El mundo en
un instante
En este
preciso instante, a diez mil kilómetros de distancia, el primer rayo de luz de
la mañana muestra sus intenciones de despertarte, mientras el resplandor de
media luna a mí me arropa en la otra punta del mundo.
Alguien estornuda, y el “salud” que recibe por respuesta se convierte en un desvío de su
estornudo, que inmediatamente se reproduce en algún rincón de Japón. Y es que
todo el mundo sabe que los estornudos funcionan así, como una cadena de
favores.
Favores. En
algún lugar de la Tierra alguien pide un favor a otro alguien que,
recientemente tuvo que recurrir a un tercer alguien para salir de un apuro. Es
probable que ese tercer alguien, a su vez, conociera al primer alguien. De
hecho, es probable que todo este lío de alguien
sea, entre sí, un conjunto de imprescindibles.
En ese mismo
momento, una chica se cepilla el pelo mientras otra pide una taza de té a las
siete y cuarto de la mañana. Con leche,
por favor. Una calle más allá, pero por debajo del ritmo de la ciudad, un
chico llega por un segundo a tiempo para coger el metro. La chica con la que había
quedado, sin embargo, por responderle a un whatsapp
de amor pierde, por otro segundo, el maldito autobús.
Un día.
Veinticuatro horas que pasan entre comidas y transportes públicos. Una mujer
acuna a un niño que llora en el autobús. Una señora mayor lo mira, recordando
la época en la que también acunaba a su hijo. Este hijo se reúne con un magnate
rico cuya esposa se está muriendo de cáncer. Esta esposa, pese a todo, ha decidido
pasar los últimos meses de su vida a caballo entre la capital y América del Sur, ayudando a niños
desfavorecidos por la hambruna. Uno de esos niños quiere ser médico, y ella lo
apoya. Ese niño, años más tarde, se convierte en un cirujano de prestigio en
una clínica de París.
Una pareja
desayuna temprano en California. Un matrimonio cena en las afueras de Berlín.
Un día, veinticuatro horas. Millones de suspiros, millones de mensajes y de
historias de aeropuertos. Decenas de estaciones secuestrando historias de amor
y desamor, corazones perdidos.
Un segundo.
Ese segundo en el que te veo, te escucho, y el mundo se hace más pequeño porque
sé que estás conmigo. Un parpadeo para tenerte y perderte, para sentir el
alivio. Desear que ese segundo dure, como poco, un tiempo infinito.
A diez mil
kilómetros de distancia sueño contigo. Sé que te espera un día difícil, con ese
jefe tan malhumorado, esa lluvia intensa y esas reuniones interminables que no
saben sacar de tu potencial ningún partido. Pero, a diez mil kilómetros, en este
preciso instante, sé que eres mi estrella. En el cielo, la que tiene el mayor
brillo.
Quizá no
estás en mi horizonte inmediato, pero brillas. Y, aunque no lo sepas, cada
gesto tuyo, cada palabra se convierte en mi guía. En este preciso instante, a
diez mil kilómetros de distancia eres la historia más bonita.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario