Hipersexualidad
Algunos
podrían llegar a pensar que necesitar la presencia de otro cuerpo dentro del
mío, como el adicto al alcohol necesita su vaso de vino o el adicto a la
heroína su inyección, no tendría por qué ser tan negativo. Craso error.
Aquella era
la segunda vez que me acostaba con él. Y sentía exactamente lo mismo que la
primera, nada en absoluto. Pero volvería a acostarme en una tercera ocasión con él
sólo para aliviar el deseo desbordante e inexplicable que llevaba por dentro.
Llevaba así
dos años, bailando de noche en noche y de cama en cama mientras buscaba esa
sensación de euforia y posterior calma propia de una droga. Jamás pensé que el
sexo podría considerarse como tal, pero así parecía serlo en mi caso.
Algunos lo llamaban ninfomanía, los del campo de la salud hipersexualidad... Yo prefería llamarlo obsesión. Una obsesión que me perseguía sin descanso, noche y día, de sol a sol.
Ninguna
relación me había durado mucho. De hecho, en parte por vergüenza y en parte por
miedo, prefería largar al que compartiera mi cama al cabo de dos o tres noches
de pasión desenfrenada antes que sentarme con él a explicarle que esa pasión
nunca acababa, no conocía fin.
¿Para qué?
Todos salíamos ganando. Ellos tenían su diversión sin compromiso y yo una vía
de escape para una libido hiperexcitada.
Hasta que
llegó él. Tenía la mirada azul y el cabello del color de las ramas. No sé cómo,
pero supo desde el primer momento que algo raro pasaba. Lo decía con su voz, con sus
manos, con su mirada. No parecía molestarle mi deseo sexual, pero, como poco,
le intrigaba.
No sé cómo,
pero consiguió que me abriera a él de una forma distinta a como lo había hecho
hasta ahora con el resto de turistas por mi cama. No sé cómo, pero quizá
queriéndome desde el minuto cero, se convirtió en mi mejor terapia.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario