Trastorno
Obsesivo Compulsivo
Vivía con
ellas sin verlas. Formaban parte de una parte de mí de la que no podía
deshacerme fácilmente. Eran la mente y el cuerpo, el cerebro y el verdugo que
ejecutaban las mil acciones diarias que necesitaba para no sentir que se me
venía el mundo encima.
Y ahora sé
que es complicado comprender qué difícil es vivir sintiendo que los pilares de
ese mundo están en constante movimiento.
Para mí,
todo estaba sucio. Sucio, en el más
estricto sentido de la palabra. Allá donde mirase veía motas de polvo, manchas
de barro, salpicaduras de tomate o de zumo, restos de comida y otro sinfín de cúmulos variados que me hacían permanecer en constante alerta.
Aquella, sin
duda, era mi obsesión. El pensamiento de que todo rebosaba mugre y, por ende,
también yo. ¿Pasar un rato largo en la calle, con toda esa polución?
Imposible. Me lavo las manos más de treinta veces al día. Me ducho, al menos,
seis.
A eso lo
bautizaron después como mi compulsión, ese impulso que se ponía
en marcha dentro de mí para tratar de paliar o alejar el pensamiento obsesivo.
Dicho de otro modo: si detecto suciedad,
limpio.
Porque esto
me sucedía en demasía, lo llamaron trastorno. Para mí no era tal al
principio, pues no me daba cuenta de que no salía y no me relacionaba con tal
de no sentir que tenía millones de ácaros devorándome la piel. Apenas hablaba.
De hecho, apenas hacía otra cosa que no fuera combatir a mi eterna enemiga. Una
enemiga fiera y, al contrario que yo, siempre cargada con una energía inagotable.
Un día apareció.
Llevaba buscándote mucho tiempo, me
dijo. Al principio no podía soportar que me tocara sabiendo que formaba parte
de aquel mundo lleno de suciedad del que yo trataba de huir.
Pese a todo,
quiso entenderme y empezó a seguir mis rutinas, aunque de forma más laxa. Era
la única persona que había intentado comprender qué me pasaba por la cabeza y
fue la primera vez que sentí que lo que alguien me decía tenía algún efecto en mí.
Poco a poco yo también me volví más tolerante con aquella que un día fue mi
gran pesadilla, pues por encima de cualquier montaña de polvo, prefería el
contacto directo con su piel.
Puede que
todo lo que había necesitado hasta entonces fuera un abrazo. Uno suyo, quizás.
Pero fue algo mucho más terapéutico que cualquier otro fármaco que me habían
prescrito hasta entonces. Un abrazo que hizo que mi yo guerrera de la mugre se
desvaneciera lentamente. Un abrazo que disolvió un trastorno como el día se
disuelve a las seis.
The June.
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