martes, 23 de diciembre de 2014

Habla la experiencia.

De enemigos íntimos va la cosa

En la sección de hoy nos dedicaremos a desmontar mitos y a resolver diferencias entre dos ramas de la salud mental tan diferentes como complementarias. Sí, amigos míos, hoy hablaremos de los eternamente odiados enemigos: los psiquiatras y los psicólogos.

Como bien sabréis – o no, en realidad tampoco somos tan importantes –, las que aquí escribimos para vuestro disfrute somos graduadas en Psicología, razón por la que comenzaremos hablando de esta área del estudio de la mente y conducta humana.

Ser psicólogo implica, por supuesto, que:

1. Leemos mentes.
2. Psicoanalizamos a la gente con sólo sentarnos a tomar un café.
3. Somos cotillas.
4. Creemos que el origen de todos los traumas se encuentra en un problema psico-sexual mal resuelto de la infancia.
5. Utilizamos la hipnosis en toda sesión de terapia.
6. Escuchamos como un amigo y, de vez en cuando, damos un consejo. Pero además, cobramos.

¡NO! ¡NADA DE ESO! Gracias a Dios un psicólogo no tiene la capacidad de leer mentes. En su lugar, se dedica a escuchar activamente al paciente para captar cualquier detalle que pueda resultar relevante para guiarle en la solución de su problema.

Porque un psicólogo NO aconseja. Un psicólogo es un guía/orientador que, en conjunto con el paciente, estudia la situación problema y analiza las posibles opciones que pueden tomarse, con sus repercusiones y consecuencias.

El psicólogo y el paciente, como un equipo, trabajan para despejar todas las dudas que el paciente pueda tener, para que sea él el que en última instancia tome la decisión que considere más adecuada sobre uno o varios aspectos de su vida.

El psicólogo no es una persona cotilla. El psicólogo es un profesional que pregunta sobre aquéllas áreas de la vida de su paciente que considera que pueden tener implicación en el problema por el que acude a consulta. Aquellos aspectos que carecen de relevancia son dejados a un lado en pos de los que pueden tener una mayor importancia en el proceso terapéutico.

Además, el psicólogo no sólo pregunta y escucha, también observa. A menudo los pacientes pueden mentir – consciente o inconscientemente – por vergüenza o miedo a la opinión que puede generar su respuesta en el terapeuta.

Sin embargo, el lenguaje corporal no engaña. Es difícil mentir a través de las micro-expresiones faciales, que pueden denotar emociones como la tristeza, la rabia o la alegría. También la postura corporal puede indicar al terapeuta que la persona no se encuentra cómoda con el tema que se está tratando o que ese aspecto puede ser de mayor importancia de lo que se esperaba.

El psicólogo debe mostrar empatía y aceptación. Aceptar al paciente incondicionalmente, aunque sus creencias y sus valores sean contrarios a los del terapeuta. Aceptarle porque, en definitiva, es una persona con un problema que confía en que podemos ayudarle a encontrar una solución.

Y mostrar empatía, porque las emociones son el canal fundamental de comunicación humana. Una sonrisa que acompañe al paciente, o una expresión de tristeza cuando nos esté narrando un episodio doloroso, son lícitos y fortalecen el vínculo terapéutico entre el paciente y el psicólogo.

Desde la empatía y la aceptación incondicional, el psicólogo busca el origen de la dificultad de la persona en muchos puntos de su vida, tanto en sus vínculos de apego desde la infancia, como en sus rasgos de personalidad y también en su entorno social y familiar actual. 

Si sólo nos centráramos en aspectos psico-sexuales de la infancia como el origen del problema de un paciente, estaríamos limitando el diagnóstico y el curso de la terapia de forma peligrosa.

Por último, la hipnosis es una práctica clínica muy complicada que no todos los terapeutas saben emplear y, desde luego, no es un requisito fundamental ni mínimamente necesario para el curso de una terapia.

Aclarado un poco cuál es el papel del Psicólogo, ¿por qué ese odio entre ciencias “hermanas”?

Bien, la Psiquiatría es el estudio de la salud mental y los trastornos mentales desde la Medicina, con el objetivo de prevenir, evaluar, diagnosticar y tratar a personas con trastornos mentales así como fomentar su autonomía y adaptación al entorno. Por tanto, el Psiquiatra es un profesional médico.

Ésta es una de las diferencias fundamentales, dado que la Psiquiatría es una especialidad a cursar dentro de la carrera de Medicina y la Psicología es una carrera independiente, fuera del ámbito médico.

La otra diferencia fundamental, pese a que ambas ciencias se dedican al estudio de la mente humana, de sus patologías, diagnóstico y tratamiento, es la forma de tratamiento.

Los Psiquiatras, como médicos, tienen licencia para expedir fármacos y psicofármacos a los pacientes con trastornos mentales que, como profesionales, consideren que necesitan de su consumo para obtener una mejoría.

Los Psicólogos, al no ser profesionales de la medicina, deben conocer los psicofármacos y sus efectos en la conducta de las personas con trastornos pero no están autorizados legalmente a expedir psicofármacos a sus pacientes.

Y aquí está el fundamental quid de la cuestión: Los psiquiatras suelen acusar a los psicólogos de charlatanes, mientras que estos últimos solemos acusar a los psiquiatras de mano larga a la hora de recetar fármacos, antes de invertir tiempo en escuchar el problema real.

En realidad, ninguna de las dos acusaciones es cierta. La Psicología y la Psiquiatría van de la mano, o así debería ser para conseguir un resultado terapéutico óptimo. Existen muchos casos en los que la psicoterapia (que puede ser empleada por ambos profesionales) puede ser suficiente para lograr una mejoría en el paciente, pero existen trastornos mentales cuyos síntomas encuentran alivio fundamentalmente en determinados tipos de medicación (siempre en combinación con psicoterapia).

Lo ideal sería trabajar en equipo, siendo conscientes de que la Psicología y la Psiquiatría son disciplinas complementarias, y que el saber de una alimenta a la otra y la enriquece, la hace crecer.

Seguir negando que podemos aprender de otros profesionales sería tan estúpido como afirmar que la tierra es plana o que realmente nunca se pone el sol.

The June.







lunes, 22 de diciembre de 2014

Psicología para todos.

Trastorno por estrés postraumático (TEPT)

Aquella mañana yo creía que ya lo había visto todo. Creía que había recorrido medio mundo, que había visto moverse y reptar a animales que jamás habría imaginado siquiera que existían. Creía que había escuchado idiomas que nunca comprendería. Creía que había volado, que había nadado, que me había hundido en lo profundo del océano y había salido a la superficie para contar lo que mis ojos habían visto.

Creía haber soñado y haber visto la mayor parte de mis sueños cumplidos. Creía haber bailado, haber reído, haber llorado, haber vivido.

Creía haber visto también dolor, enfermedad y sufrimiento. Creía haber visto muerte, destrucción, pobreza y las penurias de los que más que vivir, sobreviven.

Aquella mañana yo creía que ya lo había visto todo.

Me había subido en un tren que me llevaba hacia delante y en el que difícilmente olvidaría lo que dejaba atrás. Era un trayecto más dentro del recorrido hacia mi meta final: ser feliz. Y me faltaban sólo un par de horas para alcanzar mi destino…

… Pero entonces todo se hizo oscuro y silencioso, y durante un tiempo, que pudo ser un segundo o varias horas, no escuché nada más allá de un zumbido y un débil latir.

De pronto volvió el sonido, un ruido que combinaba aullidos y llanto, el olor a metal quemado, la visión de decenas de cuerpos sin vida que yacían junto a mí.

Y allí estaba yo, que creía haberlo visto todo, y jamás pensé que sobreviviría a un tren habiendo descarrilado para preguntarme por las noches: ¿por qué ellos y no yo?

Yo, que creía haberlo visto todo, sentí durante meses como las imágenes me perseguían en sueño y en vigilia, y como volvía la misma angustia, la misma ansiedad y el mismo miedo cada vez que me recordaba subida en aquel tren.

Yo, que creía haberlo visto todo, sobreviví al trauma de una catástrofe como aquélla, que me dejó como superviviente para contar mi vivencia como sólo pudieron hacer unos pocos más. 

Y, sobre todo, cada vez que las imágenes volvían a mi mente daba gracias a la vida por permitirme seguir recorriendo mi camino, por mí misma y por todos los que aquel día dejaron de respirar.


El trastorno por estrés postraumático es un trastorno psicológico englobado dentro de los trastornos de ansiedad que se caracteriza por la aparición de algunos síntomas (como recuerdos angustiosos y recurrentes del suceso traumático o la evitación de imágenes y pensamientos relacionados con dicho suceso) tras la exposición a un evento muy estresante o excesivamente traumático, que resulta amenazador o catastrófico para la persona.



The June. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Historias de amor.

Irati

Lo haré breve, pues a veces una mayor cantidad de palabras no aumenta la calidad del contenido escrito.

Me remito a relatar una historia de amor que no tiene amante, ni real ni ficticio. Una historia de amor que, probablemente, suene rara o parezca no tener sentido.

Me remito a relatar la historia de cómo aprendí a amarme antes de amar a cualquier otra persona, sin sonar narcisista ni ególatra. Simplemente amarme yo primero por una sencilla cuestión de salud mental.

Me remito a contar que de toda experiencia se enriquece la mente. Que de los aciertos se aprende mucho, y de los errores, si cabe más.

He cometido muchos errores, pero el último de ellos me ha hecho quererme como nunca y como nadie. Me ha hecho ver que soy más fuerte y más valiente, que ya no es tan fácil hacerme sentir culpable, ni manipularme, ni hacerme daño.

He cometido muchos errores, y he aprendido tanto… Por encima de todo he aprendido que no me da miedo estar sola, al contrario. Me da más miedo estar con alguien que termina por ser el “equivocado”. Alguien que, en lugar de hacerme más grande, consigue mermar mi tamaño.

Me he dado cuenta de que merezco ser feliz, pero sin arriesgar en vano. Que si no funciona a la primera, ni a la segunda, el tercer intento puede ser tentar a la suerte demasiado.

He aprendido que me quiero. Y los que me quieren, me quieren así, sin pedir nada a cambio. Es a ellos a los que más me entrego, porque son sin duda los que más me han ganado.

Y lo cierto es que cuando me dan amor, no encuentro nada mejor que dar a cambio.



The June. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

Habla la experiencia.

Gracias

La vida es un intercambio de palabras, que se cruzan como pasajeros a través de concurridas vías de tren. Un intercambio de emociones que se graban en el viento, y de acciones que se regalan la mayor parte de las veces sin envolver.

En todo eso que regalamos, esos abrazos, esas invitaciones, esos presentes animados o inanimados, o simplemente cuando ofrecemos nuestra compañía como un regalo, estamos poniendo una parte nosotros.

Por ende, cada vez que alguien decide entregarnos su cariño, bien a través de una caja, con una caricia o con un guiño, merece la pena darle las gracias.

No es una forma de pago, ni siquiera es una obligación. Pero dar las gracias significa apreciar el tiempo que la otra persona ha invertido en ti y en buscar algo que te robe una sonrisa. Quizá en un detalle que hace que esa preocupación tuya se aleje de tu mente por un rato. Quizá simplemente se ha plantado en tu portal para abrazarte el llanto.

Cuando damos las gracias no pensamos – o no deberíamos pensar – que estamos compensando a la otra persona. Simplemente reconocemos y nos reconforta que haya pensado en nosotros.

Que haya buscado una forma de transformar su amor en un fragmento de tiempo. Un fragmento concentrado para que no haya nada más allá de esa muestra de amor.

Dar las gracias significa corresponder amor. Porque la persona que entrega algo, en el formato que sea, no es vidente ni lee mentes, por lo que el momento de agradecimiento supone la oleada de alivio en la que comprende si su detalle ha tenido alguna utilidad – si ha gustado, si ha reconfortado, si ha hecho reír…-.

Y escuchar un gracias, por encima de todo, significa que al poner tu alma en lo que fuera que entregaras has conseguido tu objetivo. Ya fuera hacer reír, o llorar, cuando escuchas ese gracias sabes que puedes dormir tranquilo. Y sabes que seguirá mereciendo la pena entregarle tu alma a esa/s persona/s, porque pase el tiempo que pase seguirán agradeciendo que dediques un segundo de tu reloj a pensar en ella/s.



The June. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Psicología para todos.

Duelo

La perdí. Y no recordaba haber conocido mayor dolor en la vida que aquel que me trajo su muerte. Dicen, no con poco acierto, que realmente los que sufren no son los que se van, sino los que se quedan. A fin de cuentas, los que permanecemos atados a los latidos del corazón sentimos cómo éste se sigue hinchando de alegría o encogiéndose de dolor.

La perdí. Y su pérdida me hacía sentir vacío, hueco, fuera de mí.

La perdí porque el tiempo no perdona y a veces, un tanto ingenuos, olvidamos que nuestros relojes tienen horas contadas. A veces olvidamos que puede que no haya un mañana para decir todas esas cosas que sabemos que a esas otras personas les habría gustado escuchar hoy.

La perdí, pero aún la encuentro. A veces cayendo dormido o en el más profundo de los sueños, pero la veo y la siento. Como si nunca se hubiera ido o como si de alguna forma hubiese vuelto.

En realidad, no sé si la perdí o soy yo el que me pierdo. Dicen que superar la muerte se convierte en todo un proceso… Algunos dicen que el duelo está superado cuando ya no hay más lágrimas al recordar a la persona amada, ni llanto, ni lamento.

No sé si habré llegado a superar este proceso. No creo que una pérdida pueda superarse, pero se puede vivir con la ausencia, como se vive sin un pulmón. La vida no es tan fácil ni tan cómoda, pero se puede vivir, es cierto.

Bien, me gustaría haberle podido decir todo lo que pensé que tendría tiempo para decirle, y llevarla a todos los lugares a los que le prometí viajar.

Pero, pese a todo, sé que ella se fue sabiendo que la quería. Y si ya no lloro cuando digo su nombre es porque sé que ella guía mi voz como guiaba mi camino en aquel tiempo tan feliz.


The June.  

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Historias de amor.

Roberto

Nos llevábamos bastantes años, he de admitir. Yo, de cuando en cuando, me perdía en un pensamiento en el que construía un nido parecido a alguno del que ella hacía poco que acababa de salir.

Tenía algo así como fuego en la mirada, y un nombre que hacía justicia a un país del sur. Sin embargo, no me sorprende que cualquier descripción posible sepa a poco, pues poco hay en ella que sea fácil de describir, y no digamos de vivir.

Llegó cuando más la necesitaba, convirtiéndose en ese soplo de aire fresco que me devolvía tan pronto la juventud como la fe en mí mismo.

A veces sentía que perdía el rumbo, demasiado enfrascado en un trabajo que, aunque me maravillaba, solía conseguir que al final del día quedara poca de la energía con la que a primera hora de la mañana solía comenzar.

Siempre me había dejado guiar bastante por ese ritmo claramente marcado por tic tacs de reloj y horarios apretados, siempre un poco solo, quizá hasta un poco aislado.

Ella parecía saber siempre qué decir y qué hacer, aun cuando ni yo mismo lo sabía. Parecía haber comprendido mis necesidades mucho más que yo y se esforzaba por ser un cimiento sólido por mí, o simplemente un firme bote que me arrastrara hasta la bahía.

Ella vivía su momento álgido, su cumbre, su big bang. Yo dejaba que su expansión me arrastrara de su mano, sin importarme demasiado en qué punto del espacio podíamos llegar a terminar.


The June. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Habla la experiencia.

Necesidad

Cuando necesitar a alguien se convierte en un tema dañino para el que necesita y el que es necesitado

Poética y literariamente es precioso escuchar el concepto de necesidad infiltrado como quien no quiere la cosa en una frase. Un te necesito o un me haces mucha falta, son palabras que, la verdad, escucharlas de cuando en cuando nos hacen sentir que somos un apoyo para alguien, nos hacen sentir bien.

No nos hace estúpidos, ni débiles, ni inferiores, reconocer que a veces la presencia o las palabras de otra/s persona/s nos hacen sentir mejor. De hecho, puede que esa/s persona/s sea/n un potenciador de nuestras propias habilidades, un estímulo instigador y motivador hacia nuestra propia superación, una razón de ánimo con sonrisa y empujón incluidos.

Sin embargo, la necesidad – como buena arma de doble filo – se puede volver en nuestra contra cuando escapa a nuestro control. A veces no nos damos cuenta de que nos vinculamos o toleramos que otras personas se vinculen a nosotros generando una relación de excesiva dependencia, que se va retroalimentando en un círculo cada vez más firme del que al final resulta casi imposible salir.

¿Cómo se genera una necesidad?

Técnica y pragmáticamente, una necesidad se genera cuando algo o alguien tiene unos recursos que la persona que los busca no tiene. Así pues, la persona encontrada subsana la carencia de la persona que busca y todo parece tener un final feliz.

Así ocurre, al menos, en el mundo del marketing y las ventas, pero no tanto así en las relaciones sociales.

La necesidad afectiva se genera cuando la persona con una carencia – cuyo origen puede ser reciente o estar ligado a pautas de apego de su infancia – busca un refugio emocional en otra/s persona/s que merman esta sensación de carencia.

¿Cuándo hablamos de necesidad negativa, estrechamente ligada al concepto de dependencia?

La necesidad puede variar en su duración en el tiempo, así como en su intensidad. Es posible que una persona entristecida por la ruptura con su pareja busque apoyo emocional y satisfacción de su necesidad de afecto en algún amigo/a durante un tiempo determinado que tarda en superar dicho término de la relación. Igual sucedería en caso de duelo o enfrentamiento con alguna persona estimada, razones por las que se buscaría un apoyo temporal en personas de confianza.

Sin embargo, la dependencia es un concepto mucho más complicado porque implica un proceso circular que envuelve a las dos personas co-dependientes en un ciclo constante.

En una relación de dependencia, la persona dependiente* vuelca por costumbre su carencia en la persona que la suple – puede ser amigo, hermano o pareja, el tipo de relación no es realmente relevante -, mientras que ésta se habitúa a ser la suplente de la necesidad y retroalimenta la búsqueda de apoyo mediante actitudes y conductas que se convierten en un soporte emocional.

En resumen, en toda relación de dependencia hay:

·       -  Una persona dependiente que busca cubrir una necesidad.
·       -  Una persona no-dependiente que cubre la necesidad de la persona dependiente.

A menudo, las personas que establecen sus relaciones en términos de dependencia no son conscientes de haber establecido este tipo de vinculación, pues ambos están en mayor o menor medida conformes con el rol que ocupan.

Sin embargo, hay otras ocasiones en que se da lugar a una relación de dependencia cuando la parte no-dependiente no está conforme emocional o intelectualmente con satisfacer de forma permanente la necesidad afectiva de otra persona.

Es en estos casos cuando un profesional de la Psicología debe dotar a la persona dependiente de recursos para hacer frente a sus necesidades y a la persona no-dependiente de habilidades para comunicarse con la persona dependiente sin herirla, para ser capaz de poner límites saludables para la relación y para convertirse en un motivador hacia un camino que dejará de ser circular para comenzar a ser en paralelo.

*Nótese que el término dependiente no pretende ser ofensivo, sino un distintivo respecto al término no-dependiente, con las características propias y definitorias del mismo concepto. La persona que genera un vínculo de dependencia no es mejor ni peor que el resto de personas de su entorno, simplemente ha desarrollado un patrón relacional diferente, cuyo origen probablemente se puede encontrar en sus modelos de aprendizaje, su ambiente de desarrollo y sus rasgos de personalidad.



The June.