viernes, 29 de noviembre de 2013

Habla la experiencia.

De batallas contra el propio cuerpo

Dicen que el más sabio es el que consigue retirarse a tiempo, antes de que la más cruenta guerra acabe con él. No podría estar más de acuerdo.

Yo tenía meses cuando empezó la primera batalla. Como es de esperar, no recuerdo nada de ello. Las guerras duran todo el tiempo que ambas partes invierten en postergar la lucha. Pueden ser semanas, meses o incluso años. Yo tenía meses cuando comenzó todo. Me bautizaron con un nombre que significaba paz, y así vivimos después por muchos años.

El enemigo se esconde. Acecha, se apodera del miedo. Crece cuando se le alimenta con pensamientos oscuros. Y te quema. Te quema como adversario y por todo lo que arrasa a su paso, un ejército de aliados que caen cuando las fuerzas ajenas levantan los pies para hacerlas desaparecer a su paso.

Y así llegó la segunda batalla. Más breve que la primera, pero no menos intensa. Y cuando creíamos que había terminado, estalló una tercera. Éstas sí puedo recordarlas y abren heridas que creo que jamás llegarán a cicatrizar.

Con cada ofensiva nos volvíamos más débiles. Quedaba menos energía para enfrentarnos al enemigo, que no parecía querer dejarnos vivir. En cada acometida vencíamos, pero contra un adversario poderoso que tenía la capacidad de recuperarse rápido, mucho más de lo que nosotros podíamos hacerlo.

Mala hierba nunca muere. Y así fue como llegó la batalla final. Todo un ejército en el campo. Un enemigo, como siempre bien armado. Miedo, frustración, pero también valor y resistencia. Una vez más, ganamos. Una vez más pudimos con aquello que tanto deseaba acabar con nosotros.

Pero, qué difícil debe ser enfrentarse tantas veces a uno mismo. Una batalla contra el propio cuerpo genera debilidad, vulnerabilidad. Con cuatro, ya se puede imaginar.

A ella no se la llevó el cáncer. Ella luchó desde la primera hasta la última vez de la forma más valerosa que jamás he conocido. No. Ella vivió una guerra, una posguerra, tiempos prósperos, crio a sus hermanos, se enamoró y compartió su vida con quien la hacía feliz. Fue madre y, después, abuela. Y todo el mundo la quería porque no había nadie como ella.


A ella no se la llevó el cáncer. Ella se retiró cuando el mundo empezó a respirar tranquilo. Se fue porque la vida eterna necesitaba una sonrisa como la suya. Y a mí…  Siempre me quedará el recuerdo de todo lo que se puede querer a una abuela.



The June. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

Amusia



AMUSIA 

El conjunto musical formado por la melodía y la armonía de una obra carece de significado, sin embargo millones de personas realizan el acto de interpretar y escuchar la música.  Tal como dice Oliver Sacks “[la música] carece de imágenes, símbolos, el material de que está hecho el lenguaje”.
Todas las personas podemos percibir la música no solo de forma estructural sino que le añadimos cierto componente emocional que varía en su nivel de intensidad. Es un hecho que todos podemos sentir pero difícil de explicar.
Dada la controversia entre significante y significado en la música sería importante preguntarnos: cuando se producen trastornos del lenguaje verbal ¿Qué ocurre con la música? ¿Se puede producir una afasia musical tal como pasa con el lenguaje verbal?
En palabras de María Sagrario Barquero Jiménez “de manera similar a lo que sucede con las funciones lingüísticas verbales, la música  y el lenguaje se sustentan en una base estructural común en la corteza cerebral encargada de su procesamiento. Podríamos pensar que al igual que sucede con el lenguaje, lesiones más o menos selectivas son capaces de producir defectos en la percepción o en la producción de la música.”
Dentro de la relación entre los desórdenes relacionados con el lenguaje y la música encontramos tanto la afasia como la amusia, los cuales están más relacionados de lo que creemos.
Por Afasia entendemos en general, cualquier defecto del lenguaje. Las más importantes son la motora (el paciente sabe lo que quiere decir pero falla en la expresión), sensitiva (afasia fluente, en la que el enfermo no comprende bien lo que se le está diciendo y utiliza además abundantes parafasias) y la de transmisión (en la que se articula bien la palabra, pero se dice una frase diferente de la que está se está pensando y quiere decir). Es importante destacar que hay  pacientes con afasia que no pueden hablar pero pueden cantar, por ello algunas de las terapias para este tipo de enfermos consiste en enseñarles a cantar unas frases que las van modulando hasta que consigue recitarlas.   
La capacidad de percibir la música se puede ver afectada por lesiones cerebrales dando lugar a lo que se denomina “amusia”. Estas lesiones se pueden producir tanto para dar lugar a una imaginería musical excesiva e incontrolable produciendo alucinaciones musicales como para perder por completo el sentido de lo que se oye. De igual forma puede conllevar los denominados trastornos de destreza que afectan a los músicos profesionales.
Se utiliza el término amusia congénita para describir a los sujetos que son incapaces de reconocer las melodías o discriminar la diferencia entre los tonos, sin presentar ningún otro defecto neurológico y habiendo tenido una adecuada exposición al ambiente musical.
Mientras que el hemisferio derecho probablemente realice procesos más simples como la extracción del tono, los procesos más complejos como la organización melódica y rítmica requerirán la actividad del hemisferio izquierdo. En el cerebro no participa exclusivamente una zona determinada en el reconocimiento musical, sino que existe una docena de redes desperdigadas por todo él.
Se han realizado numerosos estudios acerca del lenguaje y sin embargo, de la música, nos queda tanto por descubrir… 
The June

lunes, 25 de noviembre de 2013

Psicología para todos.

Esquizofrenia

Siempre fue un chico muy tímido. De hecho, cuando no estaba conmigo parecía estar en otro mundo.

Al principio pensaba que, simplemente, tenía gran inventiva, pues solía contarme historias inverosímiles y algo aterradoras aprovechando la hora punta en la que sol se escapaba entre las montañas. 

Con el tiempo me di cuenta de que había algo más allá de que lo que yo consideraba simplemente imaginación. Con frecuencia llegaba a casa empapado en sudor frío, murmurando que alguien le llevaba persiguiendo durante todo el camino. Me asustaba bastante pensar que alguien pudiera estar siguiéndole de verdad por algún motivo, hasta que me di cuenta de que también le sucedía en casa, conmigo.

De pronto parecía atemorizado por las persecuciones y, con la misma rapidez, cambiaba de tema para preguntarme por cuestiones totalmente banales como: ¿qué vamos a cenar?

Discutíamos la mitad del tiempo y nos reconciliábamos la otra mitad. Era consciente de que para él saltar de problema en problema era algo normal, pero a mí me frustraba no poder solucionar uno antes de pasar al siguiente, o al que continuaba al segundo.

Cuando me veía enfadada se producía una especie de círculo en el que mi enfado llevaba a la aparición de su vena más hostil, lo que a mí menos me gustaba de su compañía. A veces tenía la sensación de que le daba lo mismo que estuviera allí o que me marchara. No obstante, igual que parecía irritarse por algo, de súbito centraba su atención en cualquier otro asunto que invadía por completo su cabeza. Y así volvía mi frustración y, de alguna manera, mi alegría.

Decía que me veía caminar por la casa de noche y que, en alguna ocasión, me tumbaba a su vera y le susurraba cosas al oído. Nunca me preguntó; siempre fue una afirmación. 

Jamás habíamos dormido juntos, ni me acerqué a hablarle al oído. Sin embargo, él perjuraba que era yo. Que yo le perseguía, que yo andaba descalza y que yo le hablaba mientras dormía.

Una vez me atreví a preguntarle sobre lo que supuestamente le decía cada vez que le hablaba a su alma dormida. No quiso decírmelo en un primer momento, y un rubor intenso cubrió rápidamente sus mejillas. Tuve que insistir mucho, y cuando ya iba a desistir me miró fijamente y me dijo: “Me quedo contigo”, eso es lo que me repites siempre.


Aquella noche, por primera vez, dormimos juntos. 



The June. 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Música.



22 de Noviembre, Santa Cecilia, Día dedicado a la música.

Música, esa gran compañera que siempre está a tu lado. Aprendí las notas antes que escribir, leer o nadar. Academias, Conservatorio, horas y más horas de estudio que no siempre daban su fruto. Asignaturas que no veía relacionadas con el piano ni con lo que quería tocar y que hacían que continuar estudiando se hiciera cada vez más cuesta arriba. Lágrimas de impotencia cuando faltaba tiempo para que la pieza quedara perfecta, lágrimas de rabia cuando todo el esfuerzo parecía en vano. Familiares que nunca perdieron la ilusión ni dejaron que yo la perdiera, pese a todas las horas que suponía acompañarme a las clases, y a todos los intentos de abandonar el piano. El Grado Medio acabó y parecía que ahí terminaría nuestra historia. Pero nunca es así, escuchas a pianistas tocando y te mueres de la envida. Lo retomas una y otra vez, un ciclo de ahogo y goce que van unidos por un hilo invisible pero irrompible. Y es entonces, cuando te das cuenta, que en los momentos que las personas parecen no entenderte, queda un lugar donde puedes refugiarte, un lenguaje universal que permite expresar todo lo que sientes, sin represión ni contención. Un lugar en el que te sientes seguro, en el que no hacen falta la incongruencia de las palabras para poder manifestarte, donde no puede haber malentendidos. Solos tú y él.
Y ahora, de nuevo, nos ha vuelto a unir. The June.

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Por qué? Por ti.


Porque a veces…

Hay mil cosas que no entendemos.  Por qué hay cosas que pensamos y no decimos, y cosas que decimos y no pensamos.

Por qué elegimos el camino que elegimos y no otros, de entre los cientos de posibilidades que se nos presentan a diario.

Por qué es tan fácil que la risa lleve al llanto y que el llanto se pase con una buena dosis de risa. Por qué hay abrazos y sonrisas que lo curan todo, que hacen olvidar cualquier herida.

Por qué necesitamos un momento de soledad cuando todo se vuelve oscuro, para encontrar un poco de tranquilidad y, sobre todo, para dar con nosotros mismos.

Por qué hay personas que aparecen en nuestras vidas, que las llenan y que, sin embargo, se marchan tan pronto como llegaron. Como una lluvia de otoño.

Por qué hay otras que jamás habríamos esperado, pero llega un punto en el que echas la vista atrás y no recuerdas bien cómo era tu vida antes de que aparecieran. Será quizás porque tienen el poder de desordenar la cabeza y el corazón. De cambiarlo todo.

Por qué llega un amor cuando llega y por qué se va cuando se va. Por qué hay personas que pasan de serlo todo a no ser nada. De amarse con anhelo a no conocerse en absoluto.

Por qué por circunstancias de la vida puede que dos almas no lleguen a encontrarse o lo hagan en el lugar y momento equivocado. Quizá sean bromas macabras del destino.

¿Por qué la vida es de esta manera y no de otra? Es muy posible que nunca lleguemos a entenderlo. A veces sería más fácil volver atrás en el tiempo y ser como niños. Que nuestra mayor preocupación fuera no saber por qué el cielo es azul, por qué razón se forman las nubes o el hecho de salirnos demasiado del dibujo al pintar.

Sin embargo, crecer lleva a madurar y a asumir riesgos. A tomar decisiones de forma más o menos consciente, decisiones que terminan por marcar quiénes fuimos y quiénes vamos a ser.

Realmente, el por qué importa muy poco. Decidas lo que decidas y hagas lo que hagas, asegúrate de que con ello te sientes feliz. Si no es así, tranquilidad. Pase lo que pase, siempre podrás encontrar tu rincón para buscarte, y para meditar sobre qué es lo que necesitas, qué es lo que quieres de ti mismo, adónde quieres llegar. Puede que te cueste, pero alcanzarás lo que deseas, porque ése es tu mayor por qué.

Y si, por el contrario, ya has conseguido levantarte cada mañana con una sonrisa, sabiendo que estás haciendo lo que quieres hacer y lo disfrutas, que te rodean personas de las que aprendes y que de ti aprenden, que eres capaz de amar y, por encima de todo, de amarte, enhorabuena: Has dejado de preguntarte por qué la vida es así. Has aprendido a vivir.


The June.

martes, 19 de noviembre de 2013

Psicología para todos



Pérdida ambigua 

La pérdida de un ser querido implica una explosión de sentimientos difíciles de comprender. Si a ello se suma la falta del cuerpo tangible que ha fallecido, la superación del duelo se hace todavía más complicada si cabe. Según la terapeuta Pauline Boss “La gente anhela un cuerpo porque, paradójicamente, tener el cuerpo les permite dejarlo ir”.  Sin embargo, cuando este no aparece, los allegados sienten que no han tenido la ocasión de poder despedirse, que no han podido honrar de la manera que deseaban la pérdida de la persona, sienten que se les ha impedido llevar a cabo tanto el ritual de homenaje como el cierre emocional necesario para continuar con la reorganización de las relaciones que les rodean.

Boss ha aplicado el término “Pérdida ambigua” a aquellas situaciones en las que la pérdida no está delimitada con claridad, por lo que se produce confusión en la persona, así como la no resolución de manera adecuada del duelo. Boss también ha aplicado este concepto a situaciones en las que el ser querido está físicamente presente, pero psicológicamente ausente, como en el caso del Alzheimer o la adicción a drogas.

¿Qué es necesario para que el terapeuta pueda realizar los inicios del tratamiento en estos casos? La ineludible escucha de anécdotas sobre la persona desaparecida, la reconstrucción de los rituales familiares y la habilidad de ser capaces de tolerar la ambigüedad son las tres claves que permitiría una primera intervención. 

The June 


domingo, 17 de noviembre de 2013

Si lo sientes, dilo.

Te quiero

Yo soy fan de los “te quiero”. Es algo que no puedo remediar. Me encanta tanto escucharlo como decirlo. Creo que es una de las oraciones más poderosas que pueden salir de la boca de una persona y que pueden transmitir más en menos tiempo.

Yo soy fan de los “te quiero”. Pero no de esos “te quiero” vacíos que no transmiten nada. Esos, que se dicen por rutina, por desgaste. Esos que desvirtúan el contenido real de la frase y que la convierten en una mentira. Tampoco de esos “te quiero” que muestran dependencia de las partes. Esos “te quiero” que se dicen por miedo a la soledad, porque no hay mundo más allá de la otra persona. Esos que terminan por consumir la relación y hacerla desaparecer ahogada en la necesidad enfermiza de la otra persona. No, no me refiero a estos “te quiero”.

Yo soy fan de los “te quiero”. Reivindico que la gente diga “te quiero” cuando ame de verdad. Porque, al contrario de lo que se suele creer, decirlo no hace que se pierda la magia o que las palabras pierdan poder con el paso del tiempo. Un “te quiero” es una prueba de amor a viva voz. Esto es algo que deberíamos tener en cuenta para que jamás perdiera su importancia.

Yo soy fan de los “te quiero”. Y no es que no decirlo signifique que una persona no quiera a otra, pero a todos nos gusta (aunque sea muy de vez en cuando) oírlo. Que el amor se demuestra a diario con millones de gestos y que al final vale más un abrazo que mil palabras, pero decir “te quiero” no deja de ser otra forma de demostrar amor. Porque, cuando susurras un “te quiero”, el vínculo que te une a otra persona se hace visible durante unos segundos. Y sabes que está ahí, que esa unión no se va a romper, sin embargo en esos momentos puedes ver la cuerda que os mantiene unidos y a la que podrás aferrarte siempre para no caer. Simplemente épico. “Te quiero”.

Yo soy fan de los “te quiero”. Porque cuando estás pensando en esa persona, recordándola, abrazándola o besándola, la estás amando. Y si te das cuenta de cuánto la quieres cuando en el vacío de tu mente se convierte en la fuerza que lo llena, ya puedes imaginar la felicidad que pueden causar esas dos palabras juntas cuando las lea o las escuche: “te quiero”.

Si lo sientes, dilo. Porque lo que no dices se queda dentro y te acaba carcomiendo y formando úlceras en el alma. No pierdes nada y, por el contrario, ganas mucho. No hay mirada más extraordinaria y con más luz que la que está llena de amor. Por no hablar de lo que transmite una sonrisa romántica. Si lo sientes, dilo: “te quiero”. 

The June.

jueves, 14 de noviembre de 2013

How to say Bye



No nos engañemos, las despedidas son tristes y dolorosas. Las evitamos pensando que siempre habrá una próxima vez, y que nunca se trata de la definitiva. No decimos lo que sentimos nunca a los demás, porque creemos que el momento idóneo para expresarnos nunca llega. Intentamos postergar ese amargo momento de tener que decir adiós eternamente, y sin embargo, cuando hemos perdido a esos seres queridos nos torturamos constantemente por no haber sido capaces de darle la despedida que se merecían, por no haber podido decirles todo lo que los queríamos y todas las sonrisas que nos sacaban día tras día estando a su lado.
Somos totalmente ambivalentes en muchos ámbitos de nuestra vida, pero sobre todo nos encanta mortificarnos con los constantes “y si…” “tendría que…”. Muchas veces no somos capaces de demostrar todo lo que significan para nosotros los que nos rodean, pero ¿cuándo vamos a hacerlo si no es en la convivencia diaria? Por eso, estoy harta del miedo a expresar libremente lo que sentimos por los demás, estoy harta de no poder expresar todo el cariño que siento hacia una persona de forma totalmente abierta. Vivan los abrazos, los besos, las palabras de cariño a diario. Es cuando verdaderamente hay que expresárselo a las personas.