domingo, 23 de marzo de 2014

Psicología para todos.

Fobias

Algunos lo llaman miedo. No podrían estar más equivocados.

Algunas personas dicen que tienen miedo a volar… Pero suben a un avión. Por eso yo sabía que lo mío iba más allá de un simple temor.

Hacía años que Marta no encontraba el valor para salir de casa. Si se daba la situación de poner un solo pie en la calle, comenzaba a sentir que le faltaba el aire, que se le nublaba la vista… E, incluso, que podía llegar a perder la vida. Todo ello hasta que retrocedía y volvía a sentirse sana y salva entre las paredes de su hogar.

Todas las visitas las recibía en el domicilio. Se dedicaba a contemplar el paso de los días a través de la ventana, manteniendo viva en su pensamiento consciente la idea de que el mundo exterior constituía un peligro constante para su existencia.

No podía evitar pensar que, si cualquier cosa le sucediera estando ahí fuera, en la inmensidad del mundo, nadie podría ayudarla. Sería como caminar entre figuras de latón, que no reaccionarían si le faltara el aire o si se pusiera verdaderamente nerviosa. Estaría perdida, desamparada, desprotegida. Por ello, no había lugar mejor en el mundo que su propia residencia.

Y, al mismo tiempo, tampoco podía dejar de sentir cierta envidia por los millones de personas que caminaban por las calles de forma despreocupada, disfrutando del sol, de la compañía de otras personas. ¿Por qué no? También de la lluvia.

Cuando conocí a Marta me dijo que quería aprender a ver llover. Quería sentir las gotas de lluvia cayendo sobre su pelo y mojando su rostro.

Yo le dije que tendría que aprender a confiar en sí misma y también en el mundo que la rodeaba. Ella prometió intentarlo.

Comenzamos una exposición progresiva. Para empezar, a Marta le gustaba mirar a la gente que pasaba por la calle, por lo que imaginar a otras personas circulando por el mundo no le causaba ningún tipo de inquietud. Le pedí entonces que se imaginara a sí misma circulando en compañía de su marido por las calles de la ciudad. Tuvimos que repetir esta fase unas cuantas veces hasta que su grado de ansiedad se vio reducido.

Poco después comenzó a imaginarse caminando sola. Y ya no sentía temor alguno.

El siguiente paso consistió en poner a prueba lo que había estado imaginando durante varios días. Primero, dio unos cuantos pasos – muy acompañada -  hacia el exterior. Las primeras veces fueron muy duras y le costó bastante controlar la tensión que le provocaba la novedosa situación. Pero poco a poco fue mejorando. Al cabo de unas semanas caminaba acompañada por calles cercanas al domicilio sin mostrar señales de incomodidad.

Cuando pasó un mes pidió poder hacerlo sola. La invité a hacerlo con una sonrisa. Salió descalza al jardín, un tanto temblorosa. Hacía un par de horas que había dejado de llover, pero el día continuaba oscuro.

Vi cómo movía los dedos de sus pies para jugar con la hierba húmeda del jardín. Y, entretanto, comenzó a llover de nuevo. Marta miró al cielo y dejó caer el paraguas. Sonreía. Y recuerdo perfectamente cómo disfrutó aquella tarde bailando bajo la lluvia.


Una fobia se define como un temor irracional que se manifiesta hacia algún tipo de evento o situación que desencadena una reacción emocional de pánico y/o ansiedad cuando tiene lugar la exposición al objeto o evento al que la persona teme. 


The June.


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