Síndrome de
Diógenes
Me sentía
solo desde hacía ya algún tiempo, sobre todo desde que mi mujer quedó sólo
enmarcada en las fotografías de mi habitación al fallecer. Me sentía solo,
anciano y deprimido.
Para mí, mi
casa era un palacio construido sólidamente a partir de cosas que nadie más
quería. Donde los demás veían montones de basura y de cosas inútiles e
inservibles, yo veía pequeñas piezas desvalidas y dejadas de la mano de sus
dueños, esperando que algún otro se apiadara de ellas.
En mi palacio
existía un refugio para casi todas y, al mismo tiempo, ellas se
convertían en el refugio de mi propia soledad. Cada vez tenía menos espacio
para mí y más para los artilugios que recogía, y seguía pensando que aquella era la mejor manera de
llenar un vacío que no dejaba de aumentar.
A veces
pasaba horas enteras, incluso días, cambiando de sitio algunas de aquellas
reliquias para hacer hueco a las que aún estaban por llegar. Otras veces, el
movimiento de las manecillas del reloj era el único sonido que rompía la comunicación
muda entre aquella marabunta de objetos y yo.
Muchas veces
me creía feliz. Me sentía satisfecho hasta que caía en la cuenta de que tanto
silencio era demasiado tormento para mí. Y entonces salía en busca de nuevos
compañeros de viaje, cuanto más abandonados y malheridos, mejor.
Mi hijo
solía visitarme a menudo. Aunque tendía a mostrarme huraño porque, de repente, la
compañía humana me molestaba un poco, cuando se marchaba sentía que
había aumentado exponencialmente mi sensación de vacío. Era como si su: adiós,
papá, cada vez me alejara más de mi hijo.
No esperaba
cambiar, ni sabía cómo podía llegar a hacerlo. Todo empezó un martes, con mucha
lluvia y al borde de la fiebre. Allí estaba mi hijo, que había venido a
cuidarme con su mujer y mi nieta de apenas dos meses en brazos.
Cuando me
dejó cogerla, me costó poco recordar lo bonito que es el calor humano. Dicen
que las mejores cosas del mundo no son cosas, papá, me dijo. Ahora sólo lamento haber
tardado tanto en recordarlo.
The June.
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