viernes, 21 de noviembre de 2014

Psicología para todos.

Dislexia

Me gusta mucho María. Es una chica preciosa de mi clase de cuarto, que me hace temblar cada vez que la miro. Además de preciosa, saca unas notas muy buenas y es siempre amable con todo el mundo, aunque quizá un poco tímida.

No tanto como yo, que no me siento cómodo hablando en público, ni exponiendo trabajos, ni haciendo redacciones. Sobre todo, con esta última cuestión.

Tengo dislexia desde que nací, aunque no es un trastorno mortal, ni mucho menos. Sin embargo, es bastante molesto, porque las letras se cruzan en mi cabeza tanto cuando leo como cuando escribo, así que necesito el doble de tiempo que una persona sin dislexia para leer, para escribir… Y para estudiar, claro.

Y, aunque suene estúpido, me encantaría poder dedicarle una carta como todo adolescente normal diciéndole que me encanta cómo brilla su pelo cuando le da el sol por la mañana o que sus ojos son una auténtica maravilla, pero me da miedo querer decirle algo bonito y acabar cometiendo algún crimen gramatical por el que deje de dirigirme la palabra.

No es que hasta ahora hayamos hablado mucho, a decir verdad… Cuando me ve por los pasillos me sonríe, y también me dedica un gesto de ánimo cuando me toca salir a resolver un ejercicio, sabiendo que voy hecho un flan.

Hasta su voz es un sonido de lo más bonito. Sus: hola, Carlos, suelen hacerme tropezar y parecer estúpido. Aún más, si es que la dislexia no me hacía sentir ya bastante tonto gran parte del tiempo.

Mis amigos me animaban a hablar con ella, o a escribirle – viendo que el riesgo de taquicardia al iniciar una conversación con María era bastante elevado – pero nunca había encontrado el valor.

Hasta que una mañana, en clase de química, comencé a escribirle un poema. No sería el más bonito de la historia, ni recordaría mucho a Bécquer, pero me pareció que sonaba bien. También me pareció que estaba correctamente escrito.

Lo dejé en su mochila cuando salimos todos durante el recreo, todavía pensando que quizá había sido muy idiota. Y, arrepintiéndome de lo que acababa de hacer, quise subir el primero para coger la carta y hacerla mil pedazos… Pero allí estaba ella, sentada en el pupitre contiguo al mío.

Me miró y me dedicó una enorme sonrisa: no me habías dicho que hacías bailar las letras en tus escritos.

Nunca olvidaré aquel día. Ni olvidaré tampoco que ella sigue siendo mi motivación para seguir escribiendo, aunque las letras aún bailen en los poemas que le escribo.


The June.  

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