martes, 11 de marzo de 2014

Habla la experiencia.

… de generaciones perdidas y encontradas

La mía, en concreto, es la llamada generación olímpica – y, en mi caso, no precisamente por el fondo físico, sino por aquello de las olimpiadas del ’92 - . Una generación más, una año más de vidas que llegaban al mundo para retomar las cuerdas de los que habían alcanzado su destino. Un ciclo que va y viene, que viene y que va.

Nos lo dicen, lo sugieren, lo comentan. Más de una vez he escuchado que la mía es la generación perdida. JA. Perdonadme, pero es escuchar afirmaciones de ese calibre y sentir que me nace un sarpullido por todo el cuerpo que tendríais que verlo; es alucinante.

No, mirad, no. La mía – así como las generaciones colindantes – no es una generación perdida. No os lo creáis. Los mayores dicen de nosotros que ya no mostramos respeto, que no hay educación, que vivimos en la más absoluta despreocupación, que somos unos cómodos y un largo etcétera.

Pertenecemos a generaciones diferentes, y ése es el matiz. De diferente se ha pasado a perdida, sin ser conscientes de que a las generaciones que algún día seremos el futuro nos están haciendo un flaco favor. Es como si los más jóvenes pensáramos que todas las personas de generaciones anteriores son muy conservadoras, muy poco tolerantes o qué sé yo.

Claro que hay excepciones, pues para eso existe siempre una regla general. Me complacería que todos – mayores y jóvenes – pensaran en alguien de su generación que ha alcanzado todos o casi todos los objetivos que se propuso en su vida, y en alguien que podría ser fácilmente calificado como oveja negra. Apuesto a que encontráis a alguien en todos los rangos de edad.

Las generalizaciones son las bombas tóxicas que nos lanzamos de unos escalones de edad a otros para realizar una queja informal acerca de algún aspecto que echamos en falta. Los jóvenes, quizá, mayor flexibilidad. Los mayores, quizá, mayor respeto.

Todo sería mucho más fácil si fuéramos capaces de pararnos un segundo a intentar comprendernos. A mirar atrás con los ojos de nuestros abuelos y pensar: Oye, vivieron una guerra y una posguerra. Han perdido a familiares cercanos, han pasado hambre, han vivido miserias y, aun así, aprendieron a compartirlo todo. Que de la nada se hace un refugio general para las almas perdidas. Y aquí sí tiene sentido utilizar la palabra perdición.

Y en tan poco tiempo, tan poco… La nuestra es una democracia joven, y el fin de la represión dio pie a muchos cambios sociales. Cada vez vivimos más y más rápido. Con más gente y a la vez más solos. No me sorprende que una persona mayor mire a su alrededor en un parque, o en el metro y piense: ¿qué va a ser de ellos?

Pero los jóvenes hemos crecido así y éste es nuestro entorno. La mayoría no hemos pasado hambre, ni hemos tenido problemas para ir al colegio. No hemos vivido ningún tipo de conflicto bélico – más allá del que pudiera tener lugar con nuestros hermanos -, ni hemos visto a nadie marcharse para no volver.

Es verdad, la nuestra ha sido una vida – en general – más cómoda. Pero, ¿más fácil? No, tampoco voy a menospreciarnos.

La mayoría de nuestros abuelos y algunos de nuestros padres se han dedicado toda su vida a un trabajo que exigía un agotador esfuerzo físico. Notables son las consecuencias a nivel óseo y muscular que se hacen sentir con el paso de los años, pero, ¿y nosotros?

No trabajamos el campo, ni cuidamos animales. Y, sin embargo, ¿alguien tiene alguna duda del esfuerzo que hacemos a nivel cognitivo? Somos la generación con mayor acceso a la información global de la historia. Podemos conocerlo todo, si queremos, en cuestión de segundos.

Y sí, es cierto. Entre océanos de páginas en internet podemos perdernos. Es un riesgo que corremos. Internet es una selva llena de peligros de los que debemos ser conscientes y de los que aprendemos poco a poco con el paso del tiempo. También es cierto que somos la generación tecnológica por excelencia, y eso nos hace tener una cierta predisposición a entendernos con las máquinas – en teoría, porque debe ser que yo nací con tara - .

Ése es nuestro mayor riesgo a la hora de convertirnos en una verdadera generación perdida. Perdernos ante un acceso ilimitado a la información que nos habla de este mundo. Perdernos entre la gente que camina a nuestro lado, más pendientes de nuestra mera existencia que de compartir nuestras vivencias con la gente que nos rodea. Perdernos al ser una de las generaciones mejor formadas de la historia, al tener tantas opciones de cara al futuro que no saber cuál es la adecuada para lo que buscamos. Perdernos al no saber qué buscamos, ni qué queremos, ni cómo vamos a conseguirlo.

Pero, sinceramente, no creo que la nuestra sea extraña en ese sentido. Es más, expreso mi más sincera convicción de que todas las generaciones nos hemos sentido más de una vez algo más que perdidas.

The June.


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