miércoles, 12 de noviembre de 2014

Habla la experiencia.

Hablemos de libertad

El concepto que abajo se discute sólo se aplica para las sociedades teóricamente denominadas “desarrolladas”

La libertad es un término que todos conocemos, por supuesto. Cada día nos levantamos y somos libres de decidir si iremos a clase, si asistiremos a la reunión en el trabajo, si tomaremos café o té, o si pagaremos por un carísimo menú o acabaremos en una cadena de restauración de comida rápida.

Decidimos, también libremente, el color de nuestro cabello, el tipo de alimentación que llevamos para ser personas saludables – o no tanto -, la ropa que compramos, e incluso las personas con las que nos relacionamos. Decidimos lo que pensamos, ¿no? ¿Y lo que sentimos?

Elegimos con total libertad nuestro futuro, nuestra carrera, nuestra pareja, cuál será nuestra casa, cuál será nuestro trabajo y cuántos idiomas vamos a hablar de aquí al final de nuestros días.

Probablemente a más de uno os ha chirriado ya algún ejemplo. A nosotras también, queridos.

Lo cierto es que la libertad es algo tan abstracto que parece que muchas veces ni siquiera existe. ¿Qué? ¿Cómo? Pues eso.

La libertad es algo precioso, que no siempre utilizamos de la forma adecuada. A todos nos gusta que respeten nuestra autonomía para decidir, pero también nos encanta el poder que podemos - valga la redundancia - ejercer sobre las decisiones de personas de nuestro entorno.

¡No me digas lo que tengo que hacer!, es una frase digna de alguien libre, cierto es. Probablemente no pasará un día sin que esa persona le diga a alguien: haz esto o haz esto otro.

¿Decidimos lo que comemos para ser sanos o porque hay un canon de belleza establecido? Cuidado con pasar de cierta talla, no sea que por una comida de más vayamos del infrapeso a la pre-obesidad. Cuidado con no parecerte a una de esas preciosas modelos de metro ochenta y apenas cincuenta kilos, no sea que nadie llegue a quererte nunca. Porque de fijarse en el interior ni hablamos, ¿no? Libertad.

Ausencia de ella, más bien.

¿Decidimos lo que pensamos? Da igual que sean opiniones científicas, políticas, sociales o económicas. Por supuesto, tenemos absoluta libertad para decidir lo que pensamos, pero la ausencia de información o la malversación de la misma llegan fácilmente a cruzar el umbral del engaño. Y la persona que no tiene información, ni formación, ni acceso a ella, ¿goza de la misma libertad que los demás? Los grandes dictadores de la humanidad existieron por algo.

Pero en nuestra sociedad, oh, por favor, la libertad es la reina en todos lados. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que somos verdaderos prisioneros de nuestra no-ley, de nuestro propio auto-mandato.

Ni siquiera, amigos, decidimos muchas veces lo que sentimos. No llores, no te rías, no te enfades, no refunfuñes, no te canses, no grites, no hables, no escuches, no pienses, no sientas. La gente suele caer en el garrafal error de pensar que una emoción se anula por el mero hecho de pedir que así ocurra. Os diré algo: las emociones son las que son, no se discuten.

Y quizá eso sea algo de lo más visceral y básico de nuestra condición humana, pero emocionarnos, de la forma que sea, es lo único que sí hacemos con total libertad. Quizá sea el primer paso.

La libertad es y debería ser un regalo maravilloso. Pero ser libre significa respetarte y respetar al prójimo. Significa pensar y decidir lo que tú quieras, sin coaccionar a otros. Significa llorar, y dejar llorar y reír aunque nos resulte incómodo. Libertad significa encontrar la fuerza para elegir cómo crecer buscando lo mejor para ti y para todos nosotros.



The June. 

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