miércoles, 26 de noviembre de 2014

Psicología para todos.

Hipersexualidad

Algunos podrían llegar a pensar que necesitar la presencia de otro cuerpo dentro del mío, como el adicto al alcohol necesita su vaso de vino o el adicto a la heroína su inyección, no tendría por qué ser tan negativo. Craso error.

Aquella era la segunda vez que me acostaba con él. Y sentía exactamente lo mismo que la primera, nada en absoluto. Pero volvería a acostarme en una tercera ocasión con él sólo para aliviar el deseo desbordante e inexplicable que llevaba por dentro.

Llevaba así dos años, bailando de noche en noche y de cama en cama mientras buscaba esa sensación de euforia y posterior calma propia de una droga. Jamás pensé que el sexo podría considerarse como tal, pero así parecía serlo en mi caso.

Algunos lo llamaban ninfomanía, los del campo de la salud hipersexualidad... Yo prefería llamarlo obsesión. Una obsesión que me perseguía sin descanso, noche y día, de sol a sol. 

Ninguna relación me había durado mucho. De hecho, en parte por vergüenza y en parte por miedo, prefería largar al que compartiera mi cama al cabo de dos o tres noches de pasión desenfrenada antes que sentarme con él a explicarle que esa pasión nunca acababa, no conocía fin.

¿Para qué? Todos salíamos ganando. Ellos tenían su diversión sin compromiso y yo una vía de escape para una libido hiperexcitada.

Hasta que llegó él. Tenía la mirada azul y el cabello del color de las ramas. No sé cómo, pero supo desde el primer momento que algo raro pasaba. Lo decía con su voz, con sus manos, con su mirada. No parecía molestarle mi deseo sexual, pero, como poco, le intrigaba.

No sé cómo, pero consiguió que me abriera a él de una forma distinta a como lo había hecho hasta ahora con el resto de turistas por mi cama. No sé cómo, pero quizá queriéndome desde el minuto cero, se convirtió en mi mejor terapia.



The June.




No hay comentarios:

Publicar un comentario