Prosopagnosia
Si hubiera
podido pedir un solo deseo, uno sólo… Habría sido poder volver a ver su cara
otra vez, tal cual la recordaba.
Da igual si
para describir lo preciosa que era utilizo diez palabras o cien mil, me temo que
sólo comprenderías lo increíble de su rostro si pudieras contemplarlo como yo lo hacía.
Todo comenzó
una noche de verano. Nos encontrábamos en una casa perdida en mitad de la nada, siendo
arropados únicamente por la madre naturaleza y un manto de estrellas
blancoazuladas que invitaban a dormir a sus pies.
Sentía el peso del agotamiento sobre mí, y que mi sangre echaba en falta una buena taza de
humeante café. O tal vez una potente bebida isotónica. Quizá era ya un poco tarde, pero
una amiga insistió en que me quedara un rato más en aquella fiesta que tanto
tiempo habíamos estado esperando.
Una hora más
tarde me subí al coche, aunque tuve que parar nada más haberlo arrancado porque
me había dejado la chaqueta en aquel estruendoso lugar. Entre segundas
despedidas y súplicas variopintas, tardé otros quince minutos en sentarme en mi vehículo, aparentemente tan cansado como yo.
Y quince
minutos después yacía inconsciente en la cuneta, arrollada por un conductor
que había decidido beber más de la cuenta, porque
controlaba.
Quizá si me
hubiera tomado un café todo habría sido distinto. Quizá habría podido aguantar
durante más tiempo bailando. Quizá si me hubiese dejado seducir por la idea de
quedarme cuando volví a por la chaqueta, nada de aquello habría pasado. Quizá,
si hubiera olvidado la chaqueta ahora todo sería distinto. Quizá si
aquel conductor hubiese decidido no beber y conducir aquella
noche, yo todavía podría ver la cara de
la persona que más quiero en el mundo.
Porque sí,
la veo. Puedo ver. Pero no reconozco su rostro cuando lo tengo delante. ¿Cómo
es posible no conocer la expresión de la persona que más se quiere en el mundo?
Prosopagnosia, dijeron. Incapacidad para reconocer los rostros de
las personas, añadieron.
Todo ello a causa de
una lesión que cada vez que recuerdo me duele en el alma mucho más que en la
cabeza, donde verdaderamente me afectó.
Pero ella
sigue aquí, nunca le ha importado. Sigue sentándose delante de mí y jugando a
que juega con mi pelo y con mi inocencia. La veo, porque cierro los ojos y sigo recordando su
mirada como si verdaderamente la tuviera delante de mí.
Ella me dice
que me quiere así, tanto o más de lo que siempre me había querido. Y que será eternamente mi cara bonita. Creo que no es
consciente de cuánta verdad hay en sus palabras.
The June.
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