lunes, 15 de septiembre de 2014

Habla la experiencia.

El mundo en un instante

En este preciso instante, a diez mil kilómetros de distancia, el primer rayo de luz de la mañana muestra sus intenciones de despertarte, mientras el resplandor de media luna a mí me arropa en la otra punta del mundo.

Alguien estornuda, y el “salud” que recibe por respuesta se convierte en un desvío de su estornudo, que inmediatamente se reproduce en algún rincón de Japón. Y es que todo el mundo sabe que los estornudos funcionan así, como una cadena de favores.

Favores. En algún lugar de la Tierra alguien pide un favor a otro alguien que, recientemente tuvo que recurrir a un tercer alguien para salir de un apuro. Es probable que ese tercer alguien, a su vez, conociera al primer alguien. De hecho, es probable que todo este lío de alguien sea, entre sí, un conjunto de imprescindibles.

En ese mismo momento, una chica se cepilla el pelo mientras otra pide una taza de té a las siete y cuarto de la mañana. Con leche, por favor. Una calle más allá, pero por debajo del ritmo de la ciudad, un chico llega por un segundo a tiempo para coger el metro. La chica con la que había quedado, sin embargo, por responderle a un whatsapp de amor pierde, por otro segundo, el maldito autobús.

Un día. Veinticuatro horas que pasan entre comidas y transportes públicos. Una mujer acuna a un niño que llora en el autobús. Una señora mayor lo mira, recordando la época en la que también acunaba a su hijo. Este hijo se reúne con un magnate rico cuya esposa se está muriendo de cáncer. Esta esposa, pese a todo, ha decidido pasar los últimos meses de su vida a caballo entre la capital y América del Sur, ayudando a niños desfavorecidos por la hambruna. Uno de esos niños quiere ser médico, y ella lo apoya. Ese niño, años más tarde, se convierte en un cirujano de prestigio en una clínica de París.

Una pareja desayuna temprano en California. Un matrimonio cena en las afueras de Berlín. Un día, veinticuatro horas. Millones de suspiros, millones de mensajes y de historias de aeropuertos. Decenas de estaciones secuestrando historias de amor y desamor, corazones perdidos.

Un segundo. Ese segundo en el que te veo, te escucho, y el mundo se hace más pequeño porque sé que estás conmigo. Un parpadeo para tenerte y perderte, para sentir el alivio. Desear que ese segundo dure, como poco, un tiempo infinito.

A diez mil kilómetros de distancia sueño contigo. Sé que te espera un día difícil, con ese jefe tan malhumorado, esa lluvia intensa y esas reuniones interminables que no saben sacar de tu potencial ningún partido. Pero, a diez mil kilómetros, en este preciso instante, sé que eres mi estrella. En el cielo, la que tiene el mayor brillo.

Quizá no estás en mi horizonte inmediato, pero brillas. Y, aunque no lo sepas, cada gesto tuyo, cada palabra se convierte en mi guía. En este preciso instante, a diez mil kilómetros de distancia eres la historia más bonita.


The June.



No hay comentarios:

Publicar un comentario