Amélie
Las semanas
se me hacían eternas, hasta que el domingo anunciaba entre luces de fiesta una
nueva ocasión para cruzarme con él. Nos buscábamos y nos encontrábamos en
aquellas noches de bailes atropellados de hace más de veinte años. Él quería bailar conmigo y a mí sus ojos me
volvían loca.
No tardamos
más de un mes en empezar a salir. Supongo que era más que evidente lo mucho que
me adoraba, y a la inversa. Un amor adolescente, de finales de los setenta. A
decir verdad, no parece muy distinta a la forma de amar que veo hoy. Y que siento hoy.
Al
principio, todo fue maravilloso. Nos veíamos los fines de semana, tiempo que resultaba ser más que suficiente para mantener vivo nuestro amor. Pronto me di cuenta de que,
alcanzado su objetivo anhelado – estar conmigo –, no tardó en cansarse y buscar
otros trofeos para añadir a su colección.
Me costó meses despertar de lo que fue una horrible pesadilla. Meses justificando acciones
que no tenían excusa alguna, intentando callar las voces de mis amigos y, sobre
todo, las de mi propia conciencia.
Meses en los
que me costaba menos bailar con mis sábanas que encontrar el sueño perdido.
Meses en los que me iba consumiendo, viendo que yo había terminado por ser una más de las otras.
Y se acabó.
Confesaré que ese despertar es la experiencia más dolorosa que se pueda vivir.
Es duro y cruel, difícil. Terminé por comprender que todo el mundo tenía razón
cuando me decía: él no es bueno para ti,
y yo era la única que le creía. Porque le quería.
Sin embargo,
hoy doy las gracias porque mi pesar durase sólo unos meses. De no haber sido
así, podría haber vivido engañada, encerrada en una pesadilla durante mucho,
mucho tiempo. Demasiado, probablemente. Y, sinceramente, no puedo estar más feliz por la vida que tengo hoy.
The June.
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