Lucía
Le conocí en
una fiesta de verano. Sol, verbena, rodeada de mis amigos, de mi familia elegida.
Estábamos todos acampados bajo el mismo árbol, con nuestras tiendas erguidas en
una posición circular que marcaba el principio y fin de nuestro propio mundo.
Aquella
noche – la primera noche – teníamos que salir a investigar. La música nos
llamaba desde todos los recovecos del pueblo, y no podíamos ignorar el ritmo
que marcaba los pasos de nuestros atolondrados pies.
Era el mejor
amigo de mi amigo, un chico inteligente, simpático, divertido. Sentí desde el
primer momento que una luz que hasta ahora languidecía dentro de mí, volvía a
parpadear. Débilmente, sí, pero daba señales de conexión con sus ojos castaños.
Una de las
carpas a rebosar de gente que, como nosotros, huía del cansancio buscando una
explosión de energía en cada nota musical, nos acogió durante un rato. Un rato
en el que me di cuenta de cuánto me había cautivado.
Habíamos
perdido a una de mis mejores amigas entre la multitud, y había tal cantidad de
gente apiñada que parecía imposible encontrarla entre luces de neón y restos de
cubatas. Entonces, él decidió subirse al borde de una tarima para buscarla. Una
idea bastante acertada, pero con tan mala fortuna que sus pies se apoyaron mal
y cayó de bruces contra la fría empedrada.
Las horas
siguientes las recuerdo con bastante angustia, pues la barbilla de Pedro no
dejaba de sangrar. Otros dos amigos y yo estuvimos hasta la madrugada con él en
el hospital, mientras los médicos apreciaban que su mandíbula iba a precisar
cirugía.
Y la
necesitó. Fue trasladado a casa de inmediato y mi viaje dio por concluido al día
siguiente. Mensajes de ánimo, apoyo y risas empezaron a volar desde mi cama
hasta la cama de su hospital, mientras comenzábamos a planear una quedada sobre
un terreno llano y con un buen batido entre manos.
Cuando llegó
el día no hubo nervios, ni tensión ni incomodidad alguna. Era como si siempre
hubiésemos andado por la ciudad codo con codo, sonrisa con sonrisa, era como
tener a mi lado a un amigo de toda la vida.
Nos sentamos
en un banco y seguimos hablando, sin notar o quizá notando que la distancia
entre su cuerpo y el mío se iba acortando. Aprovechó una carcajada mía para poner
su mano en mi mano, y ese segundo que me costó reaccionar a su contacto, para
bordarme un beso en los labios.
En las
semanas siguientes, cuando terminamos las vacaciones cada uno en un lado, se me pasó por la cabeza que quizá podría no haberme extrañado.
Me di cuenta
de cuánto me había equivocado en una de las últimas noches de verano, en otra
verbena en mi pueblo, con mi gente, mi música y mi ambiente alocado. Pensando
que, aun notándome perfectamente sobria, quizá había bebido demasiado, le vi
venir hacia mí abriéndose no sin dificultad un pequeño paso.
Quise que
aquel abrazo no acabara nunca, y que el tiempo se parara para poder seguir
mirándolo. ¿Qué haces aquí?, pude
preguntarle al final. Necesitaba verte,
me dijo como si fuera algo más que evidente.
Condujo dos
horas de noche con dos de mis mejores amigos sólo porque necesitaba verme. Sólo
para estar conmigo un rato, para poder entregarme algunos de sus mejores
abrazos.
Supe cuánto
le importaba porque no dudó en buscarme cuando más me extrañaba. Sé que le sigo
importando porque respiro la misma tranquilidad cada vez que su alma roza mi
alma.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario