lunes, 24 de noviembre de 2014

Historias de amor.

Lucía

Le conocí en una fiesta de verano. Sol, verbena, rodeada de mis amigos, de mi familia elegida. Estábamos todos acampados bajo el mismo árbol, con nuestras tiendas erguidas en una posición circular que marcaba el principio y fin de nuestro propio mundo.

Aquella noche – la primera noche – teníamos que salir a investigar. La música nos llamaba desde todos los recovecos del pueblo, y no podíamos ignorar el ritmo que marcaba los pasos de nuestros atolondrados pies.

Era el mejor amigo de mi amigo, un chico inteligente, simpático, divertido. Sentí desde el primer momento que una luz que hasta ahora languidecía dentro de mí, volvía a parpadear. Débilmente, sí, pero daba señales de conexión con sus ojos castaños.

Una de las carpas a rebosar de gente que, como nosotros, huía del cansancio buscando una explosión de energía en cada nota musical, nos acogió durante un rato. Un rato en el que me di cuenta de cuánto me había cautivado.

Habíamos perdido a una de mis mejores amigas entre la multitud, y había tal cantidad de gente apiñada que parecía imposible encontrarla entre luces de neón y restos de cubatas. Entonces, él decidió subirse al borde de una tarima para buscarla. Una idea bastante acertada, pero con tan mala fortuna que sus pies se apoyaron mal y cayó de bruces contra la fría empedrada.

Las horas siguientes las recuerdo con bastante angustia, pues la barbilla de Pedro no dejaba de sangrar. Otros dos amigos y yo estuvimos hasta la madrugada con él en el hospital, mientras los médicos apreciaban que su mandíbula iba a precisar cirugía.

Y la necesitó. Fue trasladado a casa de inmediato y mi viaje dio por concluido al día siguiente. Mensajes de ánimo, apoyo y risas empezaron a volar desde mi cama hasta la cama de su hospital, mientras comenzábamos a planear una quedada sobre un terreno llano y con un buen batido entre manos.

Cuando llegó el día no hubo nervios, ni tensión ni incomodidad alguna. Era como si siempre hubiésemos andado por la ciudad codo con codo, sonrisa con sonrisa, era como tener a mi lado a un amigo de toda la vida.

Nos sentamos en un banco y seguimos hablando, sin notar o quizá notando que la distancia entre su cuerpo y el mío se iba acortando. Aprovechó una carcajada mía para poner su mano en mi mano, y ese segundo que me costó reaccionar a su contacto, para bordarme un beso en los labios.

En las semanas siguientes, cuando terminamos las vacaciones cada uno en un lado, se me pasó por la cabeza que quizá podría no haberme extrañado.

Me di cuenta de cuánto me había equivocado en una de las últimas noches de verano, en otra verbena en mi pueblo, con mi gente, mi música y mi ambiente alocado. Pensando que, aun notándome perfectamente sobria, quizá había bebido demasiado, le vi venir hacia mí abriéndose no sin dificultad un pequeño paso.

Quise que aquel abrazo no acabara nunca, y que el tiempo se parara para poder seguir mirándolo. ¿Qué haces aquí?, pude preguntarle al final. Necesitaba verte, me dijo como si fuera algo más que evidente.

Condujo dos horas de noche con dos de mis mejores amigos sólo porque necesitaba verme. Sólo para estar conmigo un rato, para poder entregarme algunos de sus mejores abrazos.

Supe cuánto le importaba porque no dudó en buscarme cuando más me extrañaba. Sé que le sigo importando porque respiro la misma tranquilidad cada vez que su alma roza mi alma.

 
The June.




No hay comentarios:

Publicar un comentario