miércoles, 26 de noviembre de 2014

Psicología para todos.

Hipersexualidad

Algunos podrían llegar a pensar que necesitar la presencia de otro cuerpo dentro del mío, como el adicto al alcohol necesita su vaso de vino o el adicto a la heroína su inyección, no tendría por qué ser tan negativo. Craso error.

Aquella era la segunda vez que me acostaba con él. Y sentía exactamente lo mismo que la primera, nada en absoluto. Pero volvería a acostarme en una tercera ocasión con él sólo para aliviar el deseo desbordante e inexplicable que llevaba por dentro.

Llevaba así dos años, bailando de noche en noche y de cama en cama mientras buscaba esa sensación de euforia y posterior calma propia de una droga. Jamás pensé que el sexo podría considerarse como tal, pero así parecía serlo en mi caso.

Algunos lo llamaban ninfomanía, los del campo de la salud hipersexualidad... Yo prefería llamarlo obsesión. Una obsesión que me perseguía sin descanso, noche y día, de sol a sol. 

Ninguna relación me había durado mucho. De hecho, en parte por vergüenza y en parte por miedo, prefería largar al que compartiera mi cama al cabo de dos o tres noches de pasión desenfrenada antes que sentarme con él a explicarle que esa pasión nunca acababa, no conocía fin.

¿Para qué? Todos salíamos ganando. Ellos tenían su diversión sin compromiso y yo una vía de escape para una libido hiperexcitada.

Hasta que llegó él. Tenía la mirada azul y el cabello del color de las ramas. No sé cómo, pero supo desde el primer momento que algo raro pasaba. Lo decía con su voz, con sus manos, con su mirada. No parecía molestarle mi deseo sexual, pero, como poco, le intrigaba.

No sé cómo, pero consiguió que me abriera a él de una forma distinta a como lo había hecho hasta ahora con el resto de turistas por mi cama. No sé cómo, pero quizá queriéndome desde el minuto cero, se convirtió en mi mejor terapia.



The June.




lunes, 24 de noviembre de 2014

Historias de amor.

Lucía

Le conocí en una fiesta de verano. Sol, verbena, rodeada de mis amigos, de mi familia elegida. Estábamos todos acampados bajo el mismo árbol, con nuestras tiendas erguidas en una posición circular que marcaba el principio y fin de nuestro propio mundo.

Aquella noche – la primera noche – teníamos que salir a investigar. La música nos llamaba desde todos los recovecos del pueblo, y no podíamos ignorar el ritmo que marcaba los pasos de nuestros atolondrados pies.

Era el mejor amigo de mi amigo, un chico inteligente, simpático, divertido. Sentí desde el primer momento que una luz que hasta ahora languidecía dentro de mí, volvía a parpadear. Débilmente, sí, pero daba señales de conexión con sus ojos castaños.

Una de las carpas a rebosar de gente que, como nosotros, huía del cansancio buscando una explosión de energía en cada nota musical, nos acogió durante un rato. Un rato en el que me di cuenta de cuánto me había cautivado.

Habíamos perdido a una de mis mejores amigas entre la multitud, y había tal cantidad de gente apiñada que parecía imposible encontrarla entre luces de neón y restos de cubatas. Entonces, él decidió subirse al borde de una tarima para buscarla. Una idea bastante acertada, pero con tan mala fortuna que sus pies se apoyaron mal y cayó de bruces contra la fría empedrada.

Las horas siguientes las recuerdo con bastante angustia, pues la barbilla de Pedro no dejaba de sangrar. Otros dos amigos y yo estuvimos hasta la madrugada con él en el hospital, mientras los médicos apreciaban que su mandíbula iba a precisar cirugía.

Y la necesitó. Fue trasladado a casa de inmediato y mi viaje dio por concluido al día siguiente. Mensajes de ánimo, apoyo y risas empezaron a volar desde mi cama hasta la cama de su hospital, mientras comenzábamos a planear una quedada sobre un terreno llano y con un buen batido entre manos.

Cuando llegó el día no hubo nervios, ni tensión ni incomodidad alguna. Era como si siempre hubiésemos andado por la ciudad codo con codo, sonrisa con sonrisa, era como tener a mi lado a un amigo de toda la vida.

Nos sentamos en un banco y seguimos hablando, sin notar o quizá notando que la distancia entre su cuerpo y el mío se iba acortando. Aprovechó una carcajada mía para poner su mano en mi mano, y ese segundo que me costó reaccionar a su contacto, para bordarme un beso en los labios.

En las semanas siguientes, cuando terminamos las vacaciones cada uno en un lado, se me pasó por la cabeza que quizá podría no haberme extrañado.

Me di cuenta de cuánto me había equivocado en una de las últimas noches de verano, en otra verbena en mi pueblo, con mi gente, mi música y mi ambiente alocado. Pensando que, aun notándome perfectamente sobria, quizá había bebido demasiado, le vi venir hacia mí abriéndose no sin dificultad un pequeño paso.

Quise que aquel abrazo no acabara nunca, y que el tiempo se parara para poder seguir mirándolo. ¿Qué haces aquí?, pude preguntarle al final. Necesitaba verte, me dijo como si fuera algo más que evidente.

Condujo dos horas de noche con dos de mis mejores amigos sólo porque necesitaba verme. Sólo para estar conmigo un rato, para poder entregarme algunos de sus mejores abrazos.

Supe cuánto le importaba porque no dudó en buscarme cuando más me extrañaba. Sé que le sigo importando porque respiro la misma tranquilidad cada vez que su alma roza mi alma.

 
The June.




domingo, 23 de noviembre de 2014

Habla la experiencia.

El libro de los infieles

Algunos pensaréis que estamos entrando en un tema tabú, un tema sobre el que sería mejor no hablar, por no remover aguas ya calmadas o por no dañar. Nosotras creemos que la infidelidad es un tema que debe ser tratado con el mismo cuidado y delicadeza con el que tratamos otros temas de esta sección, siendo plenamente conscientes de que ignorar el término no potencia la desaparición del acto que designa. Hablemos de ella.

¿Qué es una infidelidad?
“Una infidelidad es una brecha en un vínculo establecido entre dos personas por la entrada consentida de una tercera – en ocasiones de una cuarta, cuando el vínculo se rompe bilateralmente por ambos miembros de la pareja -.” León, J.; Micó, I. (2014). The June.

Vamos, una infidelidad es una putada.  Es una fisura que hace mucho daño y que se expande a carcajada limpia mientras intenta, por otro lado, hacerse lo suficientemente grande como para lograr que la confianza caiga dentro de un pozo sin fondo y nunca más vuelva a salir.  

¿Por qué se comete una infidelidad?
Podría haber múltiples razones que expliquen – aunque no justifiquen – la ocurrencia de una infidelidad.

Muchas corrientes dentro de la Psicología entienden que la presencia de una tercera persona puede llegar a cumplir una función. Dicho de otro modo, la persona que llega ocupa un papel que alguno de los dos miembros de la pareja no subsana de forma adecuada, bien por exceso o por defecto.

Sin embargo, también hay ocasiones en las que la tercera persona simplemente aparece y despierta una atracción evidentemente correspondida por uno de los miembros de la pareja.

(Matiz: aunque se diga que la tercera persona aparece como si se depositara la responsabilidad en él/ella, el único motivo por el que se hace alusión a la tercera persona en primer lugar es porque es el elemento externo al vínculo, no porque su responsabilidad sea mayor a la de la persona que con él/ella lo rompe).

Por tanto, en los casos en los que aparentemente no hay ningún problema en la pareja, ¿qué puede explicar que suceda una infidelidad?

El ser humano, pese a ser el más racional de los animales, no suele ser monógamo por naturaleza. Algunas personas hacen honor a este estado con más frecuencia que otras, si bien la gran mayoría de la población confía en encontrar a esa persona con la que pasar el resto de su vida. Una, sólo una.

Porque al final, cuando se establece un vínculo fuerte, sólido, basado en la confianza y en el respeto mutuos, no hay cabida para terceras personas.

Las relaciones múltiples existen, pero suelen ser mucho más efímeras y vacías. No porque lo dictamine la sociedad, sino porque realmente el tiempo que invertimos en conocer y en depositar nuestra confianza y nuestro cariño en la otra (¡otras!) personas, se divide y por tanto, la propia relación se debilita.

¿Qué hacer con una infidelidad?
La eterna duda: ¿perdono y olvido? No sé si voy a poder olvidar. No sé siquiera si voy a poder perdonar…

Primer paso: Análisis de la situación en frío. Mirad, en caliente no se resuelve nada. Las reacciones pueden ser múltiples y diversas como son las personas que las experimentan: shock temporal, mutismo, llanto, gritos, etc. En ese momento nuestro nivel de activación es demasiado alto como para poder llegar a saber qué sentimos y qué necesitamos. Esperemos a que llegue la calma y dediquémonos tiempo a nosotros. Cuando estemos preparados, pensaremos sobre lo ocurrido.

¿Qué ha pasado? ¿Tiene algo que ver con la situación actual de mi relación? ¿Qué quiero ahora? ¿Qué necesito?

Segundo paso: Perdonarse a uno/a mismo/a. Cuando analicemos la situación, es posible que en alguna ocasión encontremos razones que, por nuestra parte, expliquen lo ocurrido (poca implicación en la pareja, demasiado vuelco en el trabajo, etc.). En caso de ser así, el primer paso es aceptar que así ha sucedido y que no podemos cambiar lo que ha pasado, pero sí podemos plantearnos cambiarlo de cara al futuro si nuestra pareja nos importa de verdad.

Tercer paso: Perdonar al otro. Este es el más complicado, y no todo el mundo llegará a este nivel. Hay personas que no toleran vivir con su pareja después de una infidelidad y no deja de ser una decisión perfectamente respetable.

Sin embargo, si decidimos que queremos seguir viviendo (entiéndase, compartiendo momentos y no necesariamente conviviendo en un mismo lugar) con nuestra pareja, tenemos que perdonarla enteramente. Sin reproches, sin pullitas. Si cuando nuestra pareja ha vuelto a nosotros contándonos la verdad y deseando nuestro perdón, prometiendo que lo sucedido no volvería a ocurrir, hemos decidido darle una oportunidad, tenemos que cumplir con ello en todos los sentidos.

PERO, la recuperación de la confianza, gravemente herida de guerra, es lenta y progresiva. Para que la persona que cometió la infidelidad recupere la confianza de su pareja y para que la pareja vuelva a confiar en él/ella, será necesario:

- Por parte del infractor: Transparencia e implicación total en la pareja. Debe demostrar no sólo con palabras un deseo de cambiar lo ocurrido y que su pareja verdaderamente le importa, siendo la persona con la que quiere estar por encima del todo.
- Por parte del infringido: Tolerancia. Fundamentalmente, ser muy tolerante y paciente, atendiendo a los esfuerzos y demostraciones positivas que la pareja haga para tratar de recuperar su confianza perdida.

Es difícil, por supuesto, pero la cura de un vínculo supone el esfuerzo continuo por ambas partes. Es un trabajo a dúo que se pierde en el momento en que exista cualquier tipo de ataque o recordatorio de lo que en algún momento sucedió.

Ambas partes deben ser lo suficientemente fuertes como para aprender a vivir con un error que les hizo daño. A fin de cuentas, una infidelidad no deja de ser una herida en el alma, una herida que sólo con una dedicación y un cariño infinitos puede llegar a sanar. Habla la experiencia.


The June.



viernes, 21 de noviembre de 2014

Psicología para todos.

Dislexia

Me gusta mucho María. Es una chica preciosa de mi clase de cuarto, que me hace temblar cada vez que la miro. Además de preciosa, saca unas notas muy buenas y es siempre amable con todo el mundo, aunque quizá un poco tímida.

No tanto como yo, que no me siento cómodo hablando en público, ni exponiendo trabajos, ni haciendo redacciones. Sobre todo, con esta última cuestión.

Tengo dislexia desde que nací, aunque no es un trastorno mortal, ni mucho menos. Sin embargo, es bastante molesto, porque las letras se cruzan en mi cabeza tanto cuando leo como cuando escribo, así que necesito el doble de tiempo que una persona sin dislexia para leer, para escribir… Y para estudiar, claro.

Y, aunque suene estúpido, me encantaría poder dedicarle una carta como todo adolescente normal diciéndole que me encanta cómo brilla su pelo cuando le da el sol por la mañana o que sus ojos son una auténtica maravilla, pero me da miedo querer decirle algo bonito y acabar cometiendo algún crimen gramatical por el que deje de dirigirme la palabra.

No es que hasta ahora hayamos hablado mucho, a decir verdad… Cuando me ve por los pasillos me sonríe, y también me dedica un gesto de ánimo cuando me toca salir a resolver un ejercicio, sabiendo que voy hecho un flan.

Hasta su voz es un sonido de lo más bonito. Sus: hola, Carlos, suelen hacerme tropezar y parecer estúpido. Aún más, si es que la dislexia no me hacía sentir ya bastante tonto gran parte del tiempo.

Mis amigos me animaban a hablar con ella, o a escribirle – viendo que el riesgo de taquicardia al iniciar una conversación con María era bastante elevado – pero nunca había encontrado el valor.

Hasta que una mañana, en clase de química, comencé a escribirle un poema. No sería el más bonito de la historia, ni recordaría mucho a Bécquer, pero me pareció que sonaba bien. También me pareció que estaba correctamente escrito.

Lo dejé en su mochila cuando salimos todos durante el recreo, todavía pensando que quizá había sido muy idiota. Y, arrepintiéndome de lo que acababa de hacer, quise subir el primero para coger la carta y hacerla mil pedazos… Pero allí estaba ella, sentada en el pupitre contiguo al mío.

Me miró y me dedicó una enorme sonrisa: no me habías dicho que hacías bailar las letras en tus escritos.

Nunca olvidaré aquel día. Ni olvidaré tampoco que ella sigue siendo mi motivación para seguir escribiendo, aunque las letras aún bailen en los poemas que le escribo.


The June.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

Historias de amor.

Inma

No me mires así, le dije frunciendo el entrecejo. Las cosas no han sido como esperábamos. Ni siquiera nosotros hemos sido como esperábamos. Nos encantaba mirarnos bailar y reír cuando aún creíamos en esa pequeña barrera del desconocimiento. Ahora que la hemos roto, pues nos hemos encontrado “desnudos” ante nuestra propia realidad.

Ya sé lo que estás pensando, continué. Me recordabas más simpática y más entretenida. Jurarías que hasta más guapa. Yo también recordaba reírme más contigo. Y pensar que el sol salía y se ponía en ti. Pero, no sé, las cosas cambian… Las personas cambian. No, las emociones y los pensamientos cambian. Yo te miro y sigo pensando que eres extraordinario, pero en otro tono de gris.

¿Te ríes porque piensas que estoy rematadamente loca? Sí, es posible que sea así. Es posible que tú hayas tenido algo que ver con eso. No soy fácil, no eres fácil, la suma lo hace todo bastante difícil. Además parece que nos empeñáramos desde un principio en bordar con rabia lo que ya era de por sí muy complicado.

No quiero que te enfades, ni que te tomes a mal lo que te estoy diciendo. Podemos seguir echándonos en cara todos y cada uno de los momentos en los que hemos pensado: hasta aquí, no quiero saber nada más de esto. También podríamos habernos comprometido a cambiar este aspecto.

No sé, quizá la solución no es hablar más, sino más claro. Decirnos las cosas como las sentimos, ¿no? Dejar que el río fluya puede que sólo nos lleve a ahogarnos. Quizá es eso lo que ha terminado pasando.

Te tengo enfrente y quiero tocarte, quiero abrazarte, quiero decirte que te extraño. Pero al final se nos comen los silencios que arropan todas las cosas que callamos, todo lo que nos hace daño. No sé qué más puedo decirte mientras sigues ahí, mirando.

Te invito yo a este café, y así brindamos y cerramos el último capítulo de la historia que hemos pasado. Supongo que es verdad, la hemos acabado. 




The June. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Habla la experiencia.

Hablemos de libertad

El concepto que abajo se discute sólo se aplica para las sociedades teóricamente denominadas “desarrolladas”

La libertad es un término que todos conocemos, por supuesto. Cada día nos levantamos y somos libres de decidir si iremos a clase, si asistiremos a la reunión en el trabajo, si tomaremos café o té, o si pagaremos por un carísimo menú o acabaremos en una cadena de restauración de comida rápida.

Decidimos, también libremente, el color de nuestro cabello, el tipo de alimentación que llevamos para ser personas saludables – o no tanto -, la ropa que compramos, e incluso las personas con las que nos relacionamos. Decidimos lo que pensamos, ¿no? ¿Y lo que sentimos?

Elegimos con total libertad nuestro futuro, nuestra carrera, nuestra pareja, cuál será nuestra casa, cuál será nuestro trabajo y cuántos idiomas vamos a hablar de aquí al final de nuestros días.

Probablemente a más de uno os ha chirriado ya algún ejemplo. A nosotras también, queridos.

Lo cierto es que la libertad es algo tan abstracto que parece que muchas veces ni siquiera existe. ¿Qué? ¿Cómo? Pues eso.

La libertad es algo precioso, que no siempre utilizamos de la forma adecuada. A todos nos gusta que respeten nuestra autonomía para decidir, pero también nos encanta el poder que podemos - valga la redundancia - ejercer sobre las decisiones de personas de nuestro entorno.

¡No me digas lo que tengo que hacer!, es una frase digna de alguien libre, cierto es. Probablemente no pasará un día sin que esa persona le diga a alguien: haz esto o haz esto otro.

¿Decidimos lo que comemos para ser sanos o porque hay un canon de belleza establecido? Cuidado con pasar de cierta talla, no sea que por una comida de más vayamos del infrapeso a la pre-obesidad. Cuidado con no parecerte a una de esas preciosas modelos de metro ochenta y apenas cincuenta kilos, no sea que nadie llegue a quererte nunca. Porque de fijarse en el interior ni hablamos, ¿no? Libertad.

Ausencia de ella, más bien.

¿Decidimos lo que pensamos? Da igual que sean opiniones científicas, políticas, sociales o económicas. Por supuesto, tenemos absoluta libertad para decidir lo que pensamos, pero la ausencia de información o la malversación de la misma llegan fácilmente a cruzar el umbral del engaño. Y la persona que no tiene información, ni formación, ni acceso a ella, ¿goza de la misma libertad que los demás? Los grandes dictadores de la humanidad existieron por algo.

Pero en nuestra sociedad, oh, por favor, la libertad es la reina en todos lados. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que somos verdaderos prisioneros de nuestra no-ley, de nuestro propio auto-mandato.

Ni siquiera, amigos, decidimos muchas veces lo que sentimos. No llores, no te rías, no te enfades, no refunfuñes, no te canses, no grites, no hables, no escuches, no pienses, no sientas. La gente suele caer en el garrafal error de pensar que una emoción se anula por el mero hecho de pedir que así ocurra. Os diré algo: las emociones son las que son, no se discuten.

Y quizá eso sea algo de lo más visceral y básico de nuestra condición humana, pero emocionarnos, de la forma que sea, es lo único que sí hacemos con total libertad. Quizá sea el primer paso.

La libertad es y debería ser un regalo maravilloso. Pero ser libre significa respetarte y respetar al prójimo. Significa pensar y decidir lo que tú quieras, sin coaccionar a otros. Significa llorar, y dejar llorar y reír aunque nos resulte incómodo. Libertad significa encontrar la fuerza para elegir cómo crecer buscando lo mejor para ti y para todos nosotros.



The June. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Psicología para todos.

Síndrome de Diógenes

Me sentía solo desde hacía ya algún tiempo, sobre todo desde que mi mujer quedó sólo enmarcada en las fotografías de mi habitación al fallecer. Me sentía solo, anciano y deprimido.

Para mí, mi casa era un palacio construido sólidamente a partir de cosas que nadie más quería. Donde los demás veían montones de basura y de cosas inútiles e inservibles, yo veía pequeñas piezas desvalidas y dejadas de la mano de sus dueños, esperando que algún otro se apiadara de ellas.

En mi palacio existía un refugio para casi todas y, al mismo tiempo, ellas se convertían en el refugio de mi propia soledad. Cada vez tenía menos espacio para mí y más para los artilugios que recogía, y seguía pensando que aquella era la mejor manera de llenar un vacío que no dejaba de aumentar.

A veces pasaba horas enteras, incluso días, cambiando de sitio algunas de aquellas reliquias para hacer hueco a las que aún estaban por llegar. Otras veces, el movimiento de las manecillas del reloj era el único sonido que rompía la comunicación muda entre aquella marabunta de objetos y yo.

Muchas veces me creía feliz. Me sentía satisfecho hasta que caía en la cuenta de que tanto silencio era demasiado tormento para mí. Y entonces salía en busca de nuevos compañeros de viaje, cuanto más abandonados y malheridos, mejor.

Mi hijo solía visitarme a menudo. Aunque tendía a mostrarme huraño porque, de repente, la compañía humana me molestaba un poco, cuando se marchaba sentía que había aumentado exponencialmente mi sensación de vacío. Era como si su: adiós, papá, cada vez me alejara más de mi hijo.

No esperaba cambiar, ni sabía cómo podía llegar a hacerlo. Todo empezó un martes, con mucha lluvia y al borde de la fiebre. Allí estaba mi hijo, que había venido a cuidarme con su mujer y mi nieta de apenas dos meses en brazos.

Cuando me dejó cogerla, me costó poco recordar lo bonito que es el calor humano. Dicen que las mejores cosas del mundo no son cosas, papá, me dijo. Ahora sólo lamento haber tardado tanto en recordarlo.


The June.


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Historias de amor.

Paula

Nunca consideraré un error, ni cobardía, ni tampoco bravura, haber dejado mi país y mi verano permanente porque en aquel momento pensé que era la mejor decisión.

Yo quería desencadenarme de una relación que en sus últimos días languidecía como el invierno en marzo y él apareció de repente, haciéndome volver a sentir.

No hablábamos la misma lengua, pero nos entendíamos, como tantos otros, con cierto dominio del inglés. Y las palabras que nos faltaban nos las inventábamos, a modo de parches del desconocimiento y puntos de sutura de antiguas heridas camino de ser cicatrizadas.

Decidí coger mis maletas y volar al norte, en busca de una oportunidad. Ésa, que tantos miles de jóvenes como yo clamaban a gritos día tras día. Volar con él, que poco a poco se había convertido en mi fontana di Trevi de la alegría.

Y fui feliz durante el tiempo que duró el otoño. Durante esos meses que, lentamente, pasamos a convivir. 

Fui feliz hasta que dejé de serlo, porque poco a poco sentí cómo mi jardín de las delicias, mi antigua alegría, se alejaba de mí.

Al parecer, terminé resultando una carga, una molestia. Alguien que reclamaba demasiado de sí.

De entre todas sus obligaciones, no sé si por descarte o en pleno uso de conciencia, decidió prescindir de la que menos falta le hacía, la que menos le ofrecía. Prescindió de mí.

A kilómetros de casa me faltaba el aire y me sobraban lágrimas para suplicar… ¿Razones? ¿Oportunidades? Qué sé yo. Sólo sabía que no quería irme de allí.

Y fue duro, porque el espacio que llenaba su presencia en aquel paisaje frío se había esfumado como el calor del verano. Me costó procesar todo aquello, entender que mi bonita historia había llegado a su fin.

Un año después sigo aquí. He seguido trabajando, he conocido a gente. También he amado. Puede que no haya sido igual, pero a fin de cuentas así ha pasado. Y no me arrepiento de ello, de hecho, ahora agradezco profundamente que aquel amor me dejara a un lado.

Aún recuerdo que hace poco nos cruzamos y, sorprendido, me dijo: Creí que al romper te habrías marchado. Yo le sonreí y le dije: No me conocías tan bien, al fin y al cabo. Vine aquí porque te quise, pero no para rendirme a la primera de cambio.


The June.