De batallas contra el propio cuerpo
Dicen que el más sabio es el que
consigue retirarse a tiempo, antes de que la más cruenta guerra acabe con él.
No podría estar más de acuerdo.
Yo tenía meses cuando empezó la
primera batalla. Como es de esperar, no recuerdo nada de ello. Las guerras
duran todo el tiempo que ambas partes invierten en postergar la lucha. Pueden ser
semanas, meses o incluso años. Yo tenía meses cuando comenzó todo. Me
bautizaron con un nombre que significaba paz, y así vivimos después por muchos
años.
El enemigo se esconde. Acecha, se
apodera del miedo. Crece cuando se le alimenta con pensamientos oscuros. Y te
quema. Te quema como adversario y por todo lo que arrasa a su paso, un ejército
de aliados que caen cuando las fuerzas ajenas levantan los pies para hacerlas
desaparecer a su paso.
Y así llegó la segunda batalla.
Más breve que la primera, pero no menos intensa. Y cuando creíamos que había
terminado, estalló una tercera. Éstas sí puedo recordarlas y abren heridas que
creo que jamás llegarán a cicatrizar.
Con cada ofensiva nos volvíamos
más débiles. Quedaba menos energía para enfrentarnos al enemigo, que no parecía
querer dejarnos vivir. En cada acometida vencíamos, pero contra un adversario poderoso
que tenía la capacidad de recuperarse rápido, mucho más de lo que nosotros podíamos
hacerlo.
Mala hierba nunca muere. Y así
fue como llegó la batalla final. Todo un ejército en el campo. Un enemigo, como
siempre bien armado. Miedo, frustración, pero también valor y resistencia. Una
vez más, ganamos. Una vez más pudimos con aquello que tanto deseaba acabar con
nosotros.
Pero, qué difícil debe ser
enfrentarse tantas veces a uno mismo. Una batalla contra el propio cuerpo
genera debilidad, vulnerabilidad. Con cuatro, ya se puede imaginar.
A ella no se la llevó el cáncer.
Ella luchó desde la primera hasta la última vez de la forma más valerosa que
jamás he conocido. No. Ella vivió una guerra, una posguerra, tiempos prósperos,
crio a sus hermanos, se enamoró y compartió su vida con quien la hacía feliz.
Fue madre y, después, abuela. Y todo el mundo la quería porque no había nadie
como ella.
A ella no se la llevó el cáncer.
Ella se retiró cuando el mundo empezó a respirar tranquilo. Se fue porque la
vida eterna necesitaba una sonrisa como la suya. Y a mí… Siempre me quedará el recuerdo de todo lo que
se puede querer a una abuela.
The June.