Dislexia
Me gusta
mucho María. Es una chica preciosa de mi clase de cuarto, que me hace temblar
cada vez que la miro. Además de preciosa, saca unas notas muy buenas y es
siempre amable con todo el mundo, aunque quizá un poco tímida.
No tanto
como yo, que no me siento cómodo hablando en público, ni exponiendo trabajos,
ni haciendo redacciones. Sobre todo, con esta última cuestión.
Tengo
dislexia desde que nací, aunque no es un trastorno mortal, ni mucho menos. Sin
embargo, es bastante molesto, porque las letras se cruzan en mi cabeza tanto
cuando leo como cuando escribo, así que necesito el doble de tiempo que una
persona sin dislexia para leer, para escribir… Y para estudiar, claro.
Y, aunque
suene estúpido, me encantaría poder dedicarle una carta como todo adolescente
normal diciéndole que me encanta cómo brilla su pelo cuando le da el sol por la
mañana o que sus ojos son una auténtica maravilla, pero me da miedo querer
decirle algo bonito y acabar cometiendo algún crimen gramatical por el que deje
de dirigirme la palabra.
No es que
hasta ahora hayamos hablado mucho, a decir verdad… Cuando me ve por los
pasillos me sonríe, y también me dedica un gesto de ánimo cuando me toca salir
a resolver un ejercicio, sabiendo que voy hecho un flan.
Hasta su voz
es un sonido de lo más bonito. Sus: hola,
Carlos, suelen hacerme tropezar y parecer estúpido. Aún más, si es que la
dislexia no me hacía sentir ya bastante tonto gran parte del tiempo.
Mis amigos
me animaban a hablar con ella, o a escribirle – viendo que el riesgo de
taquicardia al iniciar una conversación con María era bastante elevado – pero
nunca había encontrado el valor.
Hasta que
una mañana, en clase de química, comencé a escribirle un poema. No sería el más
bonito de la historia, ni recordaría mucho a Bécquer, pero me pareció que
sonaba bien. También me pareció que estaba correctamente escrito.
Lo dejé en
su mochila cuando salimos todos durante el recreo, todavía pensando que quizá
había sido muy idiota. Y, arrepintiéndome de lo que acababa de hacer, quise subir el
primero para coger la carta y hacerla mil pedazos… Pero allí estaba ella,
sentada en el pupitre contiguo al mío.
Me miró y me
dedicó una enorme sonrisa: no me habías dicho que hacías bailar las letras en
tus escritos.
Nunca
olvidaré aquel día. Ni olvidaré tampoco que ella sigue siendo mi motivación
para seguir escribiendo, aunque las letras aún bailen en los poemas que le
escribo.
The
June.
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