lunes, 9 de junio de 2014

Psicología para todos.

Prosopagnosia

Si hubiera podido pedir un solo deseo, uno sólo… Habría sido poder volver a ver su cara otra vez, tal cual la recordaba. 

Da igual si para describir lo preciosa que era utilizo diez palabras o cien mil, me temo que sólo comprenderías lo increíble de su rostro si pudieras contemplarlo como yo lo hacía.

Todo comenzó una noche de verano. Nos encontrábamos en una casa perdida en mitad de la nada, siendo arropados únicamente por la madre naturaleza y un manto de estrellas blancoazuladas que invitaban a dormir a sus pies.

Sentía el peso del agotamiento sobre mí, y que mi sangre echaba en falta una buena taza de humeante café. O tal vez una potente bebida isotónica. Quizá era ya un poco tarde, pero una amiga insistió en que me quedara un rato más en aquella fiesta que tanto tiempo habíamos estado esperando.

Una hora más tarde me subí al coche, aunque tuve que parar nada más haberlo arrancado porque me había dejado la chaqueta en aquel estruendoso lugar. Entre segundas despedidas y súplicas variopintas, tardé otros quince minutos en sentarme en mi vehículo, aparentemente tan cansado como yo.

Y quince minutos después yacía inconsciente en la cuneta, arrollada por un conductor que había decidido beber más de la cuenta, porque controlaba.

Quizá si me hubiera tomado un café todo habría sido distinto. Quizá habría podido aguantar durante más tiempo bailando. Quizá si me hubiese dejado seducir por la idea de quedarme cuando volví a por la chaqueta, nada de aquello habría pasado. Quizá, si hubiera olvidado la chaqueta ahora todo sería distinto. Quizá si aquel conductor hubiese decidido no beber y conducir aquella noche,  yo todavía podría ver la cara de la persona que más quiero en el mundo.

Porque sí, la veo. Puedo ver. Pero no reconozco su rostro cuando lo tengo delante. ¿Cómo es posible no conocer la expresión de la persona que más se quiere en el mundo? Prosopagnosia, dijeron. Incapacidad para reconocer los rostros de las personas, añadieron.

Todo ello a causa de una lesión que cada vez que recuerdo me duele en el alma mucho más que en la cabeza, donde verdaderamente me afectó.

Pero ella sigue aquí, nunca le ha importado. Sigue sentándose delante de mí y jugando a que juega con mi pelo y con mi inocencia. La veo, porque cierro los ojos y sigo recordando su mirada como si verdaderamente la tuviera delante de mí.

Ella me dice que me quiere así, tanto o más de lo que siempre me había querido. Y que será eternamente mi cara bonita. Creo que no es consciente de cuánta verdad hay en sus palabras.


The June.



No hay comentarios:

Publicar un comentario