miércoles, 3 de diciembre de 2014

Historias de amor.

Roberto

Nos llevábamos bastantes años, he de admitir. Yo, de cuando en cuando, me perdía en un pensamiento en el que construía un nido parecido a alguno del que ella hacía poco que acababa de salir.

Tenía algo así como fuego en la mirada, y un nombre que hacía justicia a un país del sur. Sin embargo, no me sorprende que cualquier descripción posible sepa a poco, pues poco hay en ella que sea fácil de describir, y no digamos de vivir.

Llegó cuando más la necesitaba, convirtiéndose en ese soplo de aire fresco que me devolvía tan pronto la juventud como la fe en mí mismo.

A veces sentía que perdía el rumbo, demasiado enfrascado en un trabajo que, aunque me maravillaba, solía conseguir que al final del día quedara poca de la energía con la que a primera hora de la mañana solía comenzar.

Siempre me había dejado guiar bastante por ese ritmo claramente marcado por tic tacs de reloj y horarios apretados, siempre un poco solo, quizá hasta un poco aislado.

Ella parecía saber siempre qué decir y qué hacer, aun cuando ni yo mismo lo sabía. Parecía haber comprendido mis necesidades mucho más que yo y se esforzaba por ser un cimiento sólido por mí, o simplemente un firme bote que me arrastrara hasta la bahía.

Ella vivía su momento álgido, su cumbre, su big bang. Yo dejaba que su expansión me arrastrara de su mano, sin importarme demasiado en qué punto del espacio podíamos llegar a terminar.


The June. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario