lunes, 1 de septiembre de 2014

Psicología para todos.

Trastorno Obsesivo Compulsivo

Vivía con ellas sin verlas. Formaban parte de una parte de mí de la que no podía deshacerme fácilmente. Eran la mente y el cuerpo, el cerebro y el verdugo que ejecutaban las mil acciones diarias que necesitaba para no sentir que se me venía el mundo encima.

Y ahora sé que es complicado comprender qué difícil es vivir sintiendo que los pilares de ese mundo están en constante movimiento.

Para mí, todo estaba sucio. Sucio, en el más estricto sentido de la palabra. Allá donde mirase veía motas de polvo, manchas de barro, salpicaduras de tomate o de zumo, restos de comida y otro sinfín de cúmulos variados que me hacían permanecer en constante alerta.

Aquella, sin duda, era mi obsesión. El pensamiento de que todo rebosaba mugre y, por ende, también yo. ¿Pasar un rato largo en la calle, con toda esa polución? Imposible. Me lavo las manos más de treinta veces al día. Me ducho, al menos, seis.

A eso lo bautizaron después como mi compulsión, ese impulso que se ponía en marcha dentro de mí para tratar de paliar o alejar el pensamiento obsesivo. Dicho de otro modo: si detecto suciedad, limpio.

Porque esto me sucedía en demasía, lo llamaron trastorno. Para mí no era tal al principio, pues no me daba cuenta de que no salía y no me relacionaba con tal de no sentir que tenía millones de ácaros devorándome la piel. Apenas hablaba. De hecho, apenas hacía otra cosa que no fuera combatir a mi eterna enemiga. Una enemiga fiera y, al contrario que yo, siempre cargada con una energía inagotable.

Un día apareció. Llevaba buscándote mucho tiempo, me dijo. Al principio no podía soportar que me tocara sabiendo que formaba parte de aquel mundo lleno de suciedad del que yo trataba de huir.

Pese a todo, quiso entenderme y empezó a seguir mis rutinas, aunque de forma más laxa. Era la única persona que había intentado comprender qué me pasaba por la cabeza y fue la primera vez que sentí que lo que alguien me decía tenía algún efecto en mí. Poco a poco yo también me volví más tolerante con aquella que un día fue mi gran pesadilla, pues por encima de cualquier montaña de polvo, prefería el contacto directo con su piel.

Puede que todo lo que había necesitado hasta entonces fuera un abrazo. Uno suyo, quizás. Pero fue algo mucho más terapéutico que cualquier otro fármaco que me habían prescrito hasta entonces. Un abrazo que hizo que mi yo guerrera de la mugre se desvaneciera lentamente. Un abrazo que disolvió un trastorno como el día se disuelve a las seis.

The June.



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