Hablemos de
libertad
El concepto que abajo se discute sólo se aplica para las
sociedades teóricamente denominadas “desarrolladas”
La libertad es un término que todos
conocemos, por supuesto. Cada día nos levantamos y somos libres de decidir si
iremos a clase, si asistiremos a la reunión en el trabajo, si tomaremos café o té, o si pagaremos por
un carísimo menú o acabaremos en una cadena de restauración de comida rápida.
Decidimos, también libremente, el color de
nuestro cabello, el tipo de alimentación que llevamos para ser personas
saludables – o no tanto -, la ropa que compramos, e incluso las personas con
las que nos relacionamos. Decidimos lo que pensamos, ¿no? ¿Y lo que sentimos?
Elegimos con total libertad nuestro futuro,
nuestra carrera, nuestra pareja, cuál será nuestra casa, cuál será nuestro
trabajo y cuántos idiomas vamos a hablar de aquí al final de nuestros días.
Probablemente a más de uno os ha chirriado ya
algún ejemplo. A nosotras también, queridos.
Lo cierto es que la libertad es algo tan
abstracto que parece que muchas veces ni siquiera existe. ¿Qué? ¿Cómo? Pues
eso.
La libertad es algo precioso, que no siempre
utilizamos de la forma adecuada. A todos nos gusta que respeten nuestra
autonomía para decidir, pero también nos encanta el poder que podemos - valga la redundancia - ejercer sobre
las decisiones de personas de nuestro entorno.
¡No me digas lo que tengo que hacer!, es una
frase digna de alguien libre, cierto es. Probablemente no pasará un día sin que
esa persona le diga a alguien: haz esto o haz esto otro.
¿Decidimos lo que comemos para ser sanos o
porque hay un canon de belleza establecido? Cuidado con pasar de cierta talla,
no sea que por una comida de más vayamos del infrapeso a la pre-obesidad. Cuidado
con no parecerte a una de esas preciosas modelos de metro ochenta y apenas cincuenta
kilos, no sea que nadie llegue a quererte nunca. Porque de fijarse en el
interior ni hablamos, ¿no? Libertad.
Ausencia de ella, más bien.
¿Decidimos lo que pensamos? Da igual que sean
opiniones científicas, políticas, sociales o económicas. Por supuesto, tenemos
absoluta libertad para decidir lo que pensamos, pero la ausencia de información
o la malversación de la misma llegan fácilmente a cruzar el umbral del engaño.
Y la persona que no tiene información, ni formación, ni acceso a ella, ¿goza de
la misma libertad que los demás? Los grandes dictadores de la humanidad
existieron por algo.
Pero en nuestra sociedad, oh, por favor, la
libertad es la reina en todos lados. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta
de que somos verdaderos prisioneros de nuestra no-ley, de nuestro propio
auto-mandato.
Ni siquiera, amigos, decidimos muchas veces
lo que sentimos. No llores, no te rías, no te enfades, no refunfuñes, no te
canses, no grites, no hables, no escuches, no pienses, no sientas. La gente
suele caer en el garrafal error de pensar que una emoción se anula por el mero
hecho de pedir que así ocurra. Os diré algo: las emociones son las que son, no se discuten.
Y quizá eso sea algo de lo más visceral y
básico de nuestra condición humana, pero emocionarnos, de la forma que sea, es
lo único que sí hacemos con total libertad. Quizá sea el primer paso.
La libertad es y debería ser un regalo
maravilloso. Pero ser libre significa respetarte y respetar al prójimo.
Significa pensar y decidir lo que tú quieras, sin coaccionar a otros. Significa
llorar, y dejar llorar y reír aunque nos resulte incómodo. Libertad significa
encontrar la fuerza para elegir cómo crecer buscando lo mejor para ti y para
todos nosotros.
The June.
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