas semanas caminaba
acompañada por calles cercanas al domicilio sin mostrar señales de incomodidad.
Cuando pasó
un mes pidió poder hacerlo sola. La invité a hacerlo con una sonrisa. Salió
descalza al jardín, un tanto temblorosa. Hacía un par de horas que había dejado
de llover, pero el día continuaba oscuro.
Vi cómo
movía los dedos de sus pies para jugar con la hierba húmeda del jardín. Y,
entretanto, comenzó a llover de nuevo. Marta miró al cielo y dejó caer el
paraguas. Sonreía. Y recuerdo
perfectamente cómo disfrutó aquella tarde bailando bajo la lluvia.
Una fobia se define
como un temor irracional que se manifiesta hacia algún tipo de evento o
situación que desencadena una reacción emocional de pánico y/o ansiedad cuando
tiene lugar la exposición al objeto o evento al que la persona teme.
The June.
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